No es la primera vez que Chávez y Ahmadineyad se dan besitos. Se besan, se abrazan, firman acuerdos, pasean juntitos, y en el súmmum del delirio se dedican mutuas alabanzas. Es el amor que se profesan los monstruos. Hugo y Mahmud, ambos riman con el verbo oprimir en sus muchas variables, desde la brutal opción del islamofascismo a la más camuflada del pseudofascismo bolivariano. En ambos países se persigue la libertad individual, se castra a la oposición política, se amenaza a los críticos, se cierran medios de comunicación, se incautan propiedades y los gurús del poder aumentan su ingente riqueza mientras la pobreza gana terreno entre la gente. Ambos dos son propietarios del oro negro, y lejos de usarlo para emancipar a sus pueblos y sacarlos de la miseria, utilizan su poder económico para enquistarlos en el inmovilismo y el desánimo.