Siempre es mejor escribir que pelear

29/Jun/2015

El País, Jacinto Antón (El País de España)

Siempre es mejor escribir que pelear

Es una buena definición de la relación de los judíos con Dios, apunto. Grossman sonríe mientras sorbe un jugo de naranja. «Nos tomamos a Dios muy personalmente, cuando lees la Biblia, y yo lo hago, ves continuas muestras de esa relación, por ambos lados, porque Dios es muy humano y a veces poco divino en sus relaciones con los judíos».
Gran Cabaret es un auténtico tour de force literario que relata la sesión de un monologuista israelí, una especie de Lenny Bruce (el comediante estadounidense que Grossman confiesa admirar), en un local de copas de Cesarea.
El maduro actor protagonista, un hombre con un secreto, actúa ante un variopinto auditorio representativo de la sociedad israelí al que hace reír, provoca, solivianta, indigna, horroriza o conmueve en diferentes momentos hasta prácticamente vaciar el establecimiento.
Entre el público, dos personas relacionadas con la vida del Dóvadeh, el one man show, harán que se produzcan impredecibles cambios en el estado de ánimo del cómico y en el espectáculo. De nuevo, Grossman sorprende con una lección inconmensurable sobre los mecanismos afectivos del ser humano y a la vez con una historia que transita por caminos sentimentales de una belleza y un dolor escalofriantes. Dóvadeh, el cómico, cuenta chistes, algunos groseros. Sorprende ese lenguaje en Grossman, sobre todo pensando en sus obras más poéticas como Más allá del tiempo.
«Cambio de registro para contar básicamente lo mismo, la misma historia; uno tiene que reinventarse, sentir la energía revitalizadora, la excitación de la creación. La idea central de esta novela, la del chico al que llevan de viaje al entierro de uno de sus padres y no sabe cuál de los dos es el que ha muerto y se encuentra escogiendo en su cabeza quién prefería que fuera —que es la historia terrible que explicará Dóvadeh—, me daba vueltas desde la década de 1990, pero no encontraba cómo contarla. Y entonces se me ocurrió ese libro centrado en un humorista. El humor, la flexibilidad y la libertad que te proporcionan el humor, me dio la clave. Esas cosas llegan como un rayo, un calor fulgurante, una emoción que no sabes de dónde procede».
El humor de la novela es un humor muy judío. «Lo es, yo soy judío y me gusta ese humor. El humor judío neurótico, como el de Bruce. Es un humor basado en la autoironía y no en el cinismo, un humor comprometido incluso con aquello de lo que te ríes». Hay que mencionar a Woody Allen. «Me gusta mucho», ríe Grossman, que confiesa ver todas sus películas, «unas mejores que las otras».
Gran Cabaret, dice Grossman habla de temas que le parecen importantes: «la infancia, la soledad, la tristeza, la melancolía, la crueldad, la necesidad de olvido, y sobre el arte y el lugar que ocupa el artista frente a la audiencia, el flirteo entre el artista y su audiencia y cuando el primero da a la segunda algo que a esta le resulta difícil de tragar. La novela tiene esas dos partes diferenciadas. Ese flirteo al principio, ese artista volcánico que bombardea al público con sus bromas de mal gusto, sus insultos. Y la segunda en la que de repente ocurre algo. Esa mujer minúscula que lo conoce y lo interpela, duda de su carácter brutal y le recuerda que era un buen chico. Y al igual que esas rocas que se rompen si golpeas en su punto de fractura, el protagonista se transforma y la historia cambia».
¿Qué hay de Grossman en el protagonista? «Me volví él al escribir de él. Esa es una de las recompensas del escritor, esa experiencia de alteridad. Pero soy también la mujer, y el amigo juez, el personaje capaz de ver bajo las capas y capas en que se oculta el cómico, de decirle honestamente qué irradia, recordarle quién es. Una vez tuve que escribir de un niño que se desmayaba, pero yo no había experimentado eso nunca. Y no sabía cómo darlo con autenticidad. Entonces, en una visita al dentista algo fue mal con la anestesia, y empecé a desmayarme. El médico pedía azúcar o chocolate, pero supliqué que nadie interfiriera: ¡estaba experimentando lo que necesitaba para la novela!».
El público en Gran Cabaret refleja el microcosmos israelí. «Cualquiera que conozca la realidad del país identificará inmediatamente a los personajes, se percibe por ejemplo esa progresiva militarización de la sociedad y hasta del lenguaje».
La continua deserción del público y las cuentas que lleva el protagonista de los que abandonan, parece una contabilidad de los Justos. Eso es muy judío también. «Una minoría se queda a seguir escuchando al protagonista, la gente que es capaz de mirar la herida del otro y entender su historia». Esa contabilidad entronca con la capacidad de elegir de la Sophie de William Styron o del propio protagonista de Gran Cabaret. «En realidad en ninguno de los dos casos hay elección libre, Sophie en la plataforma de Auschwitz es forzada a una elección imposible, sádica. Y Dóvaleh solo puede desear que el muerto sea un progenitor y no el otro. La lección es que la gente que toma las malas decisiones, las erróneas, debería ser más comprensiva o compasiva con ella misma. Muchas veces son auténticas víctimas de las circunstancias».
Gran Cabaret de David Grossman
Editado por Lumen. Distribuye en Uruguay, Penguim Random House Grupo Editor, 2015. 390 pesos. 236 páginas.
Un escritor que ama a Israel y lucha por la paz con los palestinos
David Grossman nació en 1954 en Jerusalén. Empezó a trabajar en la radio israelí, pero desde 1988 se dedica exclusivamente a la escritura de novelas y ensayos, que compagina con la actividad de articulista para los periódicos más prestigiosos del mundo. Es autor de diversas obras de ficción para adultos, numerosas novelas para niños, y textos sobre temas políticos y medioambientales.
Hombre de gran talla intelectual y moral, y figura destacada en la lista de candidatos al Premio Nobel, Grossman forma parte de un comité que debate la posibilidad de entendimiento entre el pueblo israelí y el palestino, y ni siquiera la muerte de su hijo en combate le ha hecho desistir de su misión. Su novela La vida entera (Lumen, 2010) ganó numerosos galardones. Sus textos suelen pasearse entre la poesía, la narrativa y la autobiografía.
En un diálogo con Mario Vargas Llosa en la feria del libro de Guadalajara de 2013, Grossman dijo: «Nací en Israel y he vivido toda mi vida en Israel, es mi lugar y no quiero estar fuera de él». Y añadió: «Israel fue creado para que los judíos tuvieran por primera vez en dos mil años de historia un hogar en el mundo. Para mí, una definición de judío es alguien que nunca se siente en casa en el mundo; incluso en el más habitable de los lugares, nunca nos sentimos totalmente seguros ni confiados». Y defendió «que los palestinos deben tener su propio país libre, independiente y soberano. Tienen que tener privilegios, no ya como palestinos, como seres humanos».