El problema no es Jerusalén, ni tampoco que
Donald Trump haya reconocido su condición de capital de Israel, por cierto algo
que ya prometieron antes otros presidentes como Bill Clinton. Curioso es que
reprobemos al Presidente de los Estados Unidos por cumplir su compromiso
electoral, mientras aplaudimos las mentiras de Bill Clinton y su cobardía al no
cumplir con un compromiso similar, pero en este mundo lleno de corrección
política, buenismo e hipocresía, esto es lo normal.
El problema no es Jerusalén. Porque
reconocer su capitalidad, no daña unas inexistentes negociaciones de paz.
Recordemos como Mahmud Abás ignoró completamente la oferta de Netanyahu en la
Asamblea General de la ONU cuando le dijo: “Encerrémonos en una de las salas
que hay en este edificio de Naciones Unidas y no salgamos hasta que tengamos
cerrado un acuerdo de paz”. Lo ignoró voluntariamente, porque el actual “statu
quo” resulta increíblemente rentable para los líderes de la Autoridad Palestina
que reciben millones de dólares en concepto de “ayudas y subvenciones
internacionales” que administran sin tener que dar cuentas a nadie. Ese caudal
inacabable de dinero se terminaría en el momento que tuvieran que liderar un
país de verdad y rendir cuentas ante sus ciudadanos. Es mejor seguir a la
sombra de Israel, acusándole de todos los males y diciendo a los ciudadanos
palestinos que son víctimas indefensas, que importa eso mientras a ellos les
sigan lloviendo los dólares.
El problema no es Jerusalén, aunque piense
lo contrario una Unión Europea entregada a un populismo rampante, donde priman
los gestos y las frases engoladas de sus representantes, hablando de paz, amor
y unicornios, mientras ocultan a la población la gravedad de un terrorismo
islamista que no para de crecer en el mismo corazón de Europa. Una Unión
Europea representada por una ex-comunista llamada Mogherini (Federación de
Jóvenes Comunistas Italianos 1988-1996) que visita Irán con la cabeza bien
cubierta y con gesto de mujer sumisa, para mayor gloria de la teocracia de los
ayatollás. No esperen que le UE condene las violaciones de los derechos humanos
que en ese país se cometen sistemáticamente contra gays, mujeres, cristianos o
cualquiera que sueñe con una democracia que les permita escapar del régimen
fanático ideado por Jomeini.
El problema no es Jerusalén. Esa ciudad es
la historia del Pueblo Judío y a su vez es la historia de Occidente. La
Jerusalén del Rey David, del Rey Salomón, la ciudad del Gran Templo en el que
se guardaban las Tablas de la Ley en el Arca de la Alianza. Esa ciudad que era
el “Corazón de la Religión Judía” y que un día se convirtió también en el
“Corazón del Cristianismo”, siendo sus piedras testigos de la vida, la muerte y
la resurrección de Jesús. De Jerusalén y de la Tradición Judeo-Cristiana
salieron gran parte de los conceptos éticos y morales sobre los que se construyó
nuestro mundo, esos que hoy son tan denostados por los que buscan crear una
sociedad infantil y aborregada.
El problema no es Jerusalén. Esa ciudad ha
sido, es y será la capital de Israel. En ella está su parlamento democrático,
la Knesset, el único existente en Oriente Medio. Allí está la sede del Gobierno
y de los ministerios. De allí han salido las políticas educativas y económicas
que han convertido a Israel en el líder mundial en “startups”, un oasis
tecnológico del que nos beneficiamos todos y donde todas las multinacionales
quieren tener sus centros de investigación.
La ciudad que ha sido durante milenios, un
lugar de esperanza, un sitio mágico donde poder sentirse más cerca de Dios, es
un regalo que hemos recibido y un testigo mudo de nuestras obras, de lo que
somos, de lo mejor y de lo peor de nosotros. No busquemos en ella culpa alguna,
porque no la encontraremos.
El problema no es Jerusalén
13/Dic/2017
La Razón, España, Por Juan de la Torre, presidente de la Asociación de Amigos de Israel en España