Senador Ope Pasquet: “Las referencias al Holocausto, agotan los superlativos”

03/Feb/2014

Senador Ope Pasquet: “Las referencias al Holocausto, agotan los superlativos”

A continuación compartimos el segundo discurso pronunciado, por el Senador Ope Pasquet en la sesión especial del Parlamento por el Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto” el pasado 27 de enero. SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Legislador Pasquet. SEÑOR PASQUET.- Señor Presidente: en nombre del Partido Colorado queremos adherir a este homenaje que rinde la Comisión Permanente del Poder Legislativo a las víctimas del Holocausto.
Una Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas dispuso el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Cumplimos con esa Resolución y hoy, 27 de enero, conmemoramos estos hechos. No podemos dejar de señalar que esta fecha en el Hemisferio Norte corresponde al invierno, pero en nuestra región es tiempo de asueto, de vacaciones y la lógica distensión de los días del verano. Entonces, nos parece que estas no son las circunstancias más propicias para evocar hechos de esta naturaleza.Esta es una conmemoración solemne, que debe estar imbuida de profundo recogimiento e introspección, que lleve a la reflexión tan profunda como cada uno pueda hacerla acerca de hechos de tal gravedad que han justificado que el Holocausto sea considerado como un acontecimiento singular y único en la historia humana. Más de seis millones de personas fueron deliberadamente exterminadas en función de un proyecto político, desarrollado por la Alemania nazi, conducida por Adolfo Hitler, que se fundaba en la idea de que existía un pueblo que no tenía derecho a vivir, que debía ser perseguido, humillado y exterminado, y debían borrarse todos los rastros de su paso por la tierra. Esa era una idea en función de la cual debía organizarse la convivencia en ese Tercer Reich, que se quiso durase mil años. Para realizar esta idea, repito, fueron exterminadas más de seis millones de personas. Como bien se ha dicho, no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas. Los que no murieron, tuvieron parientes o amigos que sí murieron debido a esas circunstancias. Sus referencias personales y familiares de algún modo se vieron afectadas por este episodio que, a veces, se lo puede considerar como locura colectiva de parte de la humanidad, pero luego se debe rectificar, porque la locura exime de responsabilidad y, en este caso, no cabe exoneración alguna. Las referencias al Holocausto agotan los superlativos. ¿Qué podemos decir? ¿Qué palabras son las adecuadas para hablar de esto? ¿De qué hablamos? ¿Del mal absoluto? ¿De la mayor atrocidad concebible? ¿Del horror a secas? Se agotan las palabras y a fuerza de repetir los superlativos corremos el riesgo de que nuestra evocación se vuelva mecánica y debilite la viveza del sentimiento con que es preciso acompañar la conmemoración de circunstancias como estas. No podemos permitir que la rutina de la evocación embote el sentimiento en hechos como el que hoy recordamos. La reflexión que podemos hacer sobre el Holocausto, más allá de la condena a sus autores, arroja terribles sombras sobre la condición humana. Nos gusta pensar que el mal es la consecuencia de la ignorancia y que, a medida que las luces de la razón vayan aventando las oscuridades de la ignorancia, iremos haciendo retroceder al mal y consagrando el bien. Pero este caso no admite esa visión simplificada de la naturaleza humana y de lo que es el bien y el mal. Debemos tener en cuenta que este hecho se produjo en una de las naciones más educadas y civilizadas de Europa. Esa Alemania que nos dio a Kant, Goethe y Beethoven, demostró que también de allí podían salir Hitler, Eichmann o Himmler. Y todo un pueblo que descollaba en el cultivo de las ciencias y las artes, luego pudo generar un régimen político que, por supuesto, tuvo sus dirigentes y grandes responsables, pero allí también existió una masa que, de un modo u otro, acompañó pasivamente o dejó que se cometieran todas esas atrocidades que se perpetraron en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, no alcanza con la razón, con la educación. Es necesario más para que el hombre evite estos abismos de mal absoluto en los que a veces puede caer. Algunos buscarán ese plus en los valores religiosos. Los que no somos creyentes lo buscamos en otra parte: en nuestra fe en la humanidad completa y en los ideales más altos que esa humanidad pueda concebir. Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, estos conceptos se expresaron en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Precisamente, la respuesta al horror fue la definición de que la persona, por el solo hecho de serlo, tiene derechos que nadie puede conculcar y de que la dignidad humana no puede supeditarse a la realización de ideal ni de proyecto político o social alguno. La persona debe ser respetada siempre y con ella debe respetarse, también, la constelación de derechos que llamamos fundamentales, porque son de todos, porque nadie puede ser privado de ellos, porque son absolutamente inalienables e imprescriptibles y porque no se puede renunciar a ellos en ninguna circunstancia. Esos derechos fueron proclamados muchas veces en la historia, pero quizá nunca como se hizo después del Holocausto. A partir de ese momento sentimos la necesidad de que se transformaran en el criterio rector de todas las naciones y de todos los individuos de la especie humana. Esa fue la reacción colectiva de la humanidad frente al horror del Holocausto. Sin embargo, no quiero dejar de rendir homenaje a los que reaccionaron frente al Holocausto dentro mismo de las entrañas de la fiera; a los que dentro de los campos de concentración dieron ejemplo de dignidad, de coraje y de amor al prójimo. Sus nombres se recuerdan por haber salido de allí con la conciencia moral y la dignidad intactas. Recién se hablaba de Primo Levi. Podríamos recordar también a Viktor Frankl y a muchos otros, pero yo voy a resumir en un episodio colectivo esos ejemplos de heroísmo en la lucha contra esa locura: el Gueto de Varsovia y la resistencia conducida por Mordechai Anielewicz y por otros tantos jóvenes que, como él, prefirieron no claudicar en su dignidad y morir peleando frente a esa máquina de la muerte que avanzaba sobre ellos. Aun en las más adversas circunstancias puede un pueblo, pueden los hombres, dejar a salvo su dignidad. Si no pueden vencer contra quien los arrolla con fuerza superior, por lo menos pueden vencer en el plano de los ideales, demostrando con su conducta que hay valores que no se marchitan, sea del tamaño que sea la fuerza que se empeña en destrozarlos. En el Gueto de Varsovia resistieron hombres y mujeres que pasaron por los campos de concentración y milagrosamente lograron salvar sus vidas. Toda esa experiencia, esa peripecia humana incomparable no puede agotarse en la vida de las personas que pasaron por ese trance tremendo. Por el contrario, debe resumirse, compactarse y vivir eternamente, tal como sucedió con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. A mi juicio, esa fue la respuesta de la humanidad frente al Holocausto. Se ha dicho que el siglo XX fue el siglo de los genocidios, empezando por el genocidio armenio y siguiendo por tantos otros, como el de Ruanda. Sin duda, la expresión emblemática de todos fue el Holocausto. Pues bien, señor Presidente, frente al horror de los genocidios del siglo XX hagamos todos del siglo XXI el siglo de los derechos humanos. Espero que, en lo sucesivo, la fecha elegida para la recordación internacional del Holocausto sea el momento en que podamos celebrar, también, una consagración progresiva, cada vez más amplia y más completa, de los derechos humanos en el mundo entero. Muchas gracias. (Aplausos en la Sala y en la barra)