Por supuesto ha sido un largo recorrido de acusaciones cruzadas entre un progresismo que consigue juntar la palabra burka con la palabra libertad y no se muere de la vergüenza, y un malismo que va a la caza del musulmán con la sola idea de cazar votos. Entre ambas caras de la misma moneda, existe un amplio territorio de sensatez que debe construirse. Y ello implica la voz de intelectuales lúcidos que ni se han asustado por el dedo acusador de la corrección política, ni se han dejado arrastrar por la intolerancia. De Glucksmann a Finkielkraut, pasando por Bernard Henry Levy, muchos han sido los que han dicho sí a los dioses, pero no a los fanáticos sin fronteras, que los usan para destruir la modernidad. Y han sido tildados de todo, reaccionarios, islamófobos…