«Vivir» en la sitiada Alepo

10/Nov/2016

La Nación, por Emilio Cárdenas

«Vivir» en la sitiada Alepo

La lectura de las crónicas sobre cómo transcurre la vida diaria en la ciudad de Alepo, desde hace rato sumergida en la guerra civil siria que la ha transformado en un infierno, es siempre desgarradora. Dura. Pero aleccionadora. Porque ellas describen con realismo como se sienten los civiles inocentes, hombres y mujeres, atrapados por la maldición de la guerra.
Me impactó particularmente una nota publicada por el «Washington Post «, en los Estados Unidos. El relato se hace cuando el azote de la guerra castiga a Alepo desde hace cuatro años ya. Cuando cientos de miles de hombres y mujeres la han abandonado y miles de seres humanos han muerto como consecuencia de los bombardeos y de la violencia desatada.
El autor, nos dice, vive recluido como puede en el este de la ciudad, donde aún están encerrados unos 250.000 habitantes. Con la muerte coqueteando siniestramente en su alrededor. Constantemente. Sólo cuando no se oyen los cañonazos y las explosiones provocadas por las bombas de los aviones rusos o del clan Assad, se animan a salir a la calle y abandonar una vida casi siempre subterránea.
La gente prefiere vivir en los pisos bajos de los edificios, que suelen no estar demasiado dañados, ni haber sido enteramente destruidos. Pero, en los últimos tiempos, esa locura a la que llamamos «guerra» ha incorporado el uso de bombas que destruyen los edificios en su totalidad. Que los reducen entonces a polvo y escombros. A nada.
Se evita cuidadosamente estar en los cuartos de los frentes de los edificios y la gente vive enclaustrada en los de los fondos de sus viviendas. Son más seguros, creen. Menos vulnerables a los francotiradores. Y tiende a estar junta, con la idea de muchos matrimonios y familias que es «preferible», eventualmente, morir juntos. No hay nunca electricidad, por lo que se vive durante muchas horas en la oscuridad. Con miedo, siempre.
Las escuelas y los hospitales también están bajo tierra y operan precariamente. No hay combustible para los automóviles, a los que se procura (cuando se puede) no dejarlos estacionados en las calles. Para obtener nafta, el camino seguro es el del «mercado negro». No hay otro disponible.
Las ventanas de las viviendas deben estar siempre abiertas, para que los pocos vidrios que quedan, cuando empiezan las explosiones, no se dispersen cual peligrosas rondas de esquirlas.
Las noches son particularmente peligrosas. Nadie enciende luces, porque así de pronto se atrae a quienes procuran matar. Salir de la propia casa supone el riesgo de no poder regresar a ella, lo que aconseja no alejarse demasiado. Muchos amigos se ven alguna vez y luego se dejan de ver; con cierta frecuencia para siempre. Los diálogos entre los conocidos tienen inevitablemente un componente triste, el de las despedidas, porque en Alepo la vida hoy es contingente.
Las bombas y los explosivos generan en la gente una suerte de ansiedad permanente, con la que inevitablemente hay que convivir. Al borde mismo de la locura, con frecuencia.
Los que han perdido sus casas, pueden no encontrar refugio alguno alternativo y tener que resignarse a vivir en la calle. Con lo puesto y suplicando ayuda a quienes las más de las veces no pueden darla.
Alimentarse es una odisea particular. Inevitable, además. La responsabilidad de obtener comida es casi siempre del padre de familia. Pero todos están constantemente alertas ante la necesidad de paliar una desgracia común.
La pasta y el arroz se procuran sustancialmente en las organizaciones no gubernamentales que, con riegos enormes, tratan de ayudar. Denodadamente, sin que los rostros de sus héroes anónimos se conozcan. Trabajan navegando en un mar de enormes peligros, abnegada e incansablemente. Son la llama de la solidaridad externa que todavía no se ha apagado. La que ayuda a mantener la esperanza.
No hay carne. Ni leche, ni yogurt. Algunos tienen pequeñas huertas, con unos pocos vegetales. En los que fueron sus jardines, generalmente. Y que hoy son -a veces- algo bien diferente: sus cementerios.
No hay aceite para cocinar. En su reemplazo se usa -a veces- combustible diésel usado. Con frecuencia bastante sucio, por cierto. Para los niños, eso es como el veneno. Pero no hay otra cosa.
Los hospitales son centros indescriptibles de horror. Con muchos heridos mal atendidos. Sin higiene posible. Y prácticamente sin los elementos básicos necesarios para poder curar o atender las necesidades de quienes, lastimados o enfermos, procuran auxilio. Con un olor nauseabundo, inevitable. Con personal abnegado, que simplemente debiera estar en el cielo. Pero está allí, abstraído, paliando el dolor ajeno.
Cerrando esa terrible descripción de lo que sucede en su derredor, el autor de la mencionada crónica de pronto desesperado se pregunta: ¿Por qué estoy todavía aquí? ¿Por qué no me fui? Porque este es mi lugar en el mundo, se contesta a sí mismo. Y porque irme es un poco comenzar a morir.
No quiere dejar Alepo. Y sueña con alguna vez ser libre. Hoy no lo es, sabe. Y es así. Pero sigue luchando por sobrevivir, con los suyos. Por vencer a la muerte que se le acerca en cada esquina. Y a cada rato. Algunos podrán sobreponerse a la tragedia que viven. Otros, no. Esa es la cara interna del horror. La de la guerra, que desde lejos quizás no luce tan inhumana. Pero lo es, según nos confirman las crónicas desde ese infierno al que llamamos por su nombre: Alepo.
Mientras el mundo, impotente, contempla lo que está sucediendo en la segunda ciudad de Siria. Y observa como el único portaviones ruso se acerca a Siria. Desde su cubierta saldrán más aviones con bombas que previsiblemente seguirán cayendo sobre el este de Alepo. Con una suerte de resignación que cada tanto se transforma en un sueño terrible, al que no consigue dejar atrás. Y al que, de pronto podrían agregarse Mosul, Raqqa y algunas otras ciudades de Siria.
El autor es ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas