El nacimiento del Estado de Israel está indisolublemente ligado a Uruguay, por cierto, pero muy especialmente al Batllismo. De allí nuestro compromiso permanente con la legítima causa judía.
Resulta habitual encontrarse en el debate cotidiano con la postura que sostiene un presunto origen espurio del Estado de Israel, pone bajo injusto y severo cuestionamiento su legitimidad como tal y un accionar requerido históricamente para sobrevivir, todo lo cual ha llevado a una escabrosa zona en la cual un nuevo discurso, declarado como antisionista, se superpone y mezcla con el viejo y harto conocido antisemitismo.
Esto supone el riesgo de la pérdida de la memoria histórica y de la proliferación de nichos donde aquel tan pernicioso prejuicio pueda perdurar e, incluso, eventualmente resurgir con nuevos bríos y bajo nuevos ropajes, buscando siempre brotar sobre el terreno de la muy extendido ignorancia respecto de los hechos históricos relevantes a la cuestión siendo tratada.
Este es un problema de carácter global, que solo puede combatirse rescatando la verdad histórica de numerosos hechos con gran frecuencia olvidados, desconocidos y ninguneados. Hechos importantes que refieren a la historia del pueblo judío, del sionismo y del Estado de Israel. Quienes somos uruguayos y, en particular, quienes además somos colorados y batllistas, tenemos al mismo tiempo el orgullo y el deber de agregar a esta tarea la evocación de la destacada participación del Uruguay, del Partido Colorado y del Batllismo en la camino que recorrieron el pueblo judío y el sionismo hacia la concreción de su anhelo de poseer un suelo que pudieran llamar su “hogar nacional.
Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, se conocieron las inenarrables atrocidades cometidas por el régimen nacional socialista alemán, entre las que destaca la persecución y el exterminio de más de seis millones de judíos, lo que dio un nuevo impulso al movimiento sionista y al posterior tratamiento por parte de la ONU del tema de la eventual creación de un estado judío en la Palestina bajo mandato británico desde 1922 (surgido a la caída del Imperio Otomano, una de las potencias derrotadas en la Primera Guerra Mundial).
El sionismo bregó desde sus orígenes por la creación de un Estado nacional judío, entendiendo que los judíos no estarían a salvo en ningún país gobernado por mayorías ajenas a su identidad nacional y que la única solución duradera residía en la creación de un Estado nacional propio, donde fueran mayoría ellos mismos. La elección de Palestina como solar patrio no fue arbitraria, sino que respondió a la historia judía, que ubica sus orígenes en la región de Canaán, de donde habían sido expulsados en el siglo II.
A diferencia de lo que hoy se piensa y sostiene por parte de algunos grupos con cierta inclinación antisemita, el movimiento sionista no contó desde el principio, con un apoyo decidido de la comunidad internacional, ni de los grandes centros de poder. El Reino Unido era la potencia que ocupaba el territorio por mandato de la Sociedad de las Naciones, como ya se señaló, y no se mostraba decidida a abandonarlo, ni a generar un conflicto con los árabes. Por su parte, las potencias devenidas preeminentes tras la guerra, los Estados Unidos y la Unión Soviética, tenían algunas objeciones que deberían ser resueltas si los judíos querían contar con su apoyo.
En 1947, las Naciones Unidas abordaron el problema de Palestina y se conformó una comisión especial —la UNSCOP (Plan de las Naciones Unidas para la partición de Palestina)— para que presentara un plan. Dicha comisión fue integrada por representantes de Australia, Canadá, Checoslovaquia, Guatemala, India, Irán, Países Bajos, Perú, Uruguay y Yugoslavia.
Los representantes de Uruguay, Enrique Rodríguez Fabregat, y de Guatemala, Jorge García Granados, fueron desde el comienzo los abanderados de la partición y la causa sionista.
Fabregat, fue maestro, diputado por el Batllismo y Ministro de Instrucción Pública entre 1927 y 1929, durante las sucesivas presidencias del entonces Consejo Nacional de Administración de José Batlle y Ordóñez, Luis Caviglia y Baltasar Brum. Su postura, no azarosa ni casual, se enmarcaba en una actitud tradicional del Uruguay y del Partido Colorado, que ya había sido planteada por Alberto Guani en la Sociedad de las Naciones en 1920 y en la Conferencia de San Francisco en 1945, cuando se fundaron las Naciones Unidas.
Fabregat estaba acompañado por Oscar Seco Ellauri y Edmundo Sisto, este último, un joven ingeniero que colaboró en todo lo referente a delimitaciones territoriales y mapas. Todos estrechamente vinculados al entonces Presidente Luis Batlle Berres, con el que mantenían una comunicación permanente y en quien la causa de Israel tuvo desde un aliado desde el primer día.
Luego de mucho trabajo y varias visitas a Palestina, la comisión llegó a la conclusión de que sólo existían tres posibles soluciones: un Estado gobernado por los judíos o por los árabes, un Estado binacional y la partición en dos Estados. Naturalmente que la primera opción fue descartada de plano por dejar a una comunidad absolutamente sometida a la otra. Finalmente se elaboraron dos planes, una minoría recomendó el Estado binacional y la mayoría la partición, creando un Estado Judío y otro árabe, más una zona bajo control internacional en Jerusalén.
Como era de esperar, Uruguay fue partidario del plan de partición, por el que bregó desde el principio y así lo manifestó Fabregat: “El plan final que ha venido a ser el informe de la mayoría, comprende exactamente aquellos puntos que había presentado al iniciarse los trabajos de la comisión”.
Desde Uruguay el apoyo fue permanente, mayoritariamente desde el Partido Colorado y el Batllismo, destacando la figura del propio Presidente Luis Batlle, así como también figuras del ámbito cultural e intelectual. La prensa, escrita y radial, acompañó en todo momento el proceso y se manifestó cada instancia, sobresaliendo aquellos medios de filiación batllista, como “Acción” y “El Día”. Este último medio publicaba en noviembre de 1946: “Quien conoce la plataforma y los principios del Batllismo, sabe muy bien que su posición ante los pueblos que luchan por su liberación nacional, es clara y terminante. Hemos estado y estaremos siempre junto a aquellos que en actitud viril y patriótica afrontan cualquier contingencia para defender su derecho a vivir en su propio suelo. En este caso el Uruguay ha apoyado las aspiraciones judías sobre Palestina, desde el momento de haber suscrito por intermedio de sus representantes en la extinta Sociedad de las Naciones, a la llamada Declaración Balfour. Ha sido durante gobiernos batllistas que la voz del Uruguay se hizo sentir en el campo internacional, apoyando las demandas del movimiento nacionalista judío denominado sionismo. Ha sido por representantes batllistas, en lo interno como en lo externo, que el sionismo tuvo su máximo sostén”.
Finalmente, pese a la presión árabe y a la pasividad de Inglaterra, en diciembre de 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó un plan que establecía la partición de Palestina en dos Estados independientes, uno árabe y otro judío, además de una zona internacional en la ciudad de Jerusalén bajo control de las Naciones Unidas, conformando, adicionalmente, entre las tres entidades una unión de carácter económico.
Una vez conocida la resolución de las Naciones Unidas, los británicos se encaminaron a poner fin a su mandato, de mala gana y con una actitud un tanto hostil que complicó la transición. De todas formas, y un día antes de lo que se pensaba, el 14 de mayo de 1948 Israel declaró su independencia y fue reconocido como nación soberana, inmediatamente, por Estados Unidos, Guatemala, Nicaragua, Islandia, Rumania, la Unión Soviética y Uruguay. Ello que convirtió a nuestro país en el primero de Latinoamérica y el cuarto del mundo que tomó esa determinación, reconocida de inmediato por el naciente Estado, mediante su secretario para el exterior Sertok, quien se refirió con entusiasmo a la “inspirada, brillante y ferviente defensa del Estado Judío por el profesor Fabregat”. Días más tarde, y para reafirmar su compromiso, nuestro Parlamento votó casi por unanimidad una moción de respaldo a Israel, una condena a la actitud beligerante de los árabes y un pedido a los demás parlamentos de América Latina a que tomasen idéntica medida.
Como era de esperar, teniendo en cuanta la actitud y postura de los árabes durante todo el proceso, conjuntamente con la independencia estalló la guerra entre el nuevo ejército israelí, de naturaleza fundamentalmente miliciana, y los árabes de Egipto, Líbano, Siria, Irak y Transjordania (con el apoyo de Arabia Saudita, pequeños contingentes de diversos países árabes y fuerzas irregulares locales), que atacaron el territorio del nuevo Estado judío, no acatando lo resuelto por las Naciones Unidas y generando un conflicto que, aunque hayan cambiado algunos de los actores, hasta la fecha persiste.
Hoy, a casi 70 años de la aprobación de la partición, Israel es, como lo fue desde el comienzo, una referencia ineludible de libertad en la región donde se encuentra, virtud de la indisoluble unión de la bandera de su causa nacional con las de la democracia liberal, el pluralismo y la tolerancia y de su espectacular triunfo por sobre la oscuridad del autoritarismo, la discriminación y el sectarismo que, por desgracia, aún imperan en sus alrededores. Sigue siendo, además, a la luz de los acontecimientos acaecidos desde su conformación como Estado soberano, marcados por la reiterada agresión árabe, la solución por excelencia a la situación del pueblo judío, como sostuvo con convicción el profesor Fabregat.
Todos quienes nos identificamos con el estandarte de la libertad y la democracia pluralista debemos rememorar la heroica gesta del pueblo judío en la construcción de su propio Estado y defender su indudable legitimidad territorial como garantía de salvaguarda de sus derechos fundamentales. Al mismo tiempo, debemos seguir, desde los lugares que nos toque ocupar y en todos los órdenes de la vida, bregando por la eliminación definitiva del antisemitismo en pos de que los ciudadanos judíos del mundo puedan sentirse en pleno goce de su libertad y dignidad donde sea que decidan residir. No sería ni correcto, ni ético, ni leal a nuestra identidad batllista sostener una cosa pero no la otra.
Uruguay, el batllismo y el nacimiento de Israel
03/Ago/2017
Correo de los Viernes- por Federico Mazzucchelli