Las humanidades africanas anteriores al rigor desalmado de la esclavitud, alumbraron, evo tras evo, sucesivas elites de gentes sabias, hábiles, inteligentes e intuitivas, que construyeron, con la ayuda de los griots, los hechiceros, los adivinos, los herrero, y los dioses que hablaban por la boca de los hombres (y no los fetiches, objetos de culto así motejados por el desdén europeo de Charles de Brosses), las grandes cosmogonías que, como en el caso de los Dogón, resultan tanto o más brillantes que las aportaciones de los pensadores presocráticos griegos. Por añadidura esos pueblos fueron inventores de antiguas industrias del hierro, admirables escultores del bronce, talladores de estatuas de madera y marfil, fabricantes de máscaras que hoy se disputan los museos de todo el orbe, y, al cabo, creadores de valores estéticos que al ser redescubiertos en el naciente siglo XX, fecundaron la imaginación de las vanguardias artísticas de Occidente.