24-7-11
CINE. MEDIANOCHE EN PARÍS Tras el arrollador éxito de Vicky Cristina Barcelona, Woody Allen vuelve a ser un suceso en las taquillas del mundo, sigue rodando en Europa y brinda su homenaje a París.
GUSTAVO IRIBARNE – gusiribarne@yahoo.com
Luego de mucho tiempo, Woody Allen retorna a la ciudad luz para homenajearla con todo el amor que puede ofrecer un artista fascinado por su belleza (la primera vez fue cuando debutó como guionista y actor en «Qué hay de nuevo Pussycat?» por el año 1965). Ahora, esa fascinación es la que también envuelve al protagonista (Owen Wilson) un reconocido escritor de argumentos televisivos que recala en este espacio mágico con su novia y futuros suegros. Aspirante a generar una obra más sólida -de verdadero valor literario- el personaje no presenta mayor afinidad con su pareja (y el contexto que la rodea) pero ha caído en una rutina vivencial que parece contaminar hasta su afán creativo.
Sin embargo, el encanto parisino podría potenciar la sensibilidad que late en el futuro escritor como para seguir una ruta bohemia y tomar decisiones radicales sobre el futuro de su vida.
Esta simple idea, en Allen alcanza un desarrollo pleno de frescura e ingenio donde un viaje en el tiempo y encontronazo con la «generación perdida» funciona como pasaje simbólico al deseo añorado.
Hay que ver como el director de «Hannah y sus hermanas» simplifica lo imposible y nos embarca en un paseo fascinante y alegórico.
Apenas un automóvil de época que recoge al turista después de las doce campanadas de medianoche alcanza para sumergirnos en una maravilla onírica por donde desfilan Francis Scott Fitzgerald, Salvador Dalí, T. S. Elliot, Gertrude Stein, Pablo Picasso y Ernest Hemingway entre otras celebridades mientras el «héroe» de la historia pasa de la perplejidad a la aceptación incondicional, tomando lo irrazonable como parte de de una travesía encantada.
Esta simpleza -además- viene optimizada por una excelente fotografía que reposa en lugares emblemáticos a modo de Notre Dame, la Rue Montagne, la librería Shakespeare Co., la Plaza Dauphine o el Museo Rodin, haciendo de la travesía una auténtica delicia para los ojos de la platea. A la vez, en medio de reflexiones y dibujo de caracteres, el cineasta también presenta diálogos delirantes que resultan un verdadero hallazgo (lo de Buñuel que no entiende la idea de «El ángel exterminador» es totalmente descacharrante) dentro de ese poético tributo que la cultura norteamericana -la de Woody Allen, claro- realiza a Francia.
No es casual que la «época dorada» del viajero se remonte a esa instancia donde los surrealistas hacían del humor absurdo un paradigma contra todo tipo de análisis «cerebral» y muchos novelistas norteamericanos de posguerra convirtieran París en una especie de maravillosa trinchera del arte. Algo de ese sentimiento parece advertirse en el realizador y su admiración por un pasado idealizado que también llega a cuestionarse en el devenir de la narración a través de la «Belle epoque», por ejemplo. Si bien esta simbiosis alternativa de realidad/ficción ya se había dado en otras propuestas de Allen como «Sueños de seductor» de Herbert Ross (en donde participó como actor y libretista), la entrañable «Rosa Púrpura del Cairo» e incluso con «Sombras y nieblas» -si se quiere- este emotivo retrato permite una nueva y refinadísima mirada del interminable realizador. Puede ser que muchas observaciones se queden en el hechizo impactante de la ciudad glamorosa y califiquen al filme como una simpática comedia fantástica. La clasificación es cierta pero «Medianoche en París» no se agota solo en una sola titulación adjetiva.
Tiene diversos niveles de lectura y posibilidades de goce estético como para satisfacer a un público bastante heterogéneo (incluyendo choluleces como la de Carla Bruni interpretando a una guía turística). Es un título imperdible.
Un norteamericano en la ciudad luz
25/Jul/2011
La República, Gustavo Iribarne