Cuando empezó en esto de la publicidad no había e-mail, ni smartphones, ni siquiera había internet. Hoy han cambiado tanto los paradigmas que no concibe que los empleados de su agencia trabajen los tradicionales por un lado, y los digitales por otro. Deben hacerlo juntos, provocando una sinergia, porque sabe -se lo adelantó su colega alemán Olaf hace unos años- que ahora «todo es digital». Pero también sabe que un publicista no debe obnubilarse por lo que pasa en las redes sociales. Importa sí, pero también hay vida fuera de las redes: en un bar, en una cancha chica, en una oficina pública. Y trata de nutrirse de todas sus experiencias para, ahí sí, dejar a su olfato la tarea de advertir dónde hay una buena historia para contar.