Atentado en Barcelona: ¿por qué naturalizamos la barbarie terrorista?

22/Ago/2017

Infobae, por Andrés Cisneros

Atentado en Barcelona: ¿por qué naturalizamos la barbarie terrorista?

El criminal atentado en Barcelona comienza
a recoger unas pocas condenas esperanzadoras de sectores islámicos que ojalá a
los occidentales nos sacuda de la narcótica tendencia a percibirlos con la
falta de sorpresa que conduce a la naturalización de las cosas aún más
horribles.
De todas maneras, todavía es necesario
repetir algunas advertencias, emitidas ya varias veces. Porque de nuevo, las
reacciones en Occidente han recorrido el entero espinel de posibilidades, desde
la indignación del «ojo por ojo» hasta esa suerte de síndrome de
Estocolmo colectivo que Jorge Raventos denunciara cuando las Torres Gemelas.
Aunque la malentendida progresía
bienpensante continúa declamando que no debe juzgarse a nadie por sus creencias
aunque asesinen inocentes, en la sabiduría popular (¿existe otra?) crece la
sospecha de que no todos los musulmanes son terroristas, aunque demasiados
terroristas son musulmanes: resulta innegable que al siglo XXI le ha tocado
padecer muchos más crímenes invocando esa justificación religiosa que
cualquiera de las demás.
La mala conciencia europea por el todavía
reciente colonialismo y nuestros propios crímenes para robarles petróleo y
demás riquezas no parece explicar, en lo esencial, este fenómeno asesino.
Remontarse al Antiguo Testamento, que compartimos con los musulmanes, y de allí
al Corán, para alegar que se trata de una fe esencialmente maligna, tampoco
resiste un análisis medianamente serio. En las Cruzadas nosotros también
tuvimos olas de fanatismo religioso que condujeron a violaciones igual o más
profundamente abominables.
Sólo que de nuestro lado les pusimos fin
hace siglos. Los occidentales pacíficos, convivientes, que respetamos a la
condición humana, llevamos cientos de años sin asesinatos masivos en nombre de
argumentos religiosos. Y lo confirmamos contra el fascismo, el nazismo y el
estalinismo, cuando las ideologías tomaron el lugar que dejaron vacante las
creencias religiosas.
¿Somos mejores que los musulmanes?
¿Nuestras creencias, como muchos afirman, no respaldan a criminales y la de
ellos sí? No es verdad. Ni somos mejores ni nuestra religión lo es. En
Occidente hace mucho tiempo que elegimos terminar con las reyertas basadas en
las religiones mediante la separación del Estado y las profesiones de fe.
Mostramos al mundo que es perfectamente posible, y deseable, que nuestras
diferencias religiosas no nos impidan convivir en paz como ciudadanos de una
misma sociedad civil. Y lo conseguimos, hay que recordarlo y hacerlo recordar,
con un muy justificado orgullo, porque en el resto del mundo no funciona tan
así.
El muy citado y poco leído Samuel
Huntington ya lo advertía en el Choque de civilizaciones: la base de la paz en
este siglo reside en que las mayorías silenciosas del islamismo y el Occidente
judeocristiano controlen, internamente, a sus propios extremistas y se
encuentren, entonces sí, en manejo suficiente de sus destinos como para
discutir acuerdos, no conflictos.
El islam o el judeocristianismo, o el
budismo, o las demás religiones no son intrínsecamente malvadas. La cuestión
radica en la forma en que se predican esas creencias. En casi cualquier texto
sagrado pueden encontrarse argumentaciones que justifiquen alguna violencia. Y
también muchas argumentaciones a favor de la tolerancia. Lo que hace la
diferencia es la manera en que los clérigos las dirigen a la feligresía: en
pleno siglo XXI es inaceptable una prédica que no condene el asesinato a los
herejes de cualquier religión. Y eso se está oyendo muy poco. Falta una Sharia
para la paz que resuene en los templos y los hogares de cada musulmán: los
terroristas son criminalmente culpables, pero quienes miran para otro lado
también cargan con una cuota de responsabilidad, estas matanzas producen
cadáveres, pero su objetivo amedrentador somos nosotros, los que quedamos vivos,
para que el terror nos lleve a descender a una Intifada inversa, una guerra
santa en que pasemos a comportarnos tan criminalmente como ellos.
Aquí hay una importante diferencia: no
basta con predicar las partes buenas, tolerantes de una fe, del Corán o de la
Biblia. Hace falta la condena expresa, pública, en muy alta voz, de las
interpretaciones violentas que puedan considerarse legitimadas, real o
falsamente, por en esa fe. Muy especialmente en religiones donde la palabra de
su clerecía influye enormemente en los seguidores. Y mucho más en culturas en
las que, como la islámica, la ley y la religión, la fe y los gobiernos
prácticamente se concentran en las mismas manos, como ocurría entre nosotros
hasta la Edad Media, no en vano a menudo citada como la Edad oscura.
El islam es una religión sumamente
respetable y su cultura ha hecho aportes valiosísimos a la humanidad. Pero
lamentablemente, en este momento y ante estos ya muy repetidos atentados, no se
escucha que sus líderes políticos y sociales, que son casi invariablemente
también sus líderes religiosos, salgan a condenarlos con una voz que se escuche
en todas las latitudes. No están, y si lo están, es en voz todavía demasiado
baja.
Porque la infección está demasiado
generalizada: estos atentados por «franchising» ya no los cometen
complejas organizaciones dirigidas desde Oriente Medio: son los «lobos
solitarios», espontáneos, casi aficionados narcotizados por décadas de
prédicas envenenadas.
Occidente y Argentina tenemos nuestras
propias vergüenzas. Se viene degollando, crucificando o quemando viva a gente
por televisión, ahora se suman estos atentados en Cataluña y nosotros aquí
contamos con un premio Nobel de la paz, quien, en honor de esa distinción en su
momento supuestamente bien ganada, podría encabezar más sonoramente
pronunciamientos de condena que, al menos, lo diferencien de personajes como
Hebe de Bonafini, que aplauden conductas que la entera sociedad considera
repugnantes.
Es la peste del multiculturalismo
progresista, tara heredada de los fracasados «socialismos reales»
que, ante cada conflicto buscan siempre una autoflagelación de Occidente por su
pasado imperial y, en el fondo, frente al terrorismo termina proponiendo lo
mismo que el régimen de Vichy en la Francia ocupada: «Aceptemos los
términos que impone el enemigo porque si no, podría ponerse peor».
Síndrome de Estocolmo a pleno, luego repetido cuando la amenaza nuclear
soviética, como se ha dicho, con el penoso «better red than dead».
La única manera de acabar con los fanáticos
de cualquier naturaleza es que los propios fieles de la religión que ellos
invocan cesen de mirar para otro lado, dejen de permitirles mimetizarse en sus
poblaciones y de prestarles cualquier tipo de ayuda, aunque sea la pasiva de
meramente esconderlos. Eso no puede hacerse desde fuera de su propia fe. Se
trata de una tarea que les corresponde a ellos, imposible para nosotros, que no
pertenecemos a su comunidad.
No sería solamente un acto de justicia para
con terceros de otras religiones, sino también en defensa propia: la extorsión
del terrorismo amenaza a los mismos musulmanes, a muchos de ellos también los
mata, atentando en una mezquita, por ejemplo, y procura aplicar una letal
extorsión al interior de su fe, para reforzar el temor a expresar opiniones adversas
a la violencia. Todos los días se matan entre sunnitas y chiitas.
Lamentablemente, cualquiera puede comprobar
que, cuando ocurren crímenes como estos, ni nuestros gobiernos ni nuestros
medios de comunicación, prácticamente sin excepciones, no llaman, no interrogan
a los líderes religiosos y sociales del islam a propósito de los atentados que
se perpetran invocando a esa fe. Como acaba de hacerse en Holanda, debe
señalárseles que están en falta con la sociedad en la que viven. Su función es
esencial, porque se trata de un sistema de creencias que respeta muchísimo a
sus clérigos, y estos deberían dar testimonio ante sus fieles, pero también
ante la sociedad argentina, a la que pertenecen y con la que estamos todos
obligados, dejando muy en claro que esta invocación del islam para cometer
crímenes abominables va en contra del Corán y debe ser condenada, públicamente,
una y otra vez, a toda voz, por los clérigos y por los fieles que profesan esa
religión. Ojalá que lo hagan, porque no hay otro camino.
El autor fue vicecanciller de la nación y
es miembro del Club Político Argentino.