El sueño del individuo emancipado, del árabe dueño de su destino, capaz de arrancar las costras del poder sectario y dictatorial, y cerrar un nuevo pacto social, basado en la justicia y la dignidad, este sueño que ha inspirado las primaveras árabes y provocado el sacrificio de decenas de miles de personas, se derrumba ante los muros de la guerra civil siria.Líbano, con sus cuatro millones de habitantes divididos y vueltos a dividir en grupos de difícil o imposible relación, es el espejo de Siria, un buen lugar para calibrar las opciones de uno y otro bando. Hizbulah, el grupo político y armado chií decidido a acabar con Israel, estará con Damasco hasta el final de un conflicto que «será largo y duro», según aventuró una fuente próxima a la dirección del partido. A su lado tiene a las minorías cristiana y alauí, la secta del presidente Bashar el Asad. De su parte están también los palestinos -455.000 repartidos en doce campos-, que tienen en el régimen de El Asad a su último aliado.