La imagen de la joven parapetada en el hotel del aeropuerto de Bangkok resultó muy poderosa. Con su precario inglés, la saudí Rahaf Mohammed imploraba ayuda a través de Twitter para que las autoridades no la entregaran a su padre y hermano, de quienes había escapado horas antes. “Me matarán”, declaraba asustada pero firme. Rahaf no estaba huyendo ni de la guerra ni de la miseria, sino de los usos y normas que siguen lastrando la libertad de la mujer en Arabia Saudí a pesar de las reformas anunciadas desde la llegada al poder del rey Salmán y su hijo Mohamed hace cuatro años.