Cada historia relacionada con el Holocausto es impresionante, triste e inspiradora en muchas ocasiones, pero también el modo en que se cuenta tiene un enorme valor. Este es el caso de Irene Shashar, quien al compartir su testimonio de supervivencia en el Gueto de Varsovia lo hace con tal pasión y positivismo que, a pesar de los horrores que le tocó vivir, a su avanzada edad conserva una fuerza, determinación y alegría admirables por el simple hecho de haber vivido.
Irene Shashar (nacida como Ruth Lewkowicz Kirszenberg) nació en 1937 en Varsovia. Lamentablemente, dos años después de su nacimiento comenzó la Segunda Guerra Mundial con la invasión nazi a Polonia el 1 de septiembre de 1939.
La familia Lewkowicz fue forzada a vivir en el Gueto de Varsovia, donde, a pesar de ser muy pequeña, Irene conserva algunos recuerdos vívidos de aquellos momentos terribles en los que reinaban el hambre, el frío y el terror. Ahí fue cuando vio por primera vez a un muerto: un niño que yacía en la calle al pasar por ahí un día.
Su madre y ella salían constantemente a buscar algo de comer para poder sobrevivir. Irene recuerda que una vez encontraron una papa cruda y sucia; su madre la limpió con su falda y le dio primero la mitad a Irene y después la otra mitad. Irene recuerda haber sido lo más delicioso que ha probado en toda su vida, considerando la situación de hambre extrema que vivían. Historias como esta nos hacen valorar las pequeñas cosas y entender que incluso nuestras necesidades más básicas, cuando pueden ser cubiertas, son una bendición.
Uno de los episodios más terribles que recuerda Irene ocurrió el día en que ella y su madre regresaron al departamento donde vivían en el gueto y encontraron a su padre muerto en el piso, rodeado de sangre. Irene recuerda incluso haberse manchado con la sangre de su padre.
Después de un tiempo, su madre decidió escapar. Metió a Irene por una de las alcantarillas del gueto junto con su muñeca y luego saltó ella. Entre aguas negras, ratas y un hedor insoportable caminaron por las alcantarillas hasta que lograron levantar la tapa de otra salida, ya fuera del gueto. Un verdadero milagro y una misión impresionante.
Durante todo ese tiempo, su fiel compañera —además de su extraordinaria madre— fue su muñeca “Laleczka”, que significa “muñequita” en polaco. A ella le contaba todos sus secretos y no la soltó durante toda la guerra, mientras le fue posible.
Después del escape, Irene y su madre se escondieron en incontables lugares, generalmente protegidas por conocidos o por personas polacas que las ayudaron. Su madre siempre la protegió y le proveyó todo lo que estuvo a su alcance.
Tras la guerra, Irene y su madre terminaron viviendo en París. Su madre trabajaba mientras Irene permanecía en un pueblo, en un orfanato católico, y su madre la visitaba cada semana. Lamentablemente, un día su madre no llegó, y fue entonces cuando Irene se enteró de que había fallecido.
Así fue como Irene terminó bajo el cuidado de un hombre a quien su madre le había pedido que se hiciera cargo de ella si algo le sucedía (quien resultó ser el esposo de su prima). Él la llevó a Perú, donde vivía su familia, y ahí Irene creció con una familia a la que hasta el día de hoy agradece profundamente por todo el amor y la nueva oportunidad de vida que le brindaron.
Después de no haber tenido nada, Irene se esforzó por ser la mejor estudiante y consiguió una beca para estudiar enseñanza de lenguas en Nueva York. Posteriormente, se estableció en Israel, donde enseñó durante más de 40 años en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Hace algunos años decidió comenzar a contar su historia y ha sido invitada a foros muy importantes, como la ONU en 2020 como activista por la paz, así como al Parlamento Europeo. También escribió su libro relatando su testimonio de supervivencia.
Irene también colabora activamente con la organización alemana March of Life, en la que cristianos protestantes alemanes —muchos de ellos descendientes de nazis— comparten sus historias para que no se repitan los horrores del pasado, honran al pueblo judío, a Israel y a su historia, y cada año realizan Marchas por la Vida en diferentes países en favor del pueblo judío y en contra del antisemitismo.
Gracias a esta organización tuve el honor de conocer a Irene el año pasado, en junio, durante la inauguración de la March of the Nations en la Universidad de Jerusalén. Irene contó su historia con un entusiasmo impresionante y terminó bailando con los soldados en el escenario. Al escuchar que había vivido y crecido en Perú, no dudé ni un momento en esperarla al frente al final del evento para hablar con ella. Fue tan amable, dulce y con una historia tan impactante, que le pedí una entrevista, y finalmente se logró.