Velar a las mujeres, el arma más poderosa de los islamistas

12/Ago/2016

Gatestone Institute, Por Giulio Meotti

Velar a las mujeres, el arma más poderosa de los islamistas

Hace unos meses atrás, Laurence Rossignol, ministra francesa
de Familia, Infancia y Derechos de las Mujeres, provocó un fuerte escándalo al
referirse a la proliferación del velo islámico en su país y al comparar a las
mujeres que se cubren la cabeza con “Los negros americanos que aceptaban la
esclavitud”.
Por otra parte, Elisabeth Badinter, una de las feministas
más famosas de Francia, llamó a boicotear las firmas de moda europeas, como
Uniqlo y Dolce & Gabanna, quienes están diseñando prendas islámicas (en
2013, los musulmanes gastaron 266 mil millones de dólares en ropa, y la cifra
podría llegar a los 484 mil millones en 2019).
También está surgiendo una nueva tendencia en la cultura
popular occidental, que en los medios era casi invisible hace una década:
aparecen mujeres con la cabeza cubierta en programas de televisión como
MasterChef.
La cultura popular occidental considera ahora normal que las
mujeres lleven velo. Air France pidió recientemente a sus empleadas que
llevaran velo cuando estuviesen en Irán. El Gobierno de Italia cubrió no hace
mucho las esculturas de desnudos del Museo Capitolino de Roma durante la visita
del presidente de Irán, Hasán Ruhaní, por “respeto” a su sensibilidad.
En el mundo árabe-islámico, sin embargo, las mujeres que
llevaban velo fueron durante mucho tiempo la excepción. Es difícil creer que,
hasta principios de la década de 1990, la mayoría de las mujeres de Argelia no
llevaba velo. El 13 de mayo de 1958, en la Plaza del Gobierno de Argel, decenas
de mujeres se arrancaron el velo.
Las minifaldas invadieron las calles
La Revolución de Irán revirtió esta tendencia: el primer
pañuelo apareció a comienzos de la década de 1980 con el auge de los
movimientos islámicos en las universidades de Argelia y los barrios pobres. El
hiyab era distribuido por la embajada iraní en Argel.
En 1990, Argelia estaba al filo de una larga era de muerte y
miedo: una guerra civil con el fantasma del avance del islamismo (hubo 100.000
muertos). La gente sabía que iba a ocurrir algo terrible con sólo contar los
velos en las calles.
La primera víctima de la guerra islamista en Argelia fue una
joven que se negó a llevar el velo, Katia Bengana. Defendió su decisión incluso
cuando sus ejecutores le pusieron una pistola en la cabeza. En 1994, Argel
despertó literalmente con los muros llenos de carteles islamistas que
anunciaban la ejecución de la mujer sin velo. Hoy, pocas mujeres se atreven a
salir de su casa sin el hiyab, chador o burka.
Si miramos las fotografías de Kabul en los años 60, 70 y 80,
veremos muchas mujeres sin velo. Después llegaron los talibanes y las
cubrieron. La emancipación en Marruecos la desencadenó la princesa Lala Aisha,
hija del sultán Mohamed ben Yusef, que adoptó el título de rey cuando el país
proclamó la independencia. En abril de 1947, Lala dio un discurso en Tánger; el
público escuchaba atónito a esa chica sin velo, en pocas semanas, las mujeres
de todo el país se negaron a llevarlo. Marruecos es hoy uno de los países más
libres del mundo árabe.
En Egipto, ya en los años cincuenta, el presidente Gamal
Abdel Naser fue a la televisión para burlarse de la petición de los Hermanos
Musulmanes de cubrir a las mujeres. Su mujer, Tahia, no llevaba pañuelo, ni
siquiera en las fotografías oficiales. Hoy, según la socióloga Mona Abaza, el
80% de las mujeres egipcias llevan velo. No fue hasta los años 90 cuando el
wahabí, la versión estricta del islam, llegó a Egipto a través de millones de
egipcios que fueron a trabajar a Arabia Saudí y a otros países del Golfo.
Entretanto, los movimientos políticos islamistas fueron ganando terreno. Y
entonces las mujeres egipcias empezaron a llevar el velo.
En Irán, el tradicional velo negro que cubre a las mujeres
iraníes de los pies a la cabeza invadió el país con el ayatolá Jomeini. Él
afirmaba que el chador era el “estandarte de la revolución” y lo impuso a todas
las mujeres.
Cincuenta años antes, en 1926, el sha Reza había dado
protección policial a las mujeres que se negaban a llevar el velo. El 7 de
enero de 1936 ordenó a todas las maestras y a las mujeres de los ministros y
funcionarios del Gobierno que se mostraran con “ropas europeas”. El sha pidió a
su mujer y sus hijas que no llevaran el velo en público. Estas y otras reformas
occidentales fueron apoyadas por el sha Mohamed Reza Pahlevi, que sucedió a su
padre en septiembre de 1941 y prohibió que las mujeres llevaran el velo en
público.
En Turquía, Mustafá Kemal Ataturk arengó a las mujeres
incitándolas a dar el ejemplo: quitarse el velo suponía acelerar la necesaria
reconciliación entre Turquía y la civilización occidental. Durante cincuenta
años, Turquía rechazó el velo, hasta 1997, cuando el Gobierno liderado por el
islamista Necmetin Erbakan abolió la prohibición del velo en los espacios
públicos.
La Turquía de Erdogan utilizó el velo para fomentar la
desenfrenada islamización de la sociedad. En cambio, el presidente de Túnez,
Habib Burguiba, emitió una circular que prohibía llevar el hiyab en las
escuelas y los edificios públicos. Dijo que el velo era un “trapo odioso” y
promovió su país como una de las naciones árabes más ilustradas.
No sólo el mundo musulmán rechazó durante mucho tiempo este
símbolo. Antes de la propagación del islam radical, la minifalda, uno de los
símbolos de la cultura occidental, también se podía ver por todo Oriente Medio.
Hay muchas fotografías que nos recuerdan ese largo periodo: azafatas sin velo y
con falda de la aerolínea afgana (qué ironía que Air France quiera hoy
cubrirlas); el concurso de belleza que el rey Husein de Jordania organizó en el
Hotel Philadelphia; el equipo de fútbol femenino iraquí; la atleta siria
Silvana Shahín; la mujer libia que marchaba sin velo por las calles; las
estudiantes de la Universidad Birzeit de Palestina y las chicas egipcias en la
playa (en esa época, el burkini se habría considerado una jaula inaceptable).
Después, a mediados de los 80, todo cambió de repente: la
sharia fue instaurada en muchos países, las mujeres de Oriente Medio fueron
colocadas en cárceles portátiles y en Europa prosiguieron con el velo para
reclamar su “identidad”, lo que significaba una negativa a asimilar los valores
occidentales y la islamización de muchas europeas.
Primero impusieron el velo a las mujeres, y después los
islamistas empezaron su yihad contra Occidente
Primero traicionamos a esas mujeres aceptando su esclavitud
como una liberación, y después Air France empezó a cubrir a las mujeres cuando
estuviesen en Irán como forma de “respeto”. También dice mucho de la hipocresía
de la mayoría de las feministas occidentales, siempre dispuestas a denunciar a
los homófobos cristianos y el sexismo en EEUU, mientras guardan silencio sobre
los crímenes sexuales del islam radical.
En palabras de la feminista Rebecca Brink Vipond: “No voy a
picar en el anzuelo de la condescendiente llamada para que las feministas dejen
a un lado sus objetivos en América para abordar los problemas de las teocracias
musulmanas”. Estas son las mismas feministas que abandonaron a Ayaan Hirsi Ali,
la valiente holandesa-somalí disidente del islam, dejándola a su suerte incluso
después de haberse podido refugiar en EEUU: impidieron que hablara en la
Universidad Brandeis.
¿Durante cuánto tiempo seguiremos prohibiendo la mutilación
genital femenina? Un estudio recién publicado en EEUU sugiere que permitir
ciertas formas “más suaves” de mutilación femenina, que afecta a 200 millones
de mujeres en el mundo, es más “sensible culturalmente” que prohibir la
práctica y que una “incisión” ritual en la vagina de las chicas podría evitar
una práctica de desfiguración más radical. La propuesta no provino de Tariq
Ramadan o de un tribunal islámico de Sudán, sino de dos ginecólogos americanos,
Kavita Shah Arora y Allan J. Jacobs, que publicaron el estudio en una de las
revistas científicas más importantes, el Journal of Medical Ethics.
Es un testimonio de hasta dónde se puede llegar en lo que el
nuevo filósofo francés Pascal Bruckner llamó “el sollozo del hombre blanco”,
con su masoquismo, su cobardía y su relativismo cínico. ¿Por qué no justificar
también la lapidación islámica de las mujeres que son acusadas de adulterio? Es
como si nos faltara tiempo para capitular.