El siguiente texto fue
escrito por invitación del Sr. Ministro de Educación y Cultura, Ricardo
Ehrlich.
E S C U L T U R A
ANA FRANK
Obra de Rubens Fernández
Tudurí, 1965.
Artista uruguayo (1920 –
1993)
La escultura Ana Frank,
del uruguayo Rubens Fernández Tudurí, es una pieza única en la historia de las
representaciones plásticas de esta víctima adolescente del Holocausto.
Su famoso diario íntimo, publicado en más de setenta idiomas, es uno de los
diez libros más leídos del mundo y está inscripto en el Registro de Unesco,
Memorias del Mundo, en calidad de patrimonio documental mundial. Desde su
publicación inicial en 1947, el diario,
ha sido acompañado por una fotografía de Ana Frank, feliz y
adolescente, cursando el Liceo en Ámsterdam, a los trece años de edad. El tercer elemento de difusión junto
al libro y la imagen fotográfica, ha sido la cita textual del siguiente
párrafo de su diario: «Asombra que yo no haya abandonado aún todas mis
esperanzas, puesto que parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, me aferro
a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad innata del
hombre.» En una primera instancia, durante la posguerra fue positivo para
las víctimas haber sido humanizadas con un rostro, un nombre y una vida. Para
la Europa destruida por la Segunda
Guerra Mundial, la frase “…a pesar de todo…sigo creyendo en la bondad innata
del hombre”, instalaba una especie de punto final a un pasado reciente que se
deseaba olvidar. El valor de la representación de Fernández Tudurí, ejecutada
en 1965, radica en haberse rebelado categóricamente ante la popular imagen de
circulación masiva, impidiéndonos
aliviar nuestra conciencia humanitaria. Su Ana Frank acusa los últimos
días de vida de una joven sentenciada a morir de inanición y falta de
salubridad. La extrema delgadez de su figura alcanza dos cometidos esenciales;
uno estético (ya que el modelado con predominio de la línea consigue relaciones
espaciales logradas) y otro vinculado al
dilema de la representación del Holocausto. Quienes aprecien esta
escultura, se convertirán en los
testigos que Ana Frank no tuvo en el malogrado e injusto final de sus días.
Murió de tifus en marzo de 1945, pocos días antes de la liberación del Campo de
Bergen-Belsen. Ana Frank escribía el 20
de junio de 1942: “El terror reina en la ciudad. Noche y día, transportes
incesantes de esa pobre gente, provista tan sólo de una bolsa al hombro y de un
poco de dinero. Estos últimos bienes les son quitados en el trayecto, según
dicen. Se separa a las familias, agrupando a hombres, mujeres y niños. Los
niños al volver de la escuela, ya no encuentran a sus padres. Las mujeres, al
volver del mercado, hallan sus puertas selladas y notan que sus familias han
desaparecido. También les toca a los cristianos holandeses: sus hijos son
enviados obligatoriamente a Alemania. Todo el mundo tiene miedo. Centenares de
aviones vuelan sobre Holanda para bombardear y dejan en ruinas las ciudades
alemanas; y a cada hora, centenares de hombres caen en Rusia y en África del Norte.
Nadie está al abrigo, el globo entero se halla en guerra, y aunque los aliados
ganen la guerra, todavía no se ve el final.” Cuando una joven adolescente percibe de esa forma el
mundo real, no han sido solo personas físicas las que han sufrido el exterminio,
sino también la misma idea de humanidad. Rubens Fernández Tudurí, contemporáneo
de Ana Frank, convoca a no anestesiar nuestra memoria.
Sonia Bandrymer.
Montevideo, enero 2015
Sobre la escultura Ana Frank de Fernández Tudurí
29/Ene/2015
Por Sonia Bandrymer