Pongamos el caso de Salt, Roses, Lleida, Murcia o los delicados casos de Ceuta y Melilla… Si Trinidad Jiménez avanza en su decisión de permitir el voto de los marroquíes en las municipales, ¿cómo podría cambiar el mapa de estas ciudades, cuya población marroquí es la mayoritaria en un censo sobrecargado de extranjeros? Por supuesto no hablamos de nacionalizados españoles, sino de personas con pasaporte de Marruecos y permiso de residencia que, gracias a la dadivosidad de la ministra, podrían decidir el futuro de muchos municipios. No importa su grado de integración, su conocimiento del idioma, su apego a los valores democráticos, su poca o mucha radicalidad religiosa y, en definitiva, no importa nada, porque resulta que somos tan guays que estamos encantados de poner el destino de nuestros pueblos en manos de los últimos que llegan.
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