Acabada Navidad, enfilamos la semana mágica de los Reyes Magos, regida por el fascinante nerviosismo de los niños. Aunque en casa hacemos un tió magnífico que lleva décadas arrastrándose entre nosotros con la paciencia de los troncos viejos, medio herido y apaleado pero sin embargo altivo, también es costumbre que los Reyes pasen por nuestra republicana casa. Además siempre hemos seguido el magnífico espectáculo de la llegada de los Reyes, con todas esos caritas redondas de ojos abiertos de par en par que resumen, en una sola mirada, la grandeza de la infancia. No hay nada más bello que la ilusión inocente de un niño, y si algunas tradiciones tienen un especial sentido, lo tienen porque son capaces de activar el resorte infantil que todavía queda dentro de nuestras estrujadas almas. Dicho en corto, ¡qué fiesta tan bonita!