Viaje al interior del Holocausto

25/Feb/2011

El País Cultural, Andrea Blanqué

Viaje al interior del Holocausto

Crónica desde Jerusalén

EL siglo XX ha sido el siglo de los genocidios. El primero fue el de los armenios a manos de los turcos: un millón y medio de muertos. La lista macabra sigue hasta casi el siglo XXI: en la década de los 90 murieron miles de bosnios, y el mundo asistió por televisión a la masacre de 850 mil tutsis a manos de los hutus en Ruanda. Se habla de dos millones de víctimas en Camboya. Y debe sumarse la enigmática y cruel cifra del Gulag soviético.

Hay un genocidio, sin embargo, que concentra la sensibilidad del mundo occidental, y es el Holocausto del pueblo judío en el corazón de la Europa civilizada. La avidez por conocerlo explica las numerosas películas y libros que se refieren a ello. Hace poco, Francia se vio convulsionada por el estreno de La redada, un film dirigido por una hija de republicanos españoles, cuyo padre -un sobreviviente de un campo de concentración nazi- había conocido testigos del vergonzoso episodio durante el cual, miles de judíos franceses fueron apresados -¡por la propia policía francesa!- y confinados sin agua y sin comida en el Velódromo de París, hasta ser deportados, en tren, hacia la muerte de los campos nazis.

De 18 millones de judíos que había en el mundo quedaron solo 12, sin contar los bebés que nacieron durante esos largos años y que murieron sin que fueran anotados en un registro.

La singularidad del Holocausto, el desgarrón de la Historia después de este acontecimiento, perturba aún a todos. No se trató solo de un crimen contra el pueblo judío, sino un abominable crimen contra la Humanidad. Millones de alemanes que constituían la nación más civilizada del mundo se convirtieron de pronto en sujetos capaces de matar de un modo tecnologizado y perverso. Y fueron también cómplices muchos europeos: austríacos, ucranianos, húngaros, lituanos y los propios polacos cristianos, que habían convivido con judíos durante mil años.

En 2005, las Naciones Unidas constituyeron el Día Internacional de la conmemoración de la Shoá. También se instituyó una obligación pedagógica, para todos los países: el Holocausto debe enseñarse. Es una necesidad, un requisito: la principal virtud de la memoria es evitar que los grandes errores puedan volver a cometerse.

Un lugar en el mundo. En Jerusalén, Israel, existe una institución académica y museística llamada Yad Vashem. Es la autoridad máxima “para la memoria de los Mártires y Héroes del Holocausto”. Allí se conservan miles de documentos, pero además de su archivo prodigioso, los investigadores avanzan en el conocimiento de lo sucedido. En el lugar hay un visitado museo moderno, gigantesco, y una Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto.

La Escuela imparte constantemente seminarios para profesores y cursos en español para docentes latinoamericanos. En particular me tocó asistir, junto a una veintena de latinoamericanos, al Seminario “Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión”. La mitad de los becarios eran judíos y trabajaban en colegios, publicaciones o museos. La otra mitad éramos profesores de Historia, de Derecho, de Literatura, o periodistas. Había docentes universitarios (un brasileño, por ejemplo, había realizado su doctorado sobre el cine y la propaganda en el Nazismo y el Fascismo). Esa heterogeneidad de los asistentes promovía la diferencia de miradas, la posibilidad de un abordaje interdisciplinario para educar en la acertada consigna del “Nunca más”.

En diez días, el grupo recibió cien horas de clase intensas con destacados investigadores. Mario Sinay, el director del curso, advirtió desde el vamos que no se recibiría una respuesta, sino que lo único posible era un acercamiento a la Shoá. La magnitud de la matanza es aún hoy difícil de imaginar, cuando sucedió hace solo setenta años y miles de documentos y testimonios la evidencian. Sinay dedujo cuán inimaginable debió serlo entonces para el mundo entero antes de que ocurriera. Nadie, a comienzos de los 30, podía suponer que la cuna de tantos músicos y filósofos, Alemania, matara seis millones de seres humanos por el solo hecho de ser judíos.

Sinay prefiere no utilizar la palabra holocausto, de origen griego, que se asocia con la idea de “sacrificio religioso por fuego”. Sucede que en aquel genocidio no hubo sacrificio sino exterminio. Y es por eso que se prefiere la palabra hebrea “shoá”, que equivale a “catástrofe” y fue ya impuesta por el cineasta Claude Lanzmann en su film testimonial de nueve horas que hoy constituye un monumento de celuloide.

Mario Sinay sabe que aún existe la tentación de juzgar a las víctimas, de preguntarse por qué no se rebelaron. Pide entonces a los asistentes que intenten comparar lo que sabían las víctimas en plena guerra y lo que se sabe hoy. Sinay recuerda que cuando los escasos sobrevivientes escapaban, por ejemplo de Treblinka, y hacían correr entre los desnutridos judíos de los ghettos la noticia de que “nos quieren exterminar por completo”, muchos no creían que eso fuera cierto.

Existe una filosofía educativa en Yad Vashem: apartarse de la “pornografía” del Holocausto, después de tantas imágenes macabras, como aquellas imágenes con montañas de cadáveres que dejaron alelados a los soldados aliados cuando llegaron a Bergen-Belsen -el campo donde murió Anna Frank-, o aquellas fotos que los soldados norteamericanos enviaban a sus familias y estas eran percibidas como imágenes trucadas.

En Yad Vashem se sostiene la idea de repensar a la víctima en todo sentido. Las fotografías previas al genocidio, la vida cotidiana de los judíos europeos, que constituían comunidades más o menos asimiladas -según el país- pero laboriosas y productivas, son más importantes que las fotos de los cadáveres. La voz y la palabra de quienes lograron salir del infierno constituye hoy algo irremplazable. Hay una carrera contra el tiempo: cada día mueren 150 sobrevivientes del Holocausto, de esos ancianos que pueden decir “yo estuve ahí”. Por eso es importante grabar su testimonio, publicar las cartas, los diarios, las memorias. Escucharlos en vivo.

El seminario incluyó encuentros entre el grupo de asistentes y sobrevivientes. Algunos se han dedicado a brindar testimonio, han hablado de su terrible historia ante miles de oyentes. Hay otros que, sin embargo, nunca lo hicieron, y que antes de morir, o ante el reclamo de los nietos, deciden hablar, contar la Historia con su propia voz. Este seminario incluyó, por ejemplo, el testimonio de un sobreviviente que por primera vez hablaba en público. Se había salvado siendo un niño, ocultándose en los bosques y la nieve.

Yad Vashem hace notar que jamás podría haber ocurrido un acontecimiento de tal naturaleza, si además de los verdugos nazis no hubiese existido una inmensa masa de observadores pasivos. Espectadores que, al no oponerse, al dar su beneplácito implícito o explícito, permitieron que se produjera algo sin antecedentes. La larga cadena desde el que firma una decisión en un escritorio hasta el que echa zyclon B en la cámara de gas, está constituida por individuos que aparentemente no tienen el perfil de un asesino serial. Pero con su pasividad se llenaron las manos de sangre.

Yad Vashem tiene muy claro también que una minoría de individuos se expusieron al peligro, a la posibilidad de su muerte y la de su familia, y mantuvieron su condición humana ayudando a las desesperadas víctimas. El rótulo “Justos entre las Naciones” es el título que un Tribunal israelí, con documentación y testigos, concede a aquellas personas no judías que tuvieron la lucidez humana intacta y decidieron no solo no ser asesinos, sino que actuaron en procura de mantener seres humanos con vida, ya sea escondiéndolos, dándoles comida, e incluso guardando silencio y no delatando. Ellos, aunque pocos, demuestran que no existe el determinismo, que es posible elegir entre destruir al otro o no.

Una vez clara la filosofía de Yad Vashem, los asistentes latinoamericanos quedamos sumergidos en una maratón de clases de rigor académico, de mañana y de tarde, con media hora de descanso frente a la vista de un Jerusalén profusamente arbolado.

Especialistas. De los varios académicos e investigadores que impartieron las clases, Pinkas Bibelnik se destaca por su currículum vitae: es especialista en historia del antisemitismo, judaísmo español, Inquisición, criptojudíos (judíos conversos españoles que mantenían sus rituales en secreto) y la continuación de todo este drama en América colonial.

Bibelnik es un profesor histrión: a su erudición le suma comentarios que se acercan al humor negro. Está allí, en el Seminario sobre Shoá, para poner a los asistentes en sintonía con un drama pretérito: el odio a los judíos, cuya culminación fue el Holocausto. Lo que cuenta de la historia del antisemitismo es siniestro, y es verdad. Por ejemplo, explica algo difícil de digerir: el cristianismo se ha vendido como la religión del amor, pero al inculpar a los judíos de la muerte de Jesús -exculpando a los romanos- acusa por los siglos de los siglos a la totalidad del pueblo judío de deicidio. Ellos “mataron a Dios”. Y así surge el odio.

Pero Bibelnik sabe mucho sobre cuán judío era Jesús, cuán judías son las fiestas cristianas, y cuán judía era la prédica del hijo de Miriam (María), Yeshua, y sus discípulos. El Nuevo Testamento, como texto, se escribió mucho tiempo después de aquella prédica, y así aparecen sorpresivamente frases como esta del Apocalipsis de Juan: “La sinagoga es la morada de Satanás”.

Bibelnik también conoce la opinión de los teólogos de la Edad Media sobre el pueblo judío. Muestra espantosos grabados en donde los antepasados de los actuales europeos dibujaban a los judíos bebiendo sangre de niños o fornicando con un cerdo. La Revolución Francesa por fin los consideró seres humanos. Pero finalmente llega el Romanticismo y el nacionalismo alemán. El círculo se cierra. Las raíces del más antiguo antisemitismo se abonan con las ideas del siglo XIX y el amor a la tierra: paradójicamente, la Humanidad se acerca a su momento más racional y laico pero el delirio nacionalista alemán sustituye la mística de la religión.

Dilemas morales. En las clases del profesor Bar Mor surgen, por su parte, los dilemas judíos durante el Holocausto. Salen a relucir los judenrat, los consejos de judíos que oficiaban de nexo entre los nazis y los hacinados y hambrientos seres encerrados entre los muros de los ghettos. Sale a luz también Rumkowsky, y su decisión de hacer de los judíos de Lodz obreros imprescindibles para el ejército nazi, aparentemente con el objetivo de salvar la mayor cantidad de gente posible. Se revela también el dato escalofriante de cómo este hombre judío entregó los niños, los bebés del ghetto, en camiones, a la muerte.

Y finalmente, surge el Israel recién creado -el de los kibutz- queriendo ser otro, queriendo ser un pueblo sin la vergüenza de haber ido como “ganado al matadero”. Surge la elección de la Rebelión del Gueto de Varsovia -el culto al heroísmo y la resistencia- como símbolo.

UN MUSEO DONDE SE LLORA. El Museo de Yad Vashem contiene nueve galerías que describen cómo vivieron los judíos la Shoá. Verlo lleva tiempo, porque además de la enorme colección de fotos, videos, documentos y objetos, la propia concepción del Museo invita a sentarse y meditar. Cada asistente se detiene en aquello que más lo golpea. Todos se quiebran en algún momento. Esta cronista experimentó esa sensación al entrar a la sala dedicada al Buque Saint Louis, el que llevaba refugiados a Cuba y fue rechazado, y que intentó ser aceptado en USA donde tampoco fue admitido. En esa misma sala se expone la inútil conferencia de Evian. Y se demuestra cómo las Américas hubieran podido salvar miles de vidas tan solo extendiendo visas.

Hay un parque lleno de árboles y monumentos. Los árboles han sido plantados por cada “Justo de las Naciones”. Entre las numerosas esculturas e instalaciones artísticas resulta inolvidable el Memorial de los niños, donde en la penumbra, el visitante ve grandes retratos de niños felices y escucha voces infantiles que mencionan los nombres de más de mil niños asesinados. Unas pocas velas reflejadas en un juego de espejos dan la impresión al visitante de ver multitud de lucecitas que simbolizan aquel millón y medio de vidas truncadas.

En el norte de Israel, el Seminario en pleno va al kibutz creado por sobrevivientes, Lohamei Haguetaot. Allí la anfitriona es una gran pedagoga, Nora Gaon, que muestra cómo es posible crear un museo conceptual, para que los niños puedan comprender la Shoá sin exponerlos a imágenes macabras. Hay una sala en penumbras donde el asistente puede tocar multitud de botones: tocando uno, tras un vidrio se ilumina un objeto perteneciente a una víctima, con la historia de vida correspondiente. Por ejemplo, una máquina de escribir.

los Materiales pedagógicos. Yad Vashem es además una institución productora de materiales pedagógicos pensados para enseñar un tema tan atroz a las generaciones nuevas. Los becarios pueden llevarse materiales de mucho interés. Esta cronista eligió libros vinculados a testimonios escritos: por ejemplo A través de nuestros ojos (un compendio de diarios y autobiografías de niños que sufrieron la Shoá), Cómo fue humanamente posible, una recopilación de textos e imágenes que documentan las acciones de los perpetradores: por ejemplo, el diario de un soldado alemán que se queja del horror de las matanzas pero al día siguiente cuenta feliz qué rica estaba la cena que les dieron. Y también Estas son mis últimas palabras, una antología que recoge cartas póstumas de personas que, desde el tren, en la deportación, lanzaban papeles a quien quisiera recogerlos y enviarlos a sus familiares, o cartas de despedida de personas que están a punto de ser ejecutadas y cartas a familiares que lograron emigrar a tiempo. Por ejemplo, la de una madre desesperada que abandona a su niño con un papelito escrito, para que alguien lo adopte y logre salvarlo.