Zombis sobre Jerusalem

19/Oct/2015

Enlace Judío, México, Por Ricardo Silva

Zombis sobre Jerusalem

“Qué extraña manera de estarse muertos.
Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos”.
César Vallejo
Antes que los hermanos y cineastas Yoav y
Doron Paz llenaran de zombis Tierra Santa en su película JeruZalem (2015), ya
Brad Pitt había corrido por su vida y hasta cortado el brazo de una soldado
israelí para evitar ser mordisqueados e infectados con el virus de los “muertos
vivientes”. Pero todavía antes de Guerra Mundial Z (2013), hace 2000 años,
Jerusalem fue invadida por seres venidos de la tumba, según relata Mateo en su
evangelio:
“y muchos cuerpos de santos que habían muerto
resucitaron; después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la
ciudad santa y se aparecieron a muchos”.
¿Metáfora, premonición, homenaje mediático?
Bien podría pensarse que todo eso de los zombis tiene una gracia limitada.
Ropas desgastadas, piel podrida, ojos en blanco o en negro, miembros
desconchabados y la muy mala devoción por degustar carne humana. Lo cierto es
que son tendencia en películas, comics, literatura e incluso performances
populares de necrosados “vivientes” en las grandes capitales del mundo.
En serio, lo que resulta aterrador es la
posibilidad de ver al fenómeno zombi como una alegoría de la realidad del siglo
XXI. Quiero jugar con usted que lee estas líneas. Visualice este escenario:
Colóquese caminando en una calle oscura, a
media noche, sin celular, sin transporte y todavía lejos de su destino. Escucha
pasos. Dobla la siguiente esquina pensando que quien viene atrás seguirá de
frente, pero no, las pisadas le siguen. Usted aprieta el paso, no quiere
parecer cobarde ni llamar la atención así que lo hace de manera discreta, sin
afanarse. Sorpresa, el sonido de los pasos también se acelera y hasta puede
escucharse muy cerquita, casi en el cuello, algo parecido a un chillido como de
roedor, un animal hambriento. Usted es ahora claramente una presa. Pero ahora
bien, no todo está perdido. En el mundo material todo se resuelve con dinero,
así que encara llanamente al perseguidor. Usted saca su cartera, con su sueldo
íntegro, recién cobrado, se lo ofrece, pero no lo quiere. Usted reza, le pide
compasión, pero no se conmueve. Trata de dialogar, convencerlo de que matar es
malo, pero su perseguidor no razona. Entonces usted se da cuenta rotundamente
que se trata de un zombi, por lo tanto no hay nada que hacer sino defenderse a
como dé lugar, vida por vida.
Regresemos a Jerusalem, imagine el mismo
escenario pero su perseguidor en lugar de dientes usa cuchillos, herramientas o
todo aquello que pueda partir la piel.
¿De dónde me viene esta absurda relación?
Zombis y el terrorista actual:
No les interesan las posesiones materiales de
la víctima
Atacan a todos, menos a los suyos
No se puede dialogar con ellos, no se les
puede convencer de no matar
Quizá la motivación es distinta, pero el
objetivo es el mismo: matar
No hay instinto de sobrevivencia, el objetivo
se cumple aunque se pueda “morir” en el intento
Será víctima el primero que se les ponga en
frente
Salen de noche, de día; te los encuentras en
la calle, en el autobús
El factor sorpresa es su fortaleza
La diferencia terrible es que los zombis
tienen el cuerpo podrido hasta las entrañas. El terrorista tiene podrida la
mente, es un muerto en vida.
El mensaje apocalíptico.
En los muertos vivientes conviven varios
elementos que conforman el arquetipo de nuestros miedos más básicos y
universales, miedo a morir, miedo al extraño, miedo a no sentirse seguro, miedo
a que la forma de vida que conocemos sea atacada y transformada. Esa es la
utilidad del terror, las muertes no son la meta al final de cuentas. La
atmosfera enrarecida, esa incertidumbre que flota en el ambiente, que quiebra
la moral y que pervierte la rutina quizá, infectando también un poco a las
víctimas. La presa, los ciudadanos judíos, terminarán acechando al cazador
acaso con similares instrumentos y además con una fuerza espoleada por el
miedo.
Con esta metáfora no pretendo disculpar al
terrorista, hacerlo parecer como un enfermo o como víctima de una posesión
sobrenatural. Todo lo contrario, el terrorista es la cúspide de la imbecilidad
humana. Diluir la razón por lealtad a un grupo, convertirse en misil humano
para reventar vidas bajo el cobijo de la absurda lógica de asumirse como
víctima, reivindicarse como victimario y señalar a los otros como los nuevos
atormentados, las presas de caza.
Los zombis no me dan miedo, se ve o se les
huele a buena distancia y se les mata hasta con las llaves del auto en la
cabeza. El terrorista en cambio podría estar a tu lado, peguntarte la hora o la
ubicación de una calle, al tiempo que mentalmente ensaya el ángulo correcto
para clavarte el arma y hacerte caer de una sola estocada.
Enfrentar a estos muertos vivientes cuerpo a
cuerpo es una solución necesaria pero no definitiva. La mitología griega enseña
sobre la Hidra de Lerna, un monstruo con forma de serpiente que poseía varias
cabezas. Heracles quiso matar al animal cortando las cabezas, pero al hacerlo
nacía una nueva, entonces su sobrino Yolao le ayudó quemando el cuello de la
cabeza cortada para que no retoñara otra. Al final, la Hidra murió sin cabezas
y Heracles cumplió su misión.
El cuello del terrorista, esa extremidad que
se debe cauterizar, está en los líderes religiosos y económicos que los apoyan,
financian y embrutecen con discursos psicóticos engendrados en el más espantoso
vacío espiritual y humano. Matar a los muertos… Que Alá los perdone.