La idea de un estado judío desafió al Vaticano psicológica, teológica y políticamente. Para la Iglesia de mediados del siglo XIX, la noción de que el pueblo judío podía tener derecho a la autodeterminación -y más aún en Tierra Santa- era anatema a su entendimiento del papel del judío en la historia. Por surgir (inevitablemente) en el contexto de emergentes nacionalismos y en una atmósfera de creciente secularismo, liberalismo, y modernismo, y por beneficiarse de todas esas mismas corrientes cuestionadoras del orden clerical establecido, el sionismo estaba destinado a irritar al Papado. Pero el símbolo más significativo del nuevo enfoque vaticano hacia el pueblo judío fue el reconocimiento del Estado de Israel, en 1993. Con el liderazgo de Juan Pablo II aconteció este hecho diplomático transformador que marcó un antes y un después en el vínculo bilateral.
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