¿Una judía al frente de la ONU es garantía de apoyo a Israel? La pregunta que abre la candidatura de Rebeca Grynspan

27/Abr/2026

Israel Económico

 

 

La posible llegada de Rebeca Grynspan como primera jefa judía de la ONU reabre en Israel el debate sobre el sesgo del organismo. En la carrera también aparecen Rafael Grossi y Michelle Bachelet, con lecturas muy distintas en Jerusalem. Crédito foto: Gustavo Barreto (ONU- IA/IE)

 

La carrera por la sucesión de António Guterres contiene un elemento tan histórico como sensible para Israel: Rebeca Grynspan podría convertirse en la primera judía en liderar las Naciones Unidas. Pero en Jerusalem la pregunta no es identitaria sino  política: ¿eso garantiza una voz más afín dentro de un organismo que en los últimos años criticó desmesuradamente a Israel?Productos israelíes

 

Grynspan, una destacada economista costarricense y actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), aparece entre las candidatas con más peso en la carrera por liderar la ONU a partir del 2027.

 

También juega a su favor la lógica de rotación regional que suele pesar en la elección del cargo, en este caso con América Latina como una de las regiones mejor posicionadas para la sucesión. Y que haya llegado la hora de una mujer al frente de la organización.

 

Su  historia personal agrega una dimensión singular al debate. Grynspan, de 70 años, nació en Costa Rica en el seno de una familia judía: es hija de inmigrantes de origen polaco que llegaron a América Latina después de la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero en Jerusalem la pregunta no gira en torno a la biografía sino a la política.

 

El diario Israel Hayom, por ejemplo, publicó en estos días una columna especialmente crítica bajo un título tan provocador como revelador: «Cuidado con la primera secretaria general judía de la ONU». Allí, la analista Eve Epstein plantea que el hecho de compartir una historia familiar vinculada a la Shoá «no debe confundirse con alineamiento político».

 

Historial y narrativa

 

La nota en el portal destaca que «su historial no coincide con la narrativa» que algunos estarían intentando instalar en ciertos círculos diplomáticos, especialmente en Washington e Israel.Política

 

El punto central de la crítica apunta a su paso por la UNCTAD, desde donde durante su gestión se publicaron informes duros sobre Gaza y Cisjordania, en línea con la mirada institucional predominante en la ONU sobre el conflicto, una posición que muchas veces pasó de crítica a parcialidad.

 

La desconfianza israelí hacia el sistema multilateral no nace de una percepción abstracta sino de los números. Solo en el 2024, la Asamblea General de la ONU aprobó diecisiete resoluciones centradas en Israel, contra apenas siete sobre el resto del mundo combinado. En el 2025, la proporción volvió a ser similar: quince contra once.

 

Desde el 2015, más de dos tercios de las resoluciones país-específicas de la Asamblea General estuvieron dirigidas contra Israel, según los números revisados por la organización UN Watch.

 

Para quienes sospechan del sistema multilateral, en especial en medio de la tendencia antisemita que se arrastra a través del mundo después del ataque terrorista del 7 de octubre del 2023, eso la ubica más cerca del continuismo que de una eventual corrección del histórico sesgo antiisraelí de la ONU.

 

La propia columna de Epstein lo advierte con crudeza: «los judíos no son un bloque monolítico, y una biografía judía por sí sola dice poco sobre cómo un líder se posicionará frente a Israel».

 

Un argentino y una chilena, también en carrera

 

El debate cobra todavía más relieve al mirar el resto del tablero latinoamericano, donde los candidatos también tienen una particular conexión con la situación en Israel y Medio Oriente.

 

Por un lado está Rafael Grossi, el diplomático argentino que hoy conduce el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y que llega a la carrera con un perfil muy distinto: técnico, negociador y con fuerte exposición en el frente del sospechoso programa nuclear iraní.

 

En Jerusalem, Grossi es visto como un nombre conocido, en parte por su rol en el monitoreo del programa nuclear del régimen de Teherán y por la excelente sintonía entre el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de Argentina, Javier Milei, quien expresó fuerte apoyo al candidato de su país.

 

En el otro extremo aparece Michelle Bachelet, cuyo perfil genera mayores reservas en ciertos sectores israelíes y conservadores, especialmente por su paso como alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, un rol desde el cual se promovieron informes críticos hacia Israel y la situación en los territorios palestinos.

 

¿Quién puede realmente reformar las Naciones Unidas?

 

Dentro de ese triángulo latinoamericano —Rebeca Grynspan, Grossi y Bachelet— la gran incógnita para Israel no pasa por la identidad sino por algo mucho más concreto: quién estaría dispuesto a desafiar la inercia histórica de la ONU respecto del estado judío.

 

Porque, como sugieren incluso algunas voces dentro de Israel, «que una eventual secretaria general tenga raíces judías no garantiza en absoluto una postura favorable hacia Jerusalem». Y en la diplomacia multilateral, muchas veces, la biografía pesa menos que el aparato institucional.

 

Por lo pronto, durante su campaña para llegar a la jefatura de la ONU, Grynspan se presenta como una «reformista» que pondrá por encima de todo el desarrollo económico y la búsqueda de la paz.

 

«Si soy elegida secretaria general, seré una pacificadora: actuaré antes de que estallen los conflictos, seré la primera en levantar el teléfono, iré donde se libran las guerras, hablaré con todas las partes», prometió la líder costarricense, en sintonía con quienes ocuparon el cargo durante décadas y rara vez se consagraron como verdaderos pacificadores.