Es una jornada compleja la de este lunes,
para cualquier ciudadano en Israel, y por cierto para quienes estamos
convencidos de que la violencia no conducirá a nada y que la única forma de
cambiar algo, será mediante diálogo y negociaciones. El problema es que la realidad
nos recuerda demasiado a menudo por qué es imperioso estar alertas siempre, por
qué hay que ser fuertes y poder defenderse.
De mañana, se confirmó que Israel había
hallado en la frontera con la Franja de Gaza, un túnel subterráneo cavado por
Hamas desde Gaza, que se adentraba en territorio israelí, llegando cerca del
kibutz Sufa y Kerem Shalom, con el evidente objetivo de ser usado para un
atentado.
Y de tarde, atentado en Jerusalem.
Pero volvamos primero a la mañana.
El túnel hallado es lo que en la
terminología local se conoce como «túnel del terror», o sea no de los
cavados debajo de Gaza para comunicación y desplazamiento interno de los
terroristas sino los que cruzan la frontera hacia Israel, prontos para ser
utilizados en infiltraciones y atentados.
Cada uno de estos túneles requiere de sumas
millonarias y de mucho tiempo de trabajo. Casi mil hombres, en su mayoría
jovencitos, son reclutados por Hamas para este trabajo, al que destinan
numerosos recursos, tanto materiales de construcción como dinero que bien
podrían ser utilizados para aportar a la sociedad palestina en Gaza, en lugar
de culpar a Israel por sus carencias.
Poco después de la revelación del hallazgo
del túnel de 30 metros de profundidad, nos comunicamos telefónicamente con una
querida amiga, uruguaya también, Janet Cwajgenbaum, que vive desde hace años en
el Kibutz Nir Itzjak, a pocos kilómetros de la frontera con la Franja de Gaza.
«El túnel llega cerca de nuestros campos de papas», nos contó.
Y en lo sencillo de su comentario, captamos
la dimensión de la problemática, de los terroristas abocados a arruinar la
normalidad de la vida, del crecimiento y el desarrollo del lado israelí, en
lugar de dedicarse a ayudar a su propia gente que tanto lo precisa.
Y nos imaginamos el pasaje pastoral del
kibutz de Janet, en el que estuvimos repetidamente, también en la era de las
alarmas que advertían un cohete en camino, y lo chocante de saber cuán fácil y
rápidamente se rompería esa calma si desde abajo de la tierra, salen no
cultivos, sino terroristas armados.
Y recordamos los jardines de infantes del
kibutz, con techo especialmente blindado, a prueba de cohetes. Y los juegos de
los niños que saben cómo deben correr al refugio si oyen la alarma.
Horas más tarde, nos tocó el turno a
nosotros, en Jerusalem, de preguntarnos ¿otra vez? A media tarde, recibimos la
primera noticia indicando que había habido una explosión dentro de un ómnibus.
Lo primero es la dinámica de la corrida
preocupada y expectante por ubicar a todos los seres queridos. Comienzan a
cruzarse llamadas a toda la familia y amigos, para cerciorarnos de que todos
están bien.
No encuentro a mi hijo menor, Alon. Sé que
ya terminó su jornada de clases en el liceo y que se iba al gimnasio. Pero la
clase aún no tendría que haber comenzado…no son ni las 18.00…No contesta…
¿Y ahora? Tomo la llave del coche y salgo corriendo. El instinto periodístico
me empuja hacia el lugar de la explosión. El de madre, hacia el gimnasio, a ver
si está allí.
El corazón late demasiado rápido. Llama mi
hijo mayor desde Tel Aviv. Mamá ¿están todos bien? ¿Dónde están? …Pedimos que
llame al gimnasio, que vea si su hermano está allí. En el interín llamo a Onda
Cero de España, emisora a la que transmito desde hace muchos años. Trato de
hablar con calma para contarles la noticia y preguntar si les interesa un
boletín…pero se me quiebra la voz. Mi colega de turno, tocaya mía, del otro
lado de la línea, queda preocupada y pregunta qué me pasa. «No encuentro a
mi hijo», respondo, y siento su estupor, su intento de abrazarme por
teléfono.
Veo en la pantalla que vuelve a llamar que
llama el mayor. De la radio me calman y piden que los ponga al tanto apenas
tenga novedades. Que ahora, el boletín no importa. Lo principal, mi hijo.
«Está bien mamá, está en el
gimnasio», me dice la voz reconfortante de Gadi, «Alon está bien.
Pero por favor mamá, no vayas al lugar de la explosión. Volvé a casa. Te
pido». Traicionando a mi condición periodística, le hago caso. Antes de
llegar, llama mi hija, que estaba en casa estudiando y a quien dejé preocupada
al salir a decir «salgo a buscar a Alon». «Estallé en llanto
mamá, pensando que le había pasado algo», me cuenta cuando vuelvo. Y yo
pienso que la dejé sola en casa y me siento culpable…
Aviso a Onda Cero: todo bien. Mi hijo
estaba en otro lado y está perfecto. Ahora puedo transmitir. Siento su alegría.
Vuelvo a mi escritorio. El celular no cesa
de sonar, con comunicados del hospital Hadassah, de la policía y otras yerbas.
Y llega un correo de la Sub Directora de
Informativos de Onda Cero: «No sabes el silencio que se ha hecho en la
redacción cuando Ana ha colgado el teléfono la primera vez y cómo hemos
respirado todos al confirmar que tu hijo estaba bien. Estamos lejos, pero de
verdad que os sentimos cerca. Beso grande».
Increíble lo que ayuda la compañía desde
lejos…como la de tantos otros amigos que acompañaron por whatsapp y por mail
en momentos de angustia: Alejandro al que le duele oírme la voz entrecortada
por el llanto, Sami que queda pasmado al leer un relato sobre lo ocurrido que
publicamos en FB, Berta que trata de ocultar que a ella también se le quiebra
la voz, el Padre Francisco-o sea mi amigo Pancho-que nos alienta recordando que
nos tiene en sus plegarias cuando pide por la paz de Jerusalem y que comparte
conmigo un significativo Salmo que asegura la victoria del bien…y tantos
otros que abrazan y apoyan desde lejos.
Y pienso todo, por momentos de angustia
simplemente por no lograr hablar con mi hijo, pensando que podría haber estado
en el ómnibus que voló. Peor quedaron aquellos cuyos temores no resultaron ser
infundados. Aquellos a los que nadie ubicó en el gimnasio. aquellos que no
pudieron atender el teléfono, porque estaban heridos, quemados por la explosión.
Entre el túnel de la frontera con Gaza y el
ómnibus que voló en Jerusalem, hay al parecer un hilo conductor. Más allá de la
identidad de los responsables puntuales de una y otra cosa, lo que hay de fondo
es una absoluta irresponsabilidad. Es que mienten los terroristas al alegar que
luchan por sus pueblos. No es así. No los defienden sino que por el contrario,
los sumen en una continua desgracia.
Terrorismo a dos puntas
19/Abr/2016
Montevideo Portal