El Estado Islámico (EI) decapitó a Peter Kassig, su tercer rehén estadounidense, quien previamente soportó un prolongado cautiverio que había comenzado en 2013. Fue asesinado por haber sido soldado. También fueron degollados 15 soldados sirios.
El Estado Islámico (EI) decapitó a Peter Kassig, su tercer rehén estadounidense, quien previamente soportó un prolongado cautiverio que había comenzado en 2013. Fue asesinado por haber sido soldado. También fueron degollados 15 soldados sirios.
Cuando el grupo extremista Estado Islámico (EI) irrumpió inesperadamente en Iraq, su declaración de guerra colocó entre sus primeros objetivos a los chiíes y a los llamados safávidas.
Con el derrocamiento de cada dictador, ha reflotado la comparación entre las plazas tunecinas, libias o egipcias y las plazas húngaras, polacas o alemanas. ¿Pero tiene sustento la analogía? ¿Tiene sentido comparar, por ejemplo, a los berlineses orientales con los campistas egipcios que se asentaron en la plaza Tahrir de el Cairo?
¿Hay alguna forma de acabar con la guerra en Siria? De momento, no. Y tampoco parece que en el futuro próximo. Casi 200.000 personas murieron desde el inicio del conflicto, según estimaciones de la ONU. Cerca de 11 millones de sirios, lo que viene a ser la mitad de la población, se han visto obligados a dejar sus casas. De ellos, más de tres millones abandonaron el país.