Últimamente se ha
producido un recrudecimiento de las acciones terroristas en el mundo entero. En
su mayoría, se trata de atentados atribuidos a grupos fundamentalistas
islámicos (Estado Islámico, Al Quaeda, Yihad Islámica y otros menos conocidos)
que hacen gala de un fanatismo particularmente demencial.
Dejando de lado la
reciente toma de rehenes en una cafetería de Sydney, Australia, —que parece ser
obra de un fanático enajenado que actuó por su cuenta— en Pakistán, en Irak, en
Francia se suceden los atentados terroristas bajo la modalidad kamikaze.
El mundo está en vilo y
no sin razón: en cualquier punto del planeta y en cualquier momento puede
estallar una bomba que causa innumerables víctimas absolutamente inocentes. He
ahí, precisamente, la característica fundamental del terrorismo, esto es,
generar terror en la población; además, claro está, de inquietar y poner en
jaque a los gobernantes que no comulgan con las ideas del fundamentalismo
islámico o que tratan de combatir (muchas veces con medios abyectos) a los
grupos terroristas.
Los actos terroristas no
tienen como blanco de sus ataques edificios, lugares o personas directamente
vinculadas con el combate al fundamentalismo; los artefactos que hacen detonar
los kamikazes pueden causar estragos en una sala de baile, en un restaurante,
en una estación de metro o de tren. Las víctimas de tales actos de barbarie no
suelen ser militares enemigos sino simples ciudadanos en un todo ajenos al
conflicto que está en el origen de los atentados.
El fanatismo demencial,
el desprecio por la vida humana, la alienación más absoluta, la ausencia de
valores, son elementos que caracterizan a esos heraldos de la muerte. Una
propaganda basada en los mismos criterios de que se valió el nazismo llega a
calar hondo en personalidades psicológicamente débiles y sensibles, por tanto,
a eslóganes irracionales. Es así que los grupos fundamentalistas logran seducir
a jóvenes no árabes (franceses, ingleses, estadounidenses, australianos,
etcétera) que abrazan irreflexivamente la fe islámica y se muestran dispuestos
a matar y morir por una causa que probablemente no llegan a comprender
cabalmente pero que les proporciona un buen pretexto para sacar a luz y
canalizar su resentimiento y sus complejos.
Obviamente, la lucha
contra los excesos del fundamentalismo no puede reducirse a una respuesta
militar. Estamos en presencia de un grave problema cultural que requiere
abordajes múltiples y cuya solución no está a la vuelta de la esquina.
Fanatismo religioso
17/Dic/2014
La República, Editorial