Iom Hazikaron: Israel recuerda a sus muertos

Cada año, el 4 de Iyar, el día anterior de la fiesta de la Independencia, la nación entera observa «el Día del Recuerdo» (Iom Hazikaron), en homenaje a los que cayeron en el campo de batalla para que nosotros podamos vivir libres e independientes en nuestra patria. Tal día se inicia con una transmisión radial de «Kol Israel» que incluye una alocución del Jefe del Estado Mayor, el «kadish» dicho por uno de los padres que perdieron a sus hijos en la lucha, y la lectura de trozos escogidos escritos por algunos de los caídos.

El Canal Al Jazeera y nuestro amigo el jeque

Hace un par de décadas, cuando el Presidente Bush le exigió al emir de Qatar que tratase de moderar el discurso antioccidental de la cadena de televisión Al Jazeera, el príncipe le recordó al inquilino de la Casa Blanca que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica consagraba la libertad de expresión. Y que él, monarca de un pequeño principado del Golfo Pérsico y… dueño de la popular emisora, no haría nada para acallar a los redactores de la cadena, periodistas palestinos, jordanos o sirios afincados en el emirato donde, al parecer, soplaban vientos de cambio. Al Jazeera acompaño, pues, a la opinión pública árabe durante la toma de Kabul por las tropas de la coalición liderada por los Estados Unidos, durante la guerra de Irak y la ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, durante los movimientos reivindicativos que desembocaron en las llamadas “primaveras árabes” y la mal llamada intervención “humanitaria” de la OTAN en Libia. Hoy en día, Al Jazeera informa puntualmente sobre los trágicos acontecimientos de Siria. Su innegable popularidad le ha permitido abrir un canal en lengua inglesa, destinado a ofrecer una opinión alternativa sobre la actualidad en tierras del Islam.

Kofi Annan al rescate

Hosni Mubarak de Egipto, Alí Abdullah Saleh de Yemen, Zine Elabidine Ben Alí de Túnez y Muhammar Khaddafi de Libia (si es que puede ver desde el Más Allá) deben estar justificadamente celosos de Bashar al-Assad. Al igual que ellos, el presidente sirio debió confrontar con una población sublevada. A diferencia de ellos, él pudo masacrar a cerca de nueve mil, arrestar a alrededor de doscientos mil, ubicar minas en zonas fronterizas para dañar a fugitivos de la represión, atacar campos de refugiados en países vecinos, torturar niños y negar tratamiento médico a heridos, entre otras barbaridades, y aún así permanecer en el poder por más de un año. Lejos de considerarlo parte del problema, la familia de las naciones parece ponderarlo como parte de la solución a la crisis que él mismo creó y salvajemente perpetuó.