La justicia poética siempre es justicia del sentido común. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel pone fin a un mezquino absurdo de la historia moderna. Sobre todo, contribuye a restaurar el principio de realidad en un conflicto emponzoñado por la demagogia del mundo árabe, la pusilanimidad de Occidente y la incapacidad de los palestinos para darse un liderazgo viable y honesto.