Sus más de cinco mil años de historia están marcados por idas, vueltas y conflictos políticoreligiosos sin fin. Se puede leer y leer sobre ello, pero sólo se capta la dimensión del problema pisando Tierra Santa, caminando y sintiéndola. Por ello Jerusalén es un destino único para vivir los contrastes entre Oriente y Occidente; entre lo antiguo y lo moderno. La capital de Israel es la ciudad más grande y poblada del país y se ubica en los montes de Judea, entre el mar Mediterráneo y la ribera norte del mar Muerto. La moderna Jerusalén se divide en Oeste (que es de Israel desde 1948) y Este (de Jordania entre 1948 y 1967, año en que se anexó a Israel tras la Guerra de los Seis Días). El Oeste es judío, próspero y moderno, con barrios, tiendas y cafés elegantes. Mientras tanto en el Este, menos desarrollado, el ritmo de vida es relajado y predominan árabes y zocos callejeros. Entre estos opuestos se halla la Ciudad Vieja –Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1981– protegida por murallas de piedra caliza del siglo XVI. Esta compacta meca turística reúne todas las atracciones en menos de un kilómetro cuadrado.