Un destello de luz en medio de la oscuridad

26/Ene/2012

Aurora, Daniel Pujol

Un destello de luz en medio de la oscuridad

26/01/2012 OPINIÓN
Autor: Daniel Pujol, Barcelona
A finales del año pasado, Protestante Digital, en su edición del 2 de diciembre, se hacía eco de la información que el periódico El País daba acerca del IV Seminario Internacional sobre Antisemitismo que se clausuró el día anterior en la Fundación Caja Navarra. El presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, Isaac Querub Caro, resumía este Seminario con las palabras siguientes: “Se nos pregunta con frecuencia por qué se odia tanto y durante tanto tiempo a los judíos. La pregunta hay que hacerla a quienes nos odian, no a los odiados”.
El acto fue coreografiado con varias pintadas que insultaban a los asistentes con frases como “Sionismo es terrorismo” y tachones en rojo sobre la estrella de David. “Los insultos, las pintadas y los lemas contra los judíos se consideran algo normal, cuando lo cierto es que reflejan un antisemitismo subyacente. Son síntoma de una patología social” había denunciado antes el profesor de sociología de la Universidad de Munich, Alejandro Baer.
Los judíos son apenas el 0,1% de la población española, pero los niveles de antisemitismo en España son los más altos de Europa, denunciaba Querub. Lo triste y lamentable es que desde altas instancias de la judicatura española se considere este tipo de manifestaciones como no peligrosas y no merecedoras de reproche penal. El manifiesto final del Seminario concluía que “la negación de esta existencia de antisemitismo agrava el problema e impide su prevención”.
No obstante, y aún a pesar de la oscuridad de este panorama, hemos de apreciar ciertos destellos de luz. Los pasados 22 y 23 del mismo mes Televisión Española emitió una serie titulada “El ángel de Budapest” y un documental, ambos relacionados con la historia de Ángel Sanz Briz.
Cabe decir que contrastando con un escenario tan lamentable como el español, al que ya me refería en un artículo anterior y con el que he empezado el presente, y aunque no sea algo de lo que poder enorgullecerse por la escasez de ellos, Angel Sanz Briz diplomático español- es uno de los cuatro españoles registrados como Justos entre las Naciones en Yad Vashem. Aunque poco conocido en su país pocas personas son las que hayan oído hablar de él- Zaragoza, su ciudad natal, le ha dedicado una plaza en la que se ha levantado un busto suyo y Madrid ha colocado una placa en la casa en la que vivió.
Sanz Briz fue encargado de negocios de la embajada de España en Hungría, de 1942 a 1944. Hungría era un estado aliado del eje, pero no había puesto en marcha medidas de exterminio de judíos como en otros países ocupados hasta que el ejército nazi tomó el control del país en 1944. Fue entonces cuando Adolf Eichmann se trasladó a Budapest para supervisar los trabajos de deportación para el exterminio de judíos; 565.000 de ellos fueron asesinados.
Con la partida del entonces embajador, Sanz Briz quedó responsable de la legación española. Indignado por la insidia nazi y ante el peligro que amenazaba a los judíos, estuvo investigando por cuenta propia la manera de proteger a cuantos de ellos pudiera. Encontró entre sus documentos información sobre un Real Decreto español de 1924, de tiempo de la dictadura de Primo de Rivera, que reconocía la ciudadanía española a todo aquél que pudiera alegar un pasado sefardí. Así fue como empezó por buscar a aquellos judíos húngaros que pudieran demostrar ascendencia sefardí para facilitarles un pasaporte español. Habiendo hallado a 200, llegó a proteger a 5.200 usando su influencia y sus contactos (incluso su propio dinero).
Él mismo explicó como lo hizo en su libro “Los judíos en España”: “Conseguí que el Gobierno húngaro autorizase la protección por parte de España de 200 judíos sefardíes (…) Después la labor fue relativamente fácil, las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las 200 familias se multiplicaron indefinidamente, con el simple procedimiento de no expedir salvoconducto o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior al 200”.
Su acción se suma a la que llevaron a acabo otros en Budapest, como el cónsul sueco, Raoul Wallenberg, o Giorgio Perlasca, un comerciante italiano que trabajó junto con Sanz Briz en la embajada española.
Su lista, siendo no tan famosa como la de Schindler, es no obstante más larga. Muchos habrá que todavía puedan testificar agradecidos de la protección que la valiente decisión de Sanz Briz les proporcionó, como por ejemplo Jaime Vandor, a quien tuve ocasión de conocer hace unos años en Barcelona. El hecho de que haya tan pocos Justos entre las Naciones españoles en nada ensombrece la luz que estos pocos emiten, habida cuenta de que en términos generales tuvieron que actuar de motu propio, ya que el gobierno de Madrid no les apoyó en nada, antes incluso en ocasiones les estorbó quitándoles del medio.
Esto me ha hecho pensar en algo que sucedió hace muchos siglos, en tiempos del patriarca Abraham. Según leemos en el primer libro de Moisés, llegó un momento en que la maldad que se estaba dando en las ciudades de Sodoma y vecinas se le hizo intolerable a Dios.
Y así fue que decidió intervenir en juicio para hacer justicia. Y se lo comunicó a su “amigo” Abraham. Este, que sabía que tenía parientes en aquellas ciudades, abogó a favor de ellas en los términos siguientes: “Si quizás hubiera cincuenta justos entre aquellos habitantes, ¿vas a destruir y no vas a perdonar por amor a los cincuenta justos? No sería justo tratar del mismo modo a los justos que a los malvados”. La divina respuesta fue: “Por amor a los cincuenta justos, no voy a destruir estas ciudades”. Abraham no quedaría muy tranquilo cuando siguió insistiendo, porque podría ser que de los cincuenta faltaran cinco. “Si hay cuarenta y cinco, tampoco voy a destruirlas”. Así continuó la negociación hasta llegar a tan solo diez posibles justos, y la respuesta fue siempre la misma. Lamentablemente, el juicio no se pudo evitar y tan solo fueron salvadas tres personas.
En medio de tanta injusticia imperante y frente a la justicia, no importa si somos muchos o somos pocos. Lo que realmente importa es que yo pueda ser reconocido justo.