Son los mismos, sus fines también

11/Nov/2011

Aurora, Marcelo Wio

Son los mismos, sus fines también

10/11/2011 OPINIÓN Autor: Por Marcelo Wio
Guilad está en casa. Como lo están los 457 criminales palestinos liberados. Un cambio que en cualquier balanza habría sido imposible, porque las medidas se hubiesen vuelto locas (eso de las proporciones que tanto enarbolan en Occidente al hablar de Israel).
Pero el respeto a la vida de Israel lo hizo. Guilad está en casa, y a pesar de que aún quedan presos palestinos -juzgados dentro de la más estricta legalidad, con asistencia de letrados defensores; recluidos en cárceles estatales, gozando de los derechos humanos elementales-, los jihadistas lanzan ataques contra la población civil israelí.
Despreciando la suerte de aquellos que todavía no han sido prematuramente liberados. Y es que están abocados a eliminar a Israel como sea: mediante funambulismos diplomáticos (aquellos personajes que siempre han boicoteado cualquier intento de paz), o mediante la agresión criminal más baja. Ambas estrategias se complementan. Se trata de dos frentes pero un mismo fin.
Encerrados en el deseo de aceptar la imagen que se han creado de sí (que les han creado desde el poder más totalitario y mezquino), perpetran la imitación de anhelos, fines, desaciertos y falacias sin parar a pensar en desarrollar una identidad individual, personal, real; sin las mistificaciones que se muerden la cola como una entidad desesperada por destruir y destruirse en el proceso. Una narración que por otra parte ha sido aprehendida por ciertos sectores de la izquierda y la intelectualidad occidental (principalmente la europea) para deslegitimar la existencia de Israel y el derecho del Pueblo Judío a auto-determinarse.
El lenguaje del que se valen los anti israelíes, que permanente llaman al boicot, como si fuesen ellos y sólo ellos los depositarios de unos valores puros que les permiten opinar de todo y todos, más que sostenerse en valorizaciones morales parecen apelar a convalidar los medios requeridos para la consecución de ciertos fines (en este caso, la negación de Israel).
Se trata, sobre todo, de imperativos categóricos que aspiran a la validez de unas expresiones que, puestas del otro lado de sus intereses, serían injustificables, rechazables. Y aunque la pertinencia de sus juicios no esté demostrada (por no estar fundada en los datos de la realidad, por borrar de la historia las voces que contradicen sus postulados), se pretende objetiva y producto de la razón. Kant hubiese, sin lugar a dudas, reído para no llorar.
Pero por otra parte, y ya que introduje a Kant, un tanto caprichosamente, y otro tanto convenientemente, van contra uno de los principios kantianos: no obran según la máxima que pretenden se convierta en ley universal: un legado de guerra civil en Irak, empantanados en Afganistán, bombardeos en Libia (donde apoyaron a unos rebeldes que poco parecen anhelar una libertad para todos los libios; menos aún para sus mujeres), le dan la espalda a Somalia; y aún así osan proponerse modelo de ética, como jueces del devenir de la historia. La humanidad como un medio. La emoción, y no la razón crítica, como generadores de juicio.
Reconocerles a unos una intrínseca justificación de su “lucha”, mientras se pone en duda (no, en duda no, mientras se les niega) a otros su derecho a la auto determinación, no es moral, es hipocresía. Es la redención de las atrocidades coloniales del pasado (y presente, todo sea dicho) eligiendo el bando del que se presume más débil, del que se estima políticamente correcto, del que se percibe como inferior e incapaz.
Y por otra lado, los palestinos (maestros del victimismo fabricado), viciados de deseos e ideas preconcebidas, se ven libres de trabas morales y se permiten (induciendo a los suyos) a inmolarse en nombre del futuro. Morir para vivir. Morir para que exista un futuro.
La idea es tan descabellada que espanta. Por ello hay que adoctrinar desde la infancia: la terrorista palestina liberada recientemente hizo un llamamiento a los niños a obrar como ella. La televisión, en el programa “Pioneros del Mañana”, apunta en el mismo sentido. La juventud queda hipotecada: los líderes se cobrarán la deuda, la vida, cuando sus balances nefastos lo indiquen. Mientras tanto, ellos viven el paraíso en la tierra, acumulando dinero. Tal como lo hizo Arafat en su momento. Tal como lo repiten ahora. Tal como sucede en cada país islámico: unos pocos gozan de la riqueza, viven como occidentales, y ordenan a sus súbditos a vivir bajo la Sharía, a morir por unos ideales que ni ellos mismos comparten.
La paz, como la entienden los musulmanes sólo tendrá lugar cuando todo el mundo esté bajo el dominio islámico. Los infieles serán convertidos al Islam o serán ciudadanos de segunda, tercera o lo que dicte el capricho de cada gobernante. Y si creen que exagero, para muestra un botón: una organización musulmana ha decretado la Sharía en un barrio de… Copenhague. En Dinamarca, sí; cuya embajada fue objeto de protestas agresivas por una viñeta. ¿Y todavía creen que Israel exagera?
Al principio golpeaban en puertas lejanas, más no me preocupé, pues la mía estaba segura. Ahora tocan a la mía, pero ya es tarde. En Madrid ya golpearon. En Londres también. Es terrible cuando la visera se la pone uno para no ver.
En tanto, las sirenas suenan en el sur del país. Pero ni siquiera ese sonido terrible puede imponerse al silencio inconmensurable de las ONG, tan humanitarias ellas, a la hora de condenar los ataques terroristas lanzados desde Gaza. Ni al silencio atroz de los organismos internacionales, de la prensa internacional, siempre tan dispuestos a vociferar sus señalamientos ominosos a Israel. Hay voces, sí; pero quedan tan aisladas en este desinterés tan mezquino, tan evidente en sus fines: encontrar la excusa políticamente correcta para desempolvar la milenaria judeofobia.
Pero Guilad está en casa. Y eso es lo importante. El significado de que esté en su hogar: Israel no deja a nadie atrás. No lo hizo ahora, no lo hizo en Entebbe.