“Que operen a su antojo narices, labios,
orejas (…), que ausculten, amputen, alisen o igualen, pero que dejen en paz el
recuerdo” clamaba Elías Canetti, anticipando la época que podría agrietar y
fundir los territorios de la memoria. Devoto de la realidad de entreguerra, que
pudo escuchar minuciosamente con una “antorcha al oído”, no la imaginaba
sustituida por mitos, emblemas y colecciones de imágenes fraguadas por otra
generación.
Como cruel paradoja, la literatura y el cine
del holocausto cumplieron una parte del sesgo que temía Canetti. Revelación, horror, negación, encubrimiento,
maceraron largamente el infernal testimonio. Lo preparaban para el olvido. A
casi ochenta años de la hecatombe, los últimos recuerdos despiertos se doblan y
derriten como velas. En cada uno de los ancianos sobrevivientes se apaga el
resplandor de un mundo irrepetible, la verdadera generación que vio el diluvio.
Esas miradas no las retiene el impávido ojo de la historia.
Quizás por la creencia que el cine documental
es “documento real”, el film “Noche y niebla” de Alain Resnais, ilustró una de
las primeras aproximaciones consagradas al horror. Estaba centrado en
revulsivas imágenes, pero con un enfoque genérico que también practicaba el
cine soviético o polaco, sin contar otras limitaciones.
El monumental film Shoá, de Claude Lanzmann,
develó por contraste esas limitaciones. Lanzmann no usó color, ni música de
fondo, ni otra revelación que el encuentro con testigos.
Víctimas, verdugos, cómplices e indiferentes.
El montaje de Resnais modulaba lo monstruoso con la música, lo realzaba con
testimonios visuales, también lo relataba, pero eludía el enigma abismal que
ahonda Lanzmann. En posterior ficción, también A. Resnais, con guión de M.
Duras, había realizado “Hiroshima, mi amor”, que ignora la complicidad del
exterminio, maquilla la sutil subjetividad de una colaboracionista francesa, y
lo diluye en la crueldad genérica de la guerra.
Su guionista había flirteado con los
ocupantes, como buena parte de la intelectualidad francesa, y ahora ilustraba
la subjetividad derrotada como víctima central, en afinidad con un japonés
sobreviviente. Condenaba la guerra sin indagarla, un mero producto occidental
opuesto a la paz que embanderaba la Unión Soviética en la guerra fría. Recién
en 1970, con “Lucien Lacombe”, pudo mostrar un film francés el vergonzoso
colaboracionismo; después de más medio siglo lo ilustró abiertamente el film
sobre el velódromo de Paris. En Polonia fue “Ida” el film que destapó en 2014
el encubrimiento y la complicidad del genocidio. En Holanda el “Cuaderno
negro”, en Italia “conducta impropia”. Recientemente, el conmovedor film “El
hijo de Saul”, intentó mostrar la subjetividad fragmentada, incierta, de una
experiencia imposible de captar (fue la única ficción que mereció la aceptación
de Lanzmann).
La representación del genocidio señala el
derrotero entorpecido de la memoria occidental, el ritmo sinuoso que procesó
aquel pasado, revelando y encubriendo. Durante los primeros veinte años de
postguerra, en películas y libros emergía el exterminio casi como dimensión
marginal. Se soslayaron las crónicas de reporteros extraordinarios como Vasili
Grossman, Edmund Wilson o Martha Gelhorn. Luego despejó algo la amnesia, fue
traducido Primo Levy (que ya había publicado un primer testimonio en los
sesenta), leído Semprun, y se fueron despertando otras escrituras, como la de
Paul Celan, Elie Wiesel, Imre Kertez. Muchos pensadores de la segunda mitad del
siglo barajaron el tema y esbozaron su efecto ignoto, hasta que críticos como
George Steiner o sociólogos como el reciente desaparecido Zygmunt Bauman,
indicaron su condición mayor como clave cultural europea: “es el holocausto lo
que permite entender la sociología, no al revés”. Lo que todo el mundo vivió
tardó mucho en abrirse paso. Walter Benjamin sostenía que la juventud posterior
a la primera guerra había perdido la capacidad de narrar, no podía constituir
“una experiencia”, a pesar de los valiosos novelistas de la “generación
perdida”. No alcanzó a ver lo ocurrido
en la segunda postguerra: la experiencia no lograba narrarse o ser escuchada,
también fue vaciada, silenciada, encubierta, y convertida en patrimonio general
de la humanidad, que es una de las formas del olvido.
Memoria irrisoria a la luz de la ola
antisemita que hoy barre Estados Unidos y Europa. Tampoco se revisaba lo que
faltaba. Lo ausente se fue con su idioma y su mirada. Un film de 1939, “Dibbuk”, permite en sus
claroscuros entrever hoy algo de aquel mundo judío perdido, una novela, “Los
hermanos Azhkenazi”, hace otro tanto en las letras. Son vivencias previas al desastre, la
respiración anterior a la memoria dislocada. Los que tienen sed histórica por
sus fantasmas deberían abrevar en ellas.
Recrear una época en otra ofrece dificultades,
la primera es que ya no se ignora lo que aquella pudo ignorar. La conciencia
viva del tiempo debe incluir la imaginación de su futuro, y con los años es más
arduo saber la naturaleza de lo perdido, la ilusión que guardaba. Cuando leemos
la ciencia ficción caduca, entendemos mucho más su época, estamos percibiendo
el ensueño que permitía, lo irreal de esa realidad: su presente. El
extraordinario Bashevis Singer, que intenta recuperar el pasado en sus libros,
tiene el aliento inevitable de la redención y la melancolía. Excepto “Satan en
Goray”, que es de preguerra, sus otras novelas transitan un doble fondo
fantasmal: el judaísmo asesinado y la nostalgia migratoria. En ocasiones, el
ávido erotismo de sus personajes, el balanceo de lo piadoso y lo impío, distrae
la agenda de esa melancolía ídish destinada a la traducción inglesa.
Su expansión narrativa fue posterior al
genocidio, también a la muerte de su prolífico hermano mayor, Israel Y. Singer.
La obra de este, famosa cuando el ídish era una enorme lengua madre, es hoy
poco conocida, pero resulta casi el negativo histórico de los símbolos y
alegorías que sacó a la luz su hermano, el gran friso taciturno galardonado con
el Nobel.
Reconocido como uno de los grandes novelistas
judíos, Israel Y. Singer, hijo descreído de un rabino, había apadrinado a su
hermano menor, el menos conocido Bashevis, mientras debatía en primera fila el
desgarramiento entre modernidad y tradición.
En los comienzos de la revolución rusa, I.Y
Singer vivió un incipiente fervor socialista en Kiev, pero se desilusionó de
esa utopía, abandonó otros espejismos, y finalmente tuvo por patria la
literatura y el ídish.
Fue reconocido en Polonia y Estados Unidos por
los cuentos, crónicas y novelas,
especialmente “Los hermanos Azhkenazi”, entrega maestra de esa pasión
desamparada. Una editorial argentina publicó algunos cuentos, y una editorial
chilena tradujo una novela, pero hasta su muerte en 1944 vivió en el mismo orbe
idiomático que lo acompañó a las sombras.
Bashevis, que el destino constituyó en
representación mayor de la literatura ídish, observó de Israel después de su
muerte “había abandonado la vieja senda,pero en la nueva no había nada que
pudiera considerar suyo”. No obstante,
desde esa perplejidad creció una escritura de certeza, y una de las pocas voces
que hoy atraviesan el olvido.
En “Amor y Exilio”, Bashevis Singer relató su
llegada a Estados Unidos “Ni Hitler ni Stalin podían amenazarme. Sería
extranjero hasta el último día de mi vida. Solo podía pensar el pasado. Volví a
saber que era un cadáver” . En Polonia había conocido el desencanto, y
recrudecía una observación de Kafka “Nosotros los judíos solamente padecemos la
historia”. Desde esa convicción, las alegorías y símbolos de la desolación
cubrirían como un tul todas sus narraciones. Inocente de tal destino, la
intrépida obra de su hermano mayor había atravesado la historia, sin detenerse
en la escenografía inmóvil del recuerdo, e ilustró con vigor una vida inmedíata
de olores fuertes y luz fresca.
La densa cotidíanidad judía de entonces,
devanando el tiempo sin presunción de catástrofe, puede recogerse de pocos
autores como de I.Y.Singer. Apenas es una filatelia literaria de un mundo que
devino remoto en una sola generación. Tan desvanecido como la Atlántida, solo
una mirada de coleccionista puede encontrar los sellos de su abundante cotidianidad.
Los preciosos latidos están guardados también en la fervorosa crónica de Joseph
Roth, en las ásperas páginas de Sholem Ash, en las rápidas viñetas de Isaac
Babel, en bocetos de Arnold Zweig, en los conversados de Yoine Rosenfeld o
Abraham Fuchs y algo de esa judeidad trepidante viajo hasta “judíos sin dinero”
, del olvidado Mike Gold. Distraídos de la historia mientras la narraban, esos
textos logran entresacar la magnitud vital antes del desenlace.
La historia de “los hermanos Azhkenazi”, un texto
escrito entre 1933 y 1935, crece desde los comienzos industriales de Lodz, a
finales del siglo XIX, hasta la tercera década del siguiente. La publicó en
capítulos en “forvertz”, como habían hecho Wilkie Collins y Charles Dickens en
la fabril Inglaterra de un siglo atrás. Pero esta industrialización era en
ídish y guardaba una estofa dramática. Obreros, humo, telares y hambre,
escenifican la tragedía y la gloria judía en Europa Oriental. La saga cruza la
intimidad religiosa, la muda dimensión de pobreza, el nacimiento de ilusiones
profanas, con una soltura naturalista; inocente de que también alimentaría
mitos de Hollywood, artilugios románticos, novias en los techos y violines
volando. Es testimonial porque no procura ese destino, realista por su genuina
subjetividad. Las vidas van anudándose en tejidos cada vez mayores, ilustran el
nacimiento de una conciencia histórica desde certezas intemporales. En ese
universo hablado en ídish se redimensionó la identidad. La literatura ídish, la
expansión del Bund, el sionismo político, la industrialización de áreas
rurales, indicaban la renovación de la sensibilidad judía con ignorancia del
ominoso futuro de Lodz. Nuestro saber del humeante desenlace acecha la lectura,
arroja una luz lívida y oblicua sobre los verticales acontecimientos. El lector
atisba ese tenue fantasma sobre la espontánea vitalidad. Testigo y protagonista
de su tiempo, el escritor muestra sin reparos la vastedad plural de esa
sociedad inquieta, desbordante de anhelos, antes que la hecatombe la hubiera
unificado en una cifra. Traducida por R.H. y J. Abecassis, como las otras
novelas de su hermano Bashevis, puede sentirse el rumor del ídish corriendo
bajo el castellano, y presentir las sombras de los lectores desaparecidos,
habitantes originarios de esta confiada pasión narrativa.
Tierras y baldíos de la memoria
27/Ene/2017
Aurora