SEÑOR POZZI.- Señora presidenta: confieso que voy a expresarme en este día tan impactante y tan histórico con las palabras de alguien que solo va a decir lo que siente desde lo más profundo de su corazón.
A mi juicio, la preparación de este tipo de conmemoraciones las enfría un poco. Esta es mi forma de verlo; ustedes saben cómo hago las cosas.
Cuando llega el momento de expresarnos sobre un tema tan doloroso como el genocidio que se recuerda en la conmemoración del Holocausto del pueblo judío, uno se conmueve y habla solo desde el alma, dejando de lado la enumeración de cifras y de todo ese tipo de cosas que marcan lo que sucedió, pero que a veces enfría un poco lo que quiere decir.
Confieso dos cosas: desde adolescente, hubo algo que siempre me impactó. Durante un tiempo muy largo de mi vida, fui un ávido lector de todo lo acontecido en la Segunda Guerra Mundial. No sé si leí todo sobre la guerra, pero me interesé muchísimo en sus batallas, en sus movimientos, en quiénes fueron los hombres que intervinieron, etcétera. Los libros tienen cierta frialdad y, a veces, nos hablan de las prácticas militares o de cómo un ejército encerró al otro y pudo derrotarlo en una batalla debido a la habilidad de su general; los triunfos o las derrotas se contabilizan en bajas, en tanques perdidos o en aviones caídos. Pero cuando uno se va haciendo un poquito más grande y mira eso desde un ángulo más humano porque suceden cosas alrededor, empieza a valorar que detrás de cada hecho hubo gente, humanos, personas como uno mismo, pero de otra nacionalidad, que terminaron muertas, cuyos sueños terminaron, cuya vida terminó como consecuencia de esos movimientos que los libros narran tan fríamente. Entonces, uno pasa a mirar la guerra de una forma absolutamente diferente, notando la crueldad y la falta de amor que hay en ella, con la certeza de que a veces ni siquiera sabemos por qué vamos a la guerra, porque la armaron otros, en otro lado, y van los que no tienen más remedio que luchar. Hablamos de sueños rotos, de jóvenes de diecisiete o dieciocho años que ni siquiera llegaron a disparar un tiro porque murieron antes, y de otros que fueron destrozados de tal manera que, aunque hayan quedado vivos, su vida no sirve para más nada después de haber pasado por el campo de batalla.
Todo eso me hizo mirar las cosas de una forma profundamente diferente; inclusive, por lo que hoy sigue sucediendo en el mundo.Cuando uno se adentra específicamente en el tema de la Segunda Guerra Mundial y profundiza en la proliferación, básicamente en Alemania, de lo que llamamos «campos de concentración» aunque, en realidad, fueron campos de exterminio, porque se concentró a la gente para exterminarla , al ser más grande se le pone la carne de gallina, porque ya sabe qué piensa de la guerra, y tiene presente lo que ha leído y visto sobre ese genocidio de un pueblo, simplemente, porque a la élite de un país no le gustaba. Entonces, a uno se le revuelven cosas adentro y se pregunta por qué el ser humano llega a estos límites.
Sin duda, este genocidio, este holocausto que hoy rememoramos, no es el primero de la historia; no lo es. De hecho, antes de este hubo genocidios bastante más importantes sobre los que hasta hoy se sigue discutiendo. Algunos fueron llamados genocidios y otros, purgas, pero es claro que ha habido otras grandes matanzas de seres humanos por parte de algunos que tenían el poder y de otros que no lo tenían.
De todos modos, lo que me impresionó profundamente del genocidio llevado adelante contra el pueblo judío he llegado a pensarlo de esta manera es que, aunque no fue el primero, sí fue el primero de carácter industrial; fíjese, señora presidenta, cómo se lo estoy diciendo. Todos sabemos que se llegó a medir la productividad de los campos de concentración, de los campos de exterminio alemanes. Yo no había tenido una aproximación a este enfoque hasta que un día vi una serie creo que en History Channel en la que se entrevistaba, en la década de los noventa, a un ingeniero alemán a quien se le había conferido la misión de mejorar la productividad de los campos de concentración. En definitiva, tenía que pensar cómo matar más gente con la menor cantidad de recursos y afectando lo menos posible a sus tropas. Recuerdo que en una parte de la entrevista que fue de veinte o veinticinco minutos el periodista le pregunta al ingeniero: «¿Usted no se cuestionó lo que estaba haciendo?», y este contesta: «No; a mí me dieron una orden y yo trabajé para cumplirla». Y, sin duda, fue exitoso, porque mejoró la productividad del campo. Imagínense de lo que estamos hablando: de la productividad en cuanto a la matanza de seres humanos de una raza, en este caso, del pueblo judío. Estamos hablando de la productividad de los campos de concentración, es decir, de cómo matar más gente en menos tiempo y con la menor cantidad de recursos. Por eso digo que quizás fue el primer genocidio de carácter industrial de la historia, porque se pensó en cómo matar gente industrialmente. Eso era lo que a mí me revolvía las tripas, porque se llevaba a las personas a esos lugares, se les sacaban sus valores y se las clasificaba en aptas o no aptas. A las no aptas las mataban de inmediato, y a las aptas las llevaban a la situación más primitiva para sacarles todo el jugo que podían hasta que, finalmente, terminaban muertas.
Hoy estaba viendo algo sobre Auschwitz, que fue liberado por el ejército soviético. Entre otras cosas, el ejército soviético destruyó las cámaras de gas y los barracones donde se recluía a la gente que sobrevivía, a la que todavía se le podía quitar algo; a esa gente se la hacinaba en un barracón. Podía haber entre cincuenta y setenta personas por barracón, durmiendo de a dos en cuchetas muy chiquitas. Allí tenían un lugar para comer, para dormir y baños; tenían cuarenta y cinco segundos para defecar y quince segundos para orinar, pero si no lo lograban en ese tiempo, debían hacerlo afuera. Además, se les hacía tomar un baño de agua fría por semana. A eso se obligaba a seres humanos como nosotros.
La verdad es que todo esto da pavor; a uno se le pone la piel de gallina cuando tiene que ver o expresar estas cosas. Estamos hablando del sufrimiento de mucha gente que era maltratada por gusto por otro ser humano con poder.
No sé por qué conmemoramos los diez, los veinte o los treinta años de los acontecimientos, hacemos discursos y demás. Lo cierto es que hoy hace setenta y cinco años que se liberó Auschwitz y estamos en el Parlamento uruguayo haciendo lo correcto: recordando al mundo, desde este lugar, que estas cosas no pueden volver a suceder.
Uno tiende a pensar que después de la Segunda Guerra Mundial y pasados algunos conflictos importantes, afortunadamente, el mundo no tuvo más guerras mundiales. Pero sí ha tenido, tiene y seguramente seguirá teniendo porque no entendemos algunas cosas bastantes guerras regionales y zonas en conflicto donde muere mucha gente, a veces, sin ton ni son. De todas maneras, hacemos bien en recordar este tipo de genocidios porque es una manera de trasmitir lo sucedido a las nuevas generaciones.
En algún lado leí que el campo de concentración de Auschwitz es visitado por mucha gente joven; eso es muy bueno, porque las nuevas generaciones deben entender el horror que vivieron nuestros antepasados o lo que se hizo para llegar a eso, para que no se repita.
El ser humano está en guerra desde que está en la Tierra: en su momento fueron los griegos; después, los romanos, y seguimos así hasta el día de hoy. Siempre hay una guerra en algún lado: algunas son más grandes y otras, más pequeñas. Se esgrime una gran diversidad de causas para iniciar una guerra; algunos van a la guerra por religión, tanto en la época moderna como en la época antigua, lo cual es bastante inexplicable. Yo fui criado en la fe católica hoy no soy católico; sí soy creyente, cristiano , y aprendí que debemos transitar por el mundo con todo el amor que se pueda. Por eso no entiendo por qué por una religión se hace la guerra, si, en todo caso, Dios predica el amor. Me refiero a Dios, el de la fe católica, que en la fe judía será lo que será, al igual que en la musulmana; siempre esa figura a la que llamamos Dios predica el amor. Entonces, ¿cómo podemos hacer cosas tremendamente dañinas y perversas como matar a otro en nombre de la fe? No logro entenderlo.
Hay otras guerras que tampoco consigo comprender, como aquellas que se llevan adelante por motivos económicos, de dominio, para conseguir lo que tiene otro, para volver a poseer lo que yo tenía y otro me quitó hace años, etcétera. Esto forma parte de los defectos de los seres humanos. No entiendo la guerra como concepto, como forma de resolver un problema. Mucho menos entiendo que se pretenda exterminar a toda una raza, a una religión o a un país simplemente porque es el deseo de alguien que tiene el poder para hacerlo. ¡No lo entiendo!
Me parece muy importante realizar este tipo de conmemoraciones, para que estas cosas no vuelvan a ocurrir. Cuando supe que tendría la responsabilidad de hablar en el día de hoy, en el Parlamento, de un momento tan importante de la historia de la humanidad, me pareció que debía hacerlo desde lo que sintiera, desde lo que me viniera desde adentro.
Con todas mis fuerzas repudio y repudiaré siempre este tipo de circunstancias, sea para el lado que sea reitero: sea para el lado que sea, repudio hechos como los que vivió el pueblo judío en la Segunda Guerra Mundial. A otros también les pasó; hubo otros genocidios, otras muertes por millones, también ; quizás habría que englobarlas a todas en un solo recordatorio.
Lo que hoy hacemos como el resto del mundo , más que una conmemoración, es una demostración para las generaciones actuales y que vienen de que hay que tener cuidado porque, como dijo Einstein, la estupidez humana no tiene límites y hay que tratar de corregirla. Hacemos votos para que estas cosas no vuelvan a ocurrir jamás, pero debemos trabajar cada día para lograrlo, porque nunca estamos a salvo.
Era cuanto quería expresar.
Gracias, señora presidenta.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora legisladora Sandra Lazo.
SEÑORA LAZO.- Gracias, señora presidenta.
En primer lugar, quiero saludar a las autoridades presentes, a los integrantes de la colectividad y de distintas instituciones particularmente, educativas , a los ciudadanos, a las ciudadanas y a mis pares legisladores, con quienes un año más asistimos a una sesión recordatoria de uno de los hechos más espeluznantes en la historia de la humanidad, cuya descripción resulta incomprensible, inexplicable, injustificable y por demás estremecedora. Sin dudas, la humanidad sufre retrocesos desde todo punto de vista cada vez que fenómenos desgraciados como aquel se registran sobre la faz de la tierra. No existe al menos para quienes tenemos una concepción humanista ninguna justificación válida desde el punto de vista político, ideológico, racial ni religioso para la barbarie perpetrada.
Brevemente, haré algunas referencias a hechos puntuales, pero me interesa más ir al fondo de la cuestión, al significado de este hecho en el pasado, en el presente y, sobre todo, en el futuro.
Tras investigaciones de Wilfried Daim, resulta razonable pensar que Hitler recogió los conceptos racistas del exmonje Lanz von Liebenfels, quien publicó unos folletos muy primitivos titulados Ostara Hefte. Ese material hacía referencia a la raza azul rubia que, según el autor, era la obra maestra de los dioses, mientras que el resto era considerado inferior. |Partiendo de conceptos raciales como ese, Hitler interpreta el desarrollo de la historia humana hasta entonces. Resulta inconcebible esa convicción y cualquier otra de la supremacía de unos sobre otros, del fomento de la desigualdad de razas y de la superioridad de una sobre otras, como también esa valoración que pretende propiciar la victoria de la raza mejor y más fuerte, exigiendo con una lógica perversa la subordinación de la que se entiende inferior.
El Holocausto constituye la tragedia más espantosa padecida por el pueblo judío y una de las tantas barbaries que en su haber, lamentablemente, cuenta la historia de la humanidad. La discriminación, la persecución, el confinamiento, el intento de exterminio se resumen en la masacre que avergüenza a la raza humana. La condición humana mostró en los campos de concentración nazis su aspecto más terrible. Hubo y hay quienes llegan al extremo de negar la existencia de los hechos históricos, en una suerte de juego macabro del pensamiento, que va del delirio de la barbarie al delirio de negación de la existencia.
Como se dijo en esta sala, la magnitud de aquellos trágicos hechos debe ser un llamado permanente a la reflexión; debe siempre tornarse en denuncia y en una oposición militante a que hechos similares se perpetren con cualquier otro colectivo humano. Cualquier esbozo de intento de masacre fría, planificada a escala industrial de inocentes debe generar la condena. La planificación de cualquier exterminio, la cosificación de cualquier ser humano por el mero hecho de encarnar la diferencia es y representa una concreción macabra.
Pero también debemos reconocer que el genocidio fue resultado no solo de esto, sino de la trágica confluencia de factores sociohistóricos y de condiciones colectivas que evidencian serias conmociones económicas y políticas. Muy brevemente haré referencia a algunos de estos hechos.
En 1939, los nazis invadieron el país vecino, Polonia, y con ese acto se inició oficialmente la Segunda Guerra Mundial. También comenzó una campaña de persecución mucho más radical contra aquellos considerados inferiores reitero, según el entender de estos seres , un concepto que no solo abarcaba a la población judía, sino también a los gitanos, a los discapacitados, a los testigos de Jehová, a los homosexuales y a los comunistas.
Fue ese mismo año cuando en la zona invadida de Polonia se estableció el primer gueto. Tuvimos el honor de escuchar a algunos sobrevivientes, cuyos testimonios son realmente estremecedores.
El Museo del Holocausto, en Estados Unidos, da cuenta de que al menos ochocientas mil personas murieron dentro de los guetos entre 1939 y 1945 debido a las pobres condiciones sanitarias y a la falta de alimentos. Sin embargo, la campaña de exterminio nazi comenzó en 1941, cuando Hitler emprendió su Operación Barbarroja, con la cual se planeó en su momento la invasión de la Unión Soviética, de la mano de escuadrones que realizaban asesinatos masivos a medida que los nazis iban ganando terreno.
El Holocausto fue el asesinato masivo de millones de personas a manos del régimen nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, que se desarrolló entre 1939 y 1945. La población judía fue el principal objetivo de los nazis, y se estima que dos de cada tres judíos europeos murieron durante esa campaña de exterminio.
Después de la Operación Barbarroja, la Unión Soviética se anexó a los aliados, y así fueron recuperando progresivamente el terreno que había sido invadido por los nazis. Pero quiero ir al fondo de esta cuestión, expresando mi más profundo reconocimiento y respeto a las víctimas, a los sobrevivientes, a aquellos que llegaron casi al borde de la suspensión del devenir como sujetos; a los que sobrevivieron a la despersonalización, al distanciamiento y enajenamiento de sí mismos; cuyo retorno mostró al mundo el peor rostro de la humanidad. Quienes sobrevivieron a los campos de exterminio desnudaron la realidad más cruel, atravesando el límite de lo simbólico, padeciendo las peores mortificaciones y suplicios infligidos deliberadamente por un grupo humano mayoritario a otro. Se convirtieron, a nuestro entender, en eternos mensajeros de ese horror y en representantes de lo que nunca debió ocurrir. Sitios como Auschwitz, Mauthausen y Buchenwald, en Polonia, Austria y Alemania respectivamente entre otros se abrieron al mundo como testigos de la infamia.
Expreso mi más profundo reconocimiento también a aquellos que en un acto de grandeza más humanitaria que bélica dejaron su vida en solidaridad con la humanidad toda: las bajas militares y civiles del ejército aliado.
Solo a modo de ejemplo quiero hacer mención al hecho de que para rechazar la invasión nazi y presionar para obtener la victoria en el este se requirió un tremendo sacrificio. Solo en la Unión Soviética se perdieron 26.600.000 habitantes, tomando en cuenta las bajas militares y civiles, lo que representó el 13,7 % de la población total del país.
Finalizo, señora presidenta, expresando mi más profunda convicción, con absoluta conciencia de lo difícil que esto es en un mundo cada vez más convulsionado: nunca más; que nunca más la humanidad sea expuesta a ningún tipo de vejamen ni a tremenda barbarie.
Muchas gracias.
Senadora Sandra Lazo: “No hay ninguna justificación para la barbarie perpetrada”
29/Ene/2020