Viaje al centro del dolor

17/Ago/2012

El País Cultural, Mercedes Estramil

Viaje al centro del dolor

Viaje al centro del dolor 
Desde ese momento se convirtió (y también su esposa) en un «shjol», que es la denominación hebrea para aquellos que han perdido un hijo, término que no tiene vocablo equivalente en otros idiomas. A partir de ahí terminó la novela que escribía (La vida entera, 2010) y empezó Más allá del tiempo, canto y llanto fúnebre con formato compartido de drama, prosa y poesía. Un devenir inquietante para quien había comenzado su carrera literaria escribiendo cuentos para niños.
NOMBRAR LA AUSENCIA. La experiencia de Grossman es similar a la de mucho artista enfrentado a la necesidad y el deseo de trasladar a su arte una muerte cercana, sea de hijos, padres (las coplas de Manrique, los poemas de Jaime Sabines), o la propia (el chileno Enrique Lihn sobre su cáncer, Harold Brodkey o Hervé Guibert sobre el sida). Dependiendo del caso, se trata no sólo de confrontar el dolor y hallar el lenguaje para hacerlo, sino también de cómo situar esa obra y asimilar su recepción, que está lejos de ser previsible, y más en la circunstancia de que la muerte sea la de un hijo. No faltan ejemplos. Al músico Eric Clapton le llovieron palos y elogios cuando nueve meses después de que su hijo de cuatro años cayera de un piso 53 compuso la bella balada «Tears in Heaven»; como al novelista argentino Abel Posse cuando más de veinte años después de que su hijo adolescente se suicidara en 1983, publicó Cuando muere el hijo (2009). Tampoco lo tuvo fácil Isabel Allende cuando tras la muerte de su hija escribió la novela homónima (Paula, 1994) levantando olas de sensibilidad pero también de crítica en el sentido de cómo se puede escribir sobre eso, recibir aplausos, ganar dinero, etc. Discusión eterna e inconducente. La poeta estadounidense Mary Jo Bang, por ejemplo, ganó el Premio National Book Critics Circle con un libro que comenzó a escribir enseguida de la muerte por sobredosis de su hijo de treinta y siete años, en 2004. Por otro lado, son -o se supone que son- obras que para el propio autor se desmarcan de su bibliografía ocupando un lugar íntimamente superior o no dependiente ni de su calidad ni de sus resultados. El español Francisco Umbral, de vasta obra narrativa, solía destacar de su producción el libro que escribió a propósito de la muerte de su hijo de seis años, Mortal y rosa (1975).
En cada caso la obra ocupa, simbólicamente, el lugar del hijo. Es el recuerdo del dolor, sin importar a qué edad fuera o el modo concreto de las muertes o el tiempo que se demoró en escribirlo. El problema -estético y ético- de estos discursos es cómo nombrar esa ausencia antinatural y subversiva respecto al orden de la vida. Cómo interpelarla, desde dónde y para qué, sabiendo que el resultado tendrá elementos de catarsis, negación, explicación, culpa, consuelo, expiación. Y despedida.
EL CAMINO. Todo eso está en el libro de Grossman. Más allá del tiempo transmite con rigor poético y una emocionalidad precisa, ni contenida ni desbordada, esa lógica perversa de los adioses que no se terminan nunca. En el texto aparecen varias voces unidas por el denominador común de un camino a recorrer para llegar «allí», al lugar del no ser, al punto exacto de la pérdida, a la muerte misma. Se trata de seres civilizados o salvajes, hombres y mujeres, ricos y pobres, jóvenes o viejos, poderosos o desposeídos, padres cariñosos o severos; la desgracia no hace distinción entre el Centauro, el Duque, el Cronista, el zapatero, la comadrona, el anciano profesor de matemáticas o el hombre y la mujer sin atributos: todos han perdido hijos de distintas maneras y es ese arrebato lo que los iguala y los hace caminar juntos.
Hay un eco referencial aquí del mito de Orfeo descendiendo al Hades y también del cuento de Hans Christian Andersen (que es cualquier cosa menos un cuento infantil, claro está) titulado «Historia de una madre», en el que una madre pierde a su bebé y emprende un desesperado camino para llegar al reino de la muerte e intentar cambiar la decisión del destino. La representación emocional y física que Andersen hace del duelo (el reloj detenido, las lágrimas que nublan y hacen perder la visión, la cabellera blanca) culmina en una reflexión ética y una aceptación de la voluntad de Dios. Tácitamente el por qué a mi hijo de la desesperación se convierte en el por qué no a mi hijo de la resignación. Con ese material trabaja también Grossman, alcanzando momentos de hondura poética, sublimando las particularidades de su caso -el dato concreto de la muerte de Uri- en una reflexión de contenido universal y atemporal.
Pero una reflexión que no se queda en el gesto de llorar la pérdida, mostrar los buenos sentimientos y hermanar a la humanidad, sino que se mete en los rincones más oscuros de la naturaleza humana. Ya desde el comienzo se percibe la animosidad hacia el mensajero, hacia el que no sufre: «Era de noche, unas personas vinieron/ con la noticia/ en la boca./ Habían recorrido un largo camino/ guardando un silencio grave,/ y puede que fuera precisamente por eso/ por lo que la probaron, por lo que la lamieron/ a hurtadillas./ Asombrados como niños/ se dieron cuenta de que se puede llevar/ la muerte en la boca como/ si fuera un caramelo/ envenenado contra el que ellos, milagrosamente,/ estaban inmunizados». Se percibe la furia por el cambio radical que opera en el que sigue vivo pero ya no puede vivir la vida de igual manera, ni hacer el amor con el mismo placer ni disfrutar a pleno ninguna cosa porque «en todo lo que existe/ desde ahora/ resonará el eco/ del no existir».
Y sobre todo se confiesa el egoísmo esencial de la vida en la propia escritura: «No es a su hijo a quien el padre/ mueve, no es a mi hijo/ a quien pretendo dar aliento/ y vida. Es a mí mismo/ a quien conjuro/ con palabras, con fantasías,/ con espantapájaros/ de forma humana/ hechos de barro/ y paja/ por no dejar de existir convertido en un padre de piedra./ Por no dejar de existir convertido en un padre de piedra./ Es mi alma, la mía/ la que es segada/ por el frío espacio blanco entre palabra/ y palabra. Soy/ yo,/ yo el que aleteo como una presa/ en las fauces/ de lo absoluto./ Es por mí,/ solo por mi ser por lo que lucho/ aquí contra el exterminador,/ contra el desvanecedor,/ contra el mermador./ Mi vida entera/ en estos momentos,/ mi vida entera/ pende de esta plumilla.» Más allá del tiempo no es un libro fácil de leer en la medida en que procura -y consigue- ir al corazón del dolor y en buena medida regodearse en ese lugar. Lo hace, y eso es lo meritorio, a fuerza de una poesía tan coloquial como trágica, menos preocupada en hallar imágenes que en llamar a las cosas por su nombre.
MÁS ALLÁ DEL TIEMPO, de David Grossman. Lumen, 2012. Buenos Aires, 189 págs. Distribuye Random House Mondadori.