En este artículo, el autor reflexiona sobre cómo los llamados de atención sobre el auge del antisemitismo y los testimonios de sobrevivientes del Holocausto a menudo no logran generar acciones reales ni cambios profundos en la sociedad, quedando como un “grito en saco roto”. Foto: El Nacional (Venezuela)
Siguiendo con las actividades relacionadas con la conmemoración de la memoria de las víctimas del Holocausto, este año Yad Vashem propuso acertadamente abordar un tema que muchas veces pasa desapercibido. Esta vez es sobre los VIVOS, aquellas personas que transitaron el infierno, la maldad más absoluta y lograron salir de ahí, para contarnos, relatarnos y dar su testimonio vivencial y sobrecogedor, que representa ni más ni menos, un grito desesperado, un llamado de atención, una advertencia a la humanidad de las consecuencias que puede llegar a producir la deshumanización de un pueblo, achacándole todo tipo de males antiguos y modernos, mediante narrativas trasmitidas en forma pública y masiva, con el objeto de que su destrucción sea aceptada como una solución a los males que atraviesa una sociedad.
Los sobrevivientes del Holocausto representan el testimonio más fiel de la fortaleza y resiliencia del espíritu humano. El mero hecho de sobrevivir a la barbarie ilustra también la rebelión más sublime, aquella que no obstante las circunstancias más terribles y adversas, supieron mantener un propósito, una esperanza, una identidad y, en muchos casos, hasta solidaridad con sus compañeros de infortunio.
No solo pudieron escapar de la muerte, sino que al salir de la misma no tenían a dónde ir, sin familia, aposento, hogar, recursos, una Europa destruida, y a pesar de eso muchos de ellos lograron sobreponerse, formar una familia y generar aportes significativos a la sociedad.
Algunos casos de sobrevivientes judíos que llegaron a esta tierra de gracia llamada Venezuela y la hicieron suya, que se me vienen a la mente, excusándome de antemano por los no nombrados: profesor Harry Osers, quien dictó cátedra en la UCV y en la UNIMET, donde su texto Geometría Descriptiva se usa como una guía por los estudiantes de Ingeniería Civil, formó a su primera y segunda generación en la memoria histórica de la Shoá; Emil Friedman, doctor en Leyes, profesor de violín, director de la Academia de Música del estado Zulia, forjador de generaciones de músicos, una de las principales escuelas de Caracas lleva su nombre; Willy Mager, también fue doctor en derecho y violonchelista, formó parte de la Orquesta Sinfónica de Venezuela; Salomón Rieber fue músico, contrabajista y uno de los creadores de la Orquesta Sinfónica de Venezuela; Alfred Holander uno de los solistas más importantes de Venezuela en el canto lírico, llegó en uno de los “barcos de la esperanza”, el Koenigstein; Hillo Ostfeld, gran orador, empresario, constructor, filántropo, líder comunitario; David Israel, empresario, presidente de Yad Vashem capitulo Venezuela; Trudy Spira, dedicó su vida a la memoria testimonial de los horrores de la Shoá y formadora de su segunda y tercera generación; Harry Abend, artista plástico reconocido a nivel internacional, proyectó las fachadas del Teatro Teresa Carreño, esculturas en el hotel Hilton y la Unión Israelita de Caracas; Anton Stern, tío de los hermanos Osers, fue un empresario del sector maderero, lo desarrolló para aportar en gran escala a la industria de la construcción y mueblerías a nivel nacional; Otto Gratzer, profesor universitario y formador de varias generaciones; Pedro Seideman, director de Thiesen Group, concretó la primera venta de acero a China; Hans Neumann, de gran vocación humanista a la vez de ser un innovador, poeta y empresario industrial, creador en Venezuela de Pinturas Montana y los envases de jugo como el Yukerí; Karel Roubicek, quien creó la metodología para hacer la harina precocida en forma industrial que después paso a llamarse Harina PAN; Roberto y Fernando Beer, quienes participaron en la exitosa empresa Chocolates Savoy; Ernst Weitz, creador de la golosina más popular del país, el “Toronto”.
Todos ellos de bendita memoria, mientras que físicamente con nosotros y por muchos años están Freddy Schreiber, empresario sobreviviente de la Kristallnacht; Susy Iglicki, artista plástico con premios y reconocimientos nacionales e internacionales, quien llegó a los 4 años a Venezuela en uno de los “barcos de la esperanza”, El Caribia; Paquita Sitzer, y Juan Tobías.
El antisemitismo sigue en auge, rompe las estadísticas; ahora el lema es “Globalizar la Intifada”, cuyas consecuencias son el asesinato de judíos en diferentes partes del mundo, y la vandalización de sinagogas, cementerios y negocios. Las organizaciones internacionales dan la espalda a las víctimas para proteger a los victimarios, e inclusive tienen funcionarios como Francesca Albanese en altos cargos en Naciones Unidas con posiciones abiertamente judeófobas. Organizaciones como la UNRWA, parte de cuyo personal se confunde con los terroristas actuando en complicidad; los noticieros repiten al pie de la letra la información suministrada por los asesinos de Hamás, y después salen a desmentir en letras pequeñas. En fin, las advertencias, llamados de atención y testimonios de los sobrevivientes han caído EN SACO ROTO.
A pesar de todo lo extraviado que se encuentra parte del orbe, el pueblo judío vive y vivirá, se seguirá fortaleciendo, creando, innovando, manteniendo su fe, sus tradiciones y su llama imperecedera, que proviene de fuente divina.Este artículo es un pequeño homenaje a los sobrevivientes de la Shoá que llegaron a Venezuela, así como al Gloria al Bravo Pueblo que los recibió no solo con los brazos abiertos, sino con un cariño fraternal que devolvió en ellos su fe en la humanidad.