El grupo terrorista se encuentra en una etapa de rearme, «a expensas de las necesidades civiles». Reclutan jóvenes para conformar un «ejército del pueblo».
El grupo terrorista se encuentra en una etapa de rearme, «a expensas de las necesidades civiles». Reclutan jóvenes para conformar un «ejército del pueblo».
La primera imagen con la que se asocia al califato islámico encabezado por Abu Bakr el-Baghdadi, es la de los videos de los degollamientos de rehenes vestidos con un overol naranja, mientras “John”, con acento londinense, todo cubierto de negro, cuchillo en mano, lanza en perfecto inglés sus amenazas. Quizás este sea uno de los rasgos característicos del Estado Islámico (EI), que ha echado por la borda las fronteras tradicionales de lo permitido y determina que, las nuevas, las fija el islam. Esto es, desde junio pasado, por declaración de El-Baghdadi, “el califato islámico”.
El gobierno terminó admitiendo ayer que tenía denuncias de violencia doméstica entre las familias sirias que trajo como refugiadas a Uruguay, aunque exhibió contradicciones entre sus funcionarios. Además de las mujeres, los niños de esas familias también sufren de maltrato, según denunció a El País el diputado blanco Pablo Abdala.
Uno de los legados más perversos que el siglo XX transfirió al actual fue la tendencia, ante hechos aberrantes y atroces, a hurgar en la conducta de las víctimas, muchas veces incluso antes de calificar debidamente las agresiones de los victimarios. Por increíble que parezca a un espíritu lógico, junto con la condena eventual del agresor salta la pegunta infame referente a lo que hizo la víctima o, peor aún, el “por algo será” habitual. Este tipo de actitudes, demasiado frecuentes lamentablemente, entroncan con cierta inconfesable complacencia por lo ocurrido y el deseo de ponerse a cubierto de hipotéticas represalias de las fuerzas agresivas. La historia está llena de ejemplos nada honrosos para sus protagonistas. Cuando Hitler asumió el gobierno en 1933 y de inmediato se encaminó al poder absoluto, destruyó la institucionalidad alemana y comenzó una salvaje persecución contra los ciudadanos judíos y los alemanes no conformistas. En las democracias occidentales se pasó por alto esos sucesos y reinó la tranquilidad argumentando que después de todo el Führer se había convertido en canciller de manera legal.