Obvio, Jerusalén

Obvio, Jerusalén

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La justicia poética siempre es justicia del sentido común. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel pone fin a un mezquino absurdo de la historia moderna. Sobre todo, contribuye a restaurar el principio de realidad en un conflicto emponzoñado por la demagogia del mundo árabe, la pusilanimidad de Occidente y la incapacidad de los palestinos para darse un liderazgo viable y honesto.

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Jerusalem, el mundo y la paz

Jerusalem, el mundo y la paz

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Una cosa es discrepar políticamente, lo cual es más que legítimo, y otra fue la reacción casi unánime de advertencia sobre los «peligros» del reconocimiento de Jerusalem como capital de Israel porque «cobrará víctimas». Con eso se dio legitimidad de antemano a las reacciones violentas del lado palestino a las que en la práctica se estaba entendiendo como ineludibles, como si la «provocación» de Trump no les dejara otra opción que salir a atacar.

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El problema no es Jerusalén

El problema no es Jerusalén

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El problema no es Jerusalén, ni tampoco que Donald Trump haya reconocido su condición de capital de Israel. El problema no es Jerusalén, porque reconocer su capitalidad no daña unas inexistentes negociaciones de paz. El problema no es Jerusalén, ciudad histórica del pueblo judío y a su vez historia de Occidente. El problema no es Jerusalén. Esa ciudad ha sido, es y será la capital de Israel

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