Treinta y tres mineros mas UNO

21/Oct/2010

Lic. Rafael Winter (Rufo)

Treinta y tres mineros mas UNO

Treinta y tres mineros mas UNO
Angustia – Esperanza – Milagro
Por Lic. Rafael Winter (Rufo)
Los ecos del fantástico operativo que concluyó con el rescate de los treinta y tres mineros no se han acallado. Nombres como Atacama, Copiapó, Campamento Esperanza, Fénix 2 y otros aún resuenan. Todavía conservo en la retina la imagen tan emotiva de los mineros quienes, una vez en la superficie fueron a abrazarse con sus familiares y sus familiares con ellos.
Aunque han transcurrido algunos días y mucho ya se ha dicho y escrito, quisiera simplemente expresar, más que opiniones, sentimientos. Por sobre todo.
Guardo una profunda admiración por lo que el pueblo chileno, comandado por su presidente -absolutamente involucrado de principio a fin- ha hecho.
Guardo una profunda admiración por esta hazaña del hombre que sin duda, por lo menos para quien esto escribe, se dio la mano con el milagro.
Guardo una profunda admiración por lo que el ser humano- que en demasiadas ocasiones se hunde en las más bajas profundidades del abismo moral- fue capaz de hacer esta vez: resurgir desde las más bajas profundidades – no en sentido metafórico sino literal, real – y llegar a concretar un logro realmente hazañoso.
¿Y como llegó a dicha gesta, hazaña, epopeya o como se le quiera llamar? Debido a un cúmulo de factores: no rendirse ante la adversidad, voluntad de vivir, esfuerzo, solidaridad, espíritu de equipo, unión, organización, liderazgo, ingenio, esperanza y fe. Y confieso mis sentimientos no solo de admiración sino también de gratitud por haber sido a la distancia, al igual que millones y millones de personas, testigo de este maravilloso acontecimiento. Momentos mágicos los del rescate, que ameritaban, para quien esto escribe, la brajá (bendición) de “Shehejeianu”: “…que nos hizo vivir, existir y llegar a este momento”.
La alegría que me embargó – que nos embargó: lo estábamos viendo con mi mamá por la pantalla chica – cuando el último hombre llegó a la superficie, fue indescriptible.
Habían pasado setenta días desde aquel fatídico 5 de agosto y cincuenta y tres días desde el momento que llegó al mundo la inesperada, aunque buena noticia de que “los treinta y tres mineros estamos bien”.
¿Pero quien iba a pensar que esta historia habría de concluir de la forma en que concluyó?
Posiblemente no todo fue idílico. Seguramente hay cosas que solo los mineros saben y guardaran, quizás, en un pacto de silencio. Quizás no. Es de imaginarse que las condiciones de “vida”, particularmente en los primeros diecisiete días deben de haber sido terribles. La angustia, la desesperanza. Los treinta y tres mineros ¿estaban realmente bien?
Pero de la angustia se pasó a la esperanza. Y de la esperanza a la felicidad.
El hombre, que ha perdido muchas batallas en especial contra sí mismo, venció esta vez; en una confrontación totalmente desigual, triunfó. Una de sus victorias más sublimes, más notables, más logradas. Será un hito, seguramente recordado como uno de los más destacados del siglo. Fue un “Día D”: pero no referido a una batalla o a una guerra. Fue un “Día D” en el cual el hombre derrotó a la tragedia y al destino del cual a veces el mismo hombre es responsable.
No citaré fuentes en relación a este episodio. Ya han sido citadas en su momento: bíblicas y talmúdicas. Siempre adaptables a distintas ocasiones. Sabias, prudentes y apropiadas. Lo que dice el salmista y lo que dice el Talmud.
Pero sí voy a ir a la fuente de uno de los que estuvo allí: Mario Sepúlveda. El segundo minero rescatado. Sepúlveda, entre otros conceptos expresó: “Estuve con Dios y con el diablo. Me agarré de Dios, tomé la mejor mano. Siempre supe que Dios nos iba a sacar”.
En lo personal, muchas veces, debido a acontecimientos históricos y de la vida cotidiana, me he planteado la pregunta “¿estuvo?”, “¿Dónde estuvo?”, “y si estuvo: ¿por qué…?”.
De más estar decir que incluso la Biblia – debí decir: especialmente la Biblia – plantea esta angustiante pregunta. Varias veces: a través de sus personajes, a su manera, en su lenguaje. Pero más allá de si hay respuesta o no a dicha interrogante, yo creo, por cierto muy a la distancia, que D’os “estuvo allí”. “Estuvo” significa para mi que no los abandonó.
Sin duda que lo que hicieron los mineros para sobrevivir fue fundamental. Sin duda que lo que se ayudó “desde afuera” – todo Chile, otros países- vaya si fue fundamental. Y por supuesto: la tecnología, los ingenieros, la planificación. No siempre es lo más común: la tecnología en beneficio del hombre y no para destruir al semejante.
Pero creo también que hubo otros “elementos”, menos tangibles. Luis Urzúa, líder de los mineros, expresó que “los que tenemos fe teníamos la esperanza de que algún día podíamos ser (todos) rescatados”.
En una carta Jimmy Sanchez, uno de los mineros, había escrito que “somos treinta y cuatro, porque Dios nunca nos dejó”.
A más de 600 metros bajo tierra, treinta y tres mineros fueron los protagonistas de este drama, que se fue transformando en un memorable episodio, el cual ennoblece y dignifica al gran país andino. Pero para quien esto escribe, hay algo más. Está implícito en lo anteriormente mencionado. Hubo treinta y tres mineros más UNO. Hubo un milagro.
Chile escribió una página de gloria. Ojala que todo lo que venga de aquí en más no desvirtúe esta maravillosa “película” que acabamos de presenciar. En la cual una vez más, la realidad superó a la ficción. Pero esta vez para bien.
Por Lic. Rafael Winter (Rufo)