No es difícil imaginarse a un radiante Stefan Zweig, recomendando a uno de sus jóvenes lectores: «¡Aprendan idiomas! Esa es la llave de la libertad». No es difícil: su paisaje es la Europa de entreguerras, él es un escritor exitoso, ha viajado por el mundo, nació en Austria pero se siente más que nada europeo, desprecia las fronteras y ni que hablar la idea de que hay gente mejor que otra. «No hay nada que odie más que la autoglorificación de las naciones», dirá en una de esas cartas, que hace días fueron donadas a la Biblioteca Nacional de Israel.