En 1947 el gobierno británico se enfrentó a un grave trance de descolonización: India, la otrora joya de la corona, se batía en una guerra civil de tintes religiosos irreconciliables entre la mayoría hinduista y la amplísima minoría musulmana. La salida fue la creación de un nuevo estado para los últimos, repartido en dos territorios separados entre sí por miles de kilómetros. El nombre elegido fue Pakistán. No se trataba de un pueblo unido por una lengua (el urdu) ni por ninguna otra seña de identidad particular. Su propio nombre no es más que un acrónimo inventado apenas unos años antes para describir las provincias que incluía: Panyab, Afgania, Kashmir, Sindh y BeluchisTAN. Un poco más tarde y al oeste en el mismo continente, Londres dejaba a su suerte a los judíos a los que había prometido un Hogar Nacional, que proclamaban su independencia con los cañones de siete ejércitos apuntando a sus ciudadanos.