Uno de los legados más perversos que el siglo XX transfirió al actual fue la tendencia, ante hechos aberrantes y atroces, a hurgar en la conducta de las víctimas, muchas veces incluso antes de calificar debidamente las agresiones de los victimarios. Por increíble que parezca a un espíritu lógico, junto con la condena eventual del agresor salta la pegunta infame referente a lo que hizo la víctima o, peor aún, el “por algo será” habitual. Este tipo de actitudes, demasiado frecuentes lamentablemente, entroncan con cierta inconfesable complacencia por lo ocurrido y el deseo de ponerse a cubierto de hipotéticas represalias de las fuerzas agresivas. La historia está llena de ejemplos nada honrosos para sus protagonistas. Cuando Hitler asumió el gobierno en 1933 y de inmediato se encaminó al poder absoluto, destruyó la institucionalidad alemana y comenzó una salvaje persecución contra los ciudadanos judíos y los alemanes no conformistas. En las democracias occidentales se pasó por alto esos sucesos y reinó la tranquilidad argumentando que después de todo el Führer se había convertido en canciller de manera legal.