Senado homenajeó a diplomáticos uruguayos que dieron asilo a los judíos perseguidos por el nazismo

21/Oct/2020

Cámara de Senadores

Senado homenajeó a diplomáticos uruguayos que dieron asilo a los judíos perseguidos por el nazismo

SEÑORA PRESIDENTA.- El Senado ingresa al orden del día con la consideración del único tema que nos convoca: «Exposición de la señora senadora Carmen Asiaín, por el término de treinta minutos, a fin de referirse a los diplomáticos uruguayos que dieron asilo a los judíos perseguidos por el nazismo. (Carp. n.º 297/2020)».
Tiene la palabra la señora senadora Asiaín.
SEÑORA ASIAÍN.- Muchas gracias, señora presidenta. Agradezco también que se haya habilitado una proyección con la que voy a intentar ilustrar mi exposición, porque vale la pena acudir a testimonios fotográficos y a algunas referencias respecto a este homenaje.
En primer lugar, corresponde saludar a quienes adhieren a la distancia a este homenaje: a la ministra interina de Relaciones Exteriores, Carolina Ache; al embajador Alberto Guani; al embajador alemán Eugen Wollfarth; al embajador de Israel, Yoed Magen; al Comité Central Israelita del Uruguay; a la B’nai B’rith; al presidente de Antel, ingeniero Gabriel Gurméndez; a la Universidad ORT del Uruguay; al autor del libro La lista Gurméndez. El Oskar Schindler uruguayo de Isac Gliksberg; y a los familiares de los embajadores Guani y Gurméndez, del cónsul Francisco Rivas y del doctor Alejandro Pou de Santiago
En primer lugar, me gustaría explicar el porqué de este homenaje. Algunas personas me han llamado para aportar información y me han preguntado por qué se me ocurrió abordar este tema. Debo decir que fue a raíz de un par de conferencias a las que fui invitada –en el 2015 en Estambul y en 2017 en Potsdam, Alemania, cerca de Berlín–, que trataban la crisis de los refugiados en Europa. Allí se nos pedía desarrollar una perspectiva latinoamericana al respecto. Así es que cuando comencé a investigar, me encontré con archivos de la Cancillería –aún no había dado con esta publicación–, con testimonios y con relatos ejemplares de uruguayos –que nos enorgullecen– que pusieron en práctica la cultura del asilo en el Uruguay.
Asimismo, esto toca otros temas, como el de las migraciones, el refugio y el asilo, que tienen que ver –de forma posterior al refugio– con la emigración y la inmigración en otras partes. El ser humano ha emigrado de un lado a otro históricamente a través del globo, pero también lo hemos hecho cada uno de nosotros. Nos hemos pasado siendo migrantes desde el seno de nuestra madre, desde el momento del nacimiento, al ir a la escuela, etcétera. Y somos asilados en distintas partes y siempre el encuentro con el otro, el lugar donde se nos acoge, nos determina. A su vez hay un encuentro para quien asila –con el otro–, que siempre enriquece por la diversidad a la que uno se expone y con la que comparte. Así es que, tomando en cuenta esta migración internacional mundial de personas y de conocimiento, consideramos que es un enriquecimiento de la cultura y de la diversidad desde todo punto de vista. Es un fenómeno connatural a la humanidad. La migración, en este sentido, humaniza.
Respecto al origen de los primeros humanos de América Latina vemos que hay muchas teorías. Algunas de ellas apuntan a que partieron del estrecho Bab el-Mandeb en Arabia e hicieron toda la travesía, pero la cuestión es que la migración es algo connatural al ser humano.
Luego del tema migraciones, está el refugio y el asilo. Por supuesto que la referencia obligada es a nuestro maestro Héctor Gros Espiell, quien ubicaba los orígenes históricos de refugio y asilo en los inicios del cristianismo, al considerar los templos como inviolables. Sí, claro; hay mucha bibliografía que señala este hecho como el origen. Pero pensé que en la historia tenían que existir otros orígenes anteriores y esto me llevó a preguntarme acerca del término «santuario». Al analizarlo, resulta que refiere justamente a un lugar de refugio y de seguridad que las personas buscan como resguardo ante la inminencia de peligro. Entonces, si nos remontamos a la historia, nos encontramos con el mito de Casandra que se refugió en el templo de Atenas. Ella solicitó refugio, asilo, en un templo, en tiempos aún anteriores al cristianismo. El asilo y el refugio, así como la migración humana, son comunes a la historia de la humanidad.
Lo que hicieron estos prohombres, a los que vamos a homenajear, fue aplicar en los hechos –por sensibilidad– una cultura que ya tenía su cuño en América Latina, pero especialmente en el Uruguay: la cultura del asilo. Estamos hablando de un país de puertas abiertas a la inmigración, con un marco latinoamericano sirviendo de contexto, lo que luego redunda en el multiculturalismo que tenemos y en la diversidad cultural en la que vivimos en este continente.
Remontándonos un poco en la historia, ya el emperador Carlos V, en el siglo XVI, decía: «Que las casas de los embajadores sirvan de Asilo inviolable como antaño los templos de los dioses, y que a nadie le sea permitido violarlo bajo ningún pretexto». Con este principio se culturiza nuestro continente. Estos son apenas algunos apuntes, un sobrevuelo del tema.
Gros Espiell considera el asilo como un derecho de solidaridad y, en ese sentido, un derecho colectivo de la humanidad o del grupo que se sensibiliza, se solidariza y alberga. Dice que los principios que asisten al derecho de asilo y refugio no son otros que los del derecho internacional humanitario y que se alimentan recíprocamente en una suerte de interacción continua. Según Gros Espiell, el motivo para el asilo no se halla, no debe buscarse demasiado, es la persecución en sí misma o el temor de ser perseguido. Eso para él ya bastaba como motivo para otorgarlo.
También hay algunos otros orígenes que se reportan. Mansilla explica que ya en la Banda Oriental se practicaba el asilo –por decreto del gobernador Del Pino, en 1774–, aunque en ese momento quedó reservado a la catedral de Montevideo, que tenía inmunidad local. También se reporta que por un real decreto de 1789, del Reino de España, se ordenaba que a todos los esclavos –básicamente escapados del Imperio otomano– que llegaran a tierras españolas y, por tanto, también a jurisdicción latinoamericana, se les otorgara inmediatamente la libertad.
Por su parte, Vieira destaca que es un derecho de la persona y no una potestad del Estado e Irureta Goyena refiere a su participación en el Segundo Congreso de Derecho Privado Internacional, que finalmente suscribió el Tratado sobre Asilo y Refugio Político de Montevideo de 1939. En esa ocasión, él abogó por que se cambiara la redacción de lo que terminó siendo el artículo 1°, que comienza diciendo «El asilo puede concederse…», por otra más favorable que dijera «Se concederá el asilo…», pero no prosperó. Están todos los documentos, aunque no todos estaban vigentes en 1939, fecha a la que vamos a referirnos, pero dan cuenta de cómo nuestro continente ha profundizado en la cultura del asilo y refugio.
Vamos a referirnos ahora a las personas que, con sus hechos, con su ejemplo, en la práctica y arriesgando todo, pusieron en práctica la cultura del asilo; muchos de ellos eran juristas conocedores de estos principios y no cejaron en ponerlos en práctica.
Cuando ya estaba anunciado este homenaje, recibí una llamada del embajador Alberto Guani, quien me hizo algunos aportes por hechos vinculados a su abuelo, Alberto Guani Carrara. La información que me brinda es que Alberto Guani Carrara estuvo muchísimos años en el exterior, en misiones diplomáticas, y presidió el consejo y la asamblea de lo que en 1928 y 1929 se llamaba la Asamblea y Consejo de la Liga de Naciones o Sociedad de las Naciones, predecesora de lo que es la Organización de las Naciones Unidas. Ahí, él intentó conseguir facilitaciones; ya había rumores, ya había temor en Europa por la persecución que se empezaba a gestar respecto a los judíos. Él fue, entonces, quien propuso en esta asamblea de la Liga de las Naciones la creación del laissez passer para los indocumentados, una suerte de salvoconducto; o sea, facilitaciones para los judíos.
También nos reporta el embajador Guani que su abuelo fue el primero que se declaró en favor de la Declaración de Balfour de 1917, la primera que estableció que debía existir el Estado de Israel. Él abrió el espectro de lo que luego redundó en la creación del Estado de Israel. Es decir que auxilió no solamente a personas judías, sino que también luchó por la creación de un estado y es algo particular porque este instrumento que tuvo la iniciativa de crear luego sería usado por otros.
Asimismo, se puede mencionar el caso de Florencio Rivas, cónsul en Hamburgo, próximo al estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero cuando ya el nazismo estaba en el poder y la persecución a los judíos había comenzado de manera velada o abierta. Resulta que en 1938 había llegado a albergar a ciento cincuenta judíos en la residencia, en el consulado de Hamburgo. Los reportes indican que estaba lleno de gente y el cónsul ordenó cerrar el portón principal del jardín de la residencia donde se habían refugiado los asilados. Ante el intento de los guardias de las SS de penetrar en la misión diplomática, reportan que Rivas salió hacia el portón llevando el pabellón patrio y dijo: «Este es territorio uruguayo. Aquí nadie puede entrar sin mi permiso ni sin permiso de mi Gobierno». Y los guardias acataron. Esa era la Noche de los cristales rotos, la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 en la que, como sabemos, el régimen nazi había ordenado incendios, saqueos y rotura de vidrieras de los comercios judíos en Alemania y Austria.
Sin embargo, no quedaba ahí la acción, el auxilio prestado por el cónsul Rivas, ya que también extendió de forma automática visados o salvoconductos –los laissez passer– a todos los refugiados. Emitió centenares de esos documentos y todos pudieron salir de Alemania, por lo que muchos de ellos y sus familias vinieron a radicarse aquí, en el Uruguay, enriqueciendo la diversidad cultural de nuestra patria.
En definitiva, hablamos de la Noche de los cristales rotos y hay un ejemplo de un visado extendido a uno de los asilados, todo lo cual es recogido por una crónica del Comité Central Israelita.
Asimismo, quiero citar el caso de Carlos María Gurméndez, embajador en los Países Bajos, Holanda. Como dije antes, conocí la historia a través de crónicas de la Cancillería, y luego esta investigación, esta información es extendida a través de la crónica que escribe Isac Gliksberg, prologada por el senador Julio María Sanguinetti, que se llama La lista Gurméndez. El Oskar Schindler uruguayo.
De todas formas, también he abrevado de otras fuentes. Por ejemplo, he tenido aportes del ingeniero Gabriel Gurméndez, quien hizo una investigación hace alrededor de veinte años, y a su vez aportó datos al Comité Central Israelita; hay crónicas del diario El País, etcétera.
Cuando Carlos María Gurméndez estaba al frente de la Embajada uruguaya ante el Reino de los Países Bajos, cae la invasión en mayo de 1940. Los holandeses se despiertan con los sonidos de los aviones, ya que estaban siendo invadidos por el régimen nazi, la reina escapa a Inglaterra y se pone en peligro la situación de los judíos que vivían ahí.
Ahora voy a mencionar algunos antecedentes del doctor Carlos María Gurméndez. Era profesor de Derecho Constitucional, redactor del diario La Mañana y también del semanario Marcha, y había hecho investigaciones y brindado conferencias sobre el derecho de asilo. Él sostenía –resumiendo mucho su largo desarrollo del tema– que «el asilo es norma superior que busca encauzar los procesos políticos dentro de las garantías olvidadas o menospreciadas por la incontinencia de todos los rencores». Regido por este principio fue asilando paulatinamente a entre veintitrés y treinta y tres personas judías que venían a pedir refugio. Estas personas habían acudido a otras delegaciones de países latinoamericanos y en todas se les había rechazado el ingreso. Rechazados por otros, Gurméndez tomó a todos los que pidieron asilo. Tan así es que, como manifiesta el doctor Julio María Sanguinetti en el prólogo, nuestra Embajada en La Haya fue la única de Latinoamérica que recibió asilados. Y continúa: «El embajador tuvo que asumir las más firmes y arriesgadas determinaciones para lograr que estas personas, todas con pasaportes uruguayos recién por él otorgados, pudieran salir de Holanda, pasar por la Francia ocupada y llegar, a través de Portugal, a la libertad».
Algunos testimonios de quienes se refugiaron cuentan que, engañados por algún conductor de taxímetro, les habían robado el equipaje y que llegaban sin nada a la residencia en la que eran albergados. Uno dice que llegaron a la Embajada uruguaya «donde encontramos, en ese momento, a toda la familia Gurméndez, de rodillas, rezando a favor de todos nosotros».
La bandera uruguaya fue izada al frente, en el jardín, para que las fuerzas de la ocupación la respetaran. Las condiciones de vida en la residencia se hacían cada vez más difíciles, según reportan algunos testimonios. Los cinco hijos de Gurméndez dormían con sus padres para dejar lugar a los refugiados, quienes no salían ni al jardín por temor. En la pantalla podemos ver alguna foto de la familia y, a la izquierda, uno de esos pasaportes o salvoconductos truchos que el embajador Gurméndez debió extender para lograr sacar a los refugiados.
Cuando todas estas personas estaban en la embajada llega la orden del Tercer Reich de expulsar a todos los diplomáticos y ahí se plantea el dilema de qué hacer con estos refugiados. Gurméndez dice: «Salen conmigo o yo me quedo con ellos». Es así como se elabora lo que el escritor Isac Gliksberg llamó La Lista Gurméndez. ¿Por qué? Porque a todas esas personas asiladas en la embajada se las incluye con un cargo supuestamente diplomático, ya sea como médico, como traductor, como valet de chambre o como cónsul; según reporta un testimonio, algunos, sin siquiera saber español, figuraban como diplomáticos uruguayos. Todos quedaron incluidos en el grupo de personas que abandonaría el país en un tren blindado; el éxodo incluía a todos los integrantes de las embajadas reconocidas en La Haya.
¿Por qué se llegó a esto de los salvoconductos truchos? Porque, en realidad, para permitir la salida de estas personas judías con el embajador Gurméndez, lo que exigía el Tercer Reich era que le fueran entregados los pasaportes de los emigrantes, cosa a la que Gurméndez se negó porque eso implicaba convertir en indocumentados a estas personas allí adonde llegaran. También se pidió ayuda a otras delegaciones extranjeras, algunas hermanas latinoamericanas, pero no se tuvo eco. Hay un reporte de que una persona se habría suicidado en la puerta de una embajada tras serle negada la solicitud de asilo. Al final, se llega a esta solución –bien a la uruguaya– de este salvoconducto extraordinario, pero manteniendo los pasaportes de quienes iban a emigrar. El Gobierno alemán lo permite y pueden subirse al tren.
También merece atención el tiempo que estuvieron en la embajada, que fue de noventa días. En esos noventa días y con todas estas gestiones realizadas, debe tenerse en cuenta que el embajador Gurméndez tuvo que saltarse la normativa vigente, porque no había tiempo para pedir la debida autorización a la Cancillería. Las comunicaciones con Uruguay no eran tan fluidas y había que actuar de forma rápida. Tampoco se podía dar carta de ciudadanía a estas personas a la distancia sin violentar la Constitución. Por lo tanto, Gurméndez puso en riesgo su cargo como embajador y su posición frente al régimen nazi que anunciaba sanciones a quienes lo enfrentaran, pero también a su familia y a la cotidianeidad de la vida en la residencia.
Se reporta que acudió a la venta de los muebles de su propiedad y de sus bienes para solventar, durante ese tiempo, los gastos de las familias alojadas y que, incluso, con dinero propio pagó los pasajes del tren que salía con destino a la frontera suiza. Además, en cada punto donde paraba el tren las personas ya tenían un alojamiento reservado y pago, así como alguna comida acordada.
Después de quince años de este evento, el fiscal de gobierno, que hace toda una investigación administrativa acerca de todos estos hechos, respalda la actitud del embajador Gurméndez desde el punto de vista jurídico, pero, además, sostiene que los dineros aportados por Gurméndez debían cobrarse a Alemania como reparación de guerra.
Volvamos al tren con destino a Suiza que sale con los salvoconductos truchos y con todos los refugiados. Un testimonio dice: «La nuestra» –lo dice este refugiado refiriéndose a la Embajada uruguaya, porque la asumía como propia– «era la única embajada en incluir refugiados en su grupo».
Por si no había habido obstáculos, se presenta uno grande en la frontera suiza-alemana, porque las fuerzas de la SS inspeccionan y desconfían de esa lista de Gurméndez, pues incluía personas que les parecían que no podían tener los cargos diplomáticos que figuraban en los documentos, y requieren la entrega y sumisión de los judíos. Ahí Gurméndez dio un paso al frente, se presentó como embajador de Uruguay y enfáticamente afirmó que él y su familia bajarían del tren con todos sus acompañantes y se quedaría con ellos, que no se iban a separar; el destino de unos y otros sería el mismo: siguen conmigo o yo me quedo aquí con ellos. Ante esta rotunda respuesta los guardias de la SS consultaron a Berlín, lo que demoró unos días, al fin de los cuales se contestó que podían seguir su rumbo y así lo hicieron.
Luego de ocupada Francia ocurrió otro evento en la frontera con España. Al ingresar nuevamente los guardias, en este caso españoles, dispusieron hacer la inspección del equipaje. Una de las señoras judías que estaba emigrando llevaba una bolsa llena de joyas –capital único con el cual pretendía respaldar a su familia en el lugar en que pudieran instalarse– y corría peligro en esa inspección. El testimonio cuenta que la señora de Carlos María Gurméndez, Blanca Guillemet, con mucha astucia le dijo a la señora: «¿Por qué tú tenés mi bolso? Dámelo acá que es mío». El bolso cambió de mano y lograron salvar las joyas de la requisa y, por lo tanto, la señora se pudo instalar.
Diez días duró el viaje de Berlín a Lisboa. Llegaron sanos y salvos. De ahí partieron a distintos lugares: algunos a Uruguay y otros a Estados Unidos. Así fueron salvados; el asilo y refugio no quedaron solo en el albergue transitorio, sino que incluyó el acompañamiento hasta el final.
Por último –esto también surgió luego de anunciar el homenaje–, en la crónica de El País encontré una referencia a Alejandro Pou. Empecé a investigar y resulta que Alejandro Pou de Santiago –abuelo del presidente de la república–, luego de haberse recibido de ginecólogo, contrajo matrimonio y fue a hacer un posgrado a Berlín.
Allí también se vivía un ambiente de temor, por supuesto. Él se refería a Hitler como «la bestia». Dice que tenía que salir a la vereda para hablar con sus colegas sobre la situación que se vivía porque adentro tenía temor a ser espiado.
En 1939 conoce a un matrimonio judío que vivía en Nürtingen, Alemania. Este matrimonio no departía con nadie; eran muy introvertidos y tenían un profundo temor, pero el doctor Alejandro Pou empieza a tener contacto con ellos.
Hago un paréntesis para decir que el doctor Alejandro Pou figuraba como agregado cultural en la embajada, por lo que tenía un cargo de cónsul y matrícula diplomática.
Volviendo al matrimonio de colegas, su incertidumbre dejó de ser tal y se convirtió en la certeza de lo peor respecto a su futuro cuando les dijeron: «Se cierra el cerco». De manera inmediata, Alejandro Pou decide hacerlos subir a su vehículo con matrícula diplomática y, de forma clandestina, los lleva a cruzar la frontera con Bélgica. En la frontera es parado por la guardia, que muestra suspicacias y le pregunta si no había pasado por ahí el día anterior a la misma hora. No sabemos qué habrá dicho para lograr seguir, pero llegaron sanos y salvos a Bélgica.
Luego –según agrega nuestra fuente–, Pou de Santiago viaja a París, donde se encuentra con alguien con quien –en ese momento no lo sospechaba– lo unirían lazos familiares: el señor Carlos Lacalle. Hablamos de los dos abuelos del presidente de la república.
Yad Vashem es un reconocimiento que hace Israel –y el pueblo judío en general– a aquellos que hicieron gestas heroicas en auxilio de los judíos por el mundo. En pantalla vemos una foto del museo y de la Avenida de los Justos entre las Naciones, en Jerusalén –que conduce al museo–, donde se incluye a los llamados «Justos entre las naciones». Me gustó una frase que dice: «Si todos hubiesen actuado como ellos, en lugar de una avenida, habría aquí un bosque y no existiría este museo».
Como reflexión final, y volviendo a eso de que todos hemos sido migrantes, digo que, adonde vayamos –aunque más no sea en la escuela, en nuestro trabajo, en nuestro lugar de estudio–, todos hemos sido migrantes, asilados, refugiados. Y quienes creemos en alguna forma de trascendencia también creemos que luego seremos asilados en alguna otra parte, aunque más no sea en la memoria de los demás. Entonces, simplemente debemos considerar esto como cualidad del ser humano. ¡Ojalá seamos merecedores de asilo donde nos corresponda!
Gracias, señora presidenta.
SEÑORA DELLA VENTURA.- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora senadora.
SEÑORA DELLA VENTURA.- Gracias, señora presidenta.
Saludo la iniciativa de la señora senadora Asiaín. Me parece que siempre es bueno traer a este ámbito todo lo que pueda ayudar al humanismo, a la sensibilidad, a la solidaridad, a la fraternidad.
Esta iniciativa valora, en particular, la migración –la señora senadora se refirió a ella a lo largo de la historia–, y que creo también es importante en este momento. En realidad, aunque son pocos, sabemos que hay gente que cuestiona el tema de que un país sea de fronteras abiertas para recibir a quien quiera migrar hacia él. Las razones pueden ser variadas; una es que pueden quitar trabajo a los que viven en ese país, etcétera. Nosotros compartimos la visión de que Uruguay siga siendo un país de fronteras abiertas, con las manos y brazos abiertos para recibir a todos los que quieran venir a vivir aquí.
Con respecto al asilo y al refugio, como decía la señora senadora Asiaín, su historia se remonta a la época en que los templos daban asilo a algunas personas. Es muy importante este valor que, a lo largo de la historia, en muchos países se traslada a través de las embajadas.
La señora senadora Asiaín contó la historia de estos uruguayos que se solidarizaron con judíos que iban a ser exterminados. Nadie puede desconocer –más allá de compartir o no la posición que hoy pueda tener Israel sobre diferentes temas– que el genocidio judío existió y que la humanidad tiene que rechazarlo.
Quiero dejar una constancia respecto al asilo y al refugio, y es que la dictadura violó la Embajada de Venezuela en su momento, para sacar por la fuerza a Elena Quinteros, que había tratado de refugiarse en ella. Quería mencionar esto porque fue otro atropello que tuvo la dictadura contra ella.
SEÑORA KECHICHIAN.- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora senadora.
SEÑORA KECHICHIAN.- Señora presidenta: siempre que se habla de asilo y de persecución me siento conmovida, porque soy hija y nieta de esos armenios que huyeron del genocidio, que primero fueron recibidos por el Líbano y después ayudados a llegar a América Latina.
Agradezco a la senadora Asiaín que haya traído este tema, porque efectivamente los asilos están muy vinculados a las persecuciones y, como dicen los estudiosos, las migraciones están muy unidas a la búsqueda de trabajo. La gente migra en el mundo buscando un trabajo y un lugar donde vivir. Creo que todos los ejemplos hablan muy bien del ejercicio de la función diplomática, que es mucho más de lo que algunos piensan que es, ya que tiene un sentido profundo de representar al país en cada uno de los lugares donde está localizada.
El Uruguay ha tenido en su seno, en épocas muy duras, grandes ejemplos de embajadores de otros países. Solo voy a recordar al embajador de México en Uruguay, que supo tener en su embajada a trescientos, cuatrocientos o quinientos asilados en el momento, poniendo plata de su bolsillo, haciendo un esfuerzo y corriendo, sin duda, muchos riesgos. Y hay ejemplos de embajadores en el mundo que han cumplido esa función con mucha dignidad. La historia del embajador Guani la conocía muy bien. Creo que es un ejemplo de diplomático, así como toda la saga familiar que lo sucedió, con diplomáticos del mejor nivel.
Para terminar, quiero decir que los armenios fuimos muy bien recibidos en el Uruguay. Por eso, en estas horas, me ha dolido mucho la carta del embajador turco ante Uruguay, que aclaro que no recibí porque me tienen bloqueada, pero sé que muchos senadores la han recibido, tanto de Turquía como de Azerbaiyán. Estimo que realmente no está a la altura de un diplomático. Allí se dice que defendemos a los armenios en el Uruguay porque hay muchos armenios. ¡Claro que hay muchos armenios!, porque hubo un genocidio, llegamos a América Latina y nos dieron refugio.
Nada más. Muchas gracias.
SEÑORA BIANCHI.- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora senadora.
SEÑORA BIANCHI.- Señora presidente: de alguna manera, quiero volver a centrar el tema de la intervención de la señora senadora Asiaín porque, más allá de todas las experiencias sucesivas y posteriores, en definitiva el Uruguay es esto y no fue creado por generación espontánea. Le agradezco enormemente por traer estas historias muy puntuales, que nos retrotraen a nuestra historia más profunda.
Cuando se mencionó al embajador Guani recordé su excelente intervención durante la batalla del Río de la Plata, que en 1939 colocó al país en una situación muy complicada desde el punto de vista de las relaciones internacionales, porque hay que recordar que en esa época estaba el nazismo. Yo no quiero hacer parangones ni buscar semejanzas porque creo que ahora estamos tratando el tema de la Shoá ‒soy de las personas que no se afilia a la designación que hace Naciones Unidas de Holocausto, sino de Shoá‒, y realmente hay que ponerse en los pies de estos uruguayos –tanto de Guani como de Rivas, de Gurméndez y de Alejandro Pou–, cada uno con sus posibilidades y dimensiones, enfrentándose al monstruo que fue el nazismo. Uno realmente puede dimensionar el valor de estos uruguayos cuando recuerda lo que fue el nazismo, y que fue nada más ni nada menos que en Alemania, especialmente desde 1933, cuando Hitler logra apoderarse del Gobierno.
El análisis que tenemos que hacer como comunidad internacional es de qué manera ese monstruo –y lo reitero, porque no quiero que se piense que no me acuerdo, porque sí lo hago– se instala. Cuando en este recinto, en una sesión de la Comisión Permanente se hizo referencia al Holocausto ‒la Shoá para mí‒, recordé la obra de Bertolt Brecht titulada La resistible ascensión de Arturo Ui. En realidad, no se resistió como se debía y ahí la responsabilidad de muchos, y eso lo tenemos que valorar. Pero se creó el monstruo –que fue lo que pasó con el nazismo y con otros regímenes–, y ahora estamos viendo la Shoá y la actitud que tuvieron uruguayos valientes frente al nazismo, y debemos detenernos en estas situaciones. ¿Por qué hago referencia a la obra La resistible ascensión de Arturo Ui? Porque a través de ella uno entiende cómo hay que pararse frente a los intentos de avance sobre los regímenes totalitarios; cómo hay que pararse firmemente frente a estos lamentables iluminados de la historia, genocidas en grados insospechados.
Cuando estudié historia o fui alumna del Instituto de Profesores Artigas pude constatar que se hacía referencia a las grandes gestas, pero, lamentablemente cuando murió el profesor Barrán perdimos el origen de una historiografía más enfocada en las cosas cotidianas que empezó con el libro La Historia de la Sensibilidad en el Uruguay y sería bueno que se retomara. Estas historias, señora presidente, son historias muy cotidianas, muy humanas, muy cerradas. ¿Por qué los uruguayos no hacemos hincapié en que tenemos estos antecedentes? Por ejemplo, el doctor Guani había sido embajador en el Imperio austrohúngaro, es decir que conocía cómo se fue gestando esto. Además, todos conocemos esto porque la cultura occidental se ha volcado en especial al tema del nazismo –y, obviamente, así corresponde–, pero también estaba presente el proceso del fascismo de Mussolini, que era el gran teórico de todos estos movimientos pero lógicamente no tenía a Alemania para gobernar, sino a Italia.
Estos uruguayos pudieron, por su profesión, conocer desde los orígenes estos fenómenos totalitarios.
Cuando recordamos nuestro patrimonio, también tenemos que recordar este patrimonio intangible que poseemos representado en estos uruguayos ilustres que realmente desconocemos.
Quiero reivindicar esta tradición uruguaya que, como muy bien dijo la senadora Asiaín, viene de antes de que fuéramos Uruguay, se remonta a los orígenes de la cultura hispánica, tal como ayer se mencionó. Es brutal lo que nosotros hemos recogido de esos orígenes hispánicos.
Por tanto, debemos centrar la situación y decir que, en definitiva, nosotros pudimos adoptar determinadas actitudes frente a otros regímenes totalitarios porque teníamos toda esta tradición. Ahora, lo bueno es que pongamos negro sobre blanco y digamos que fue Fulano, Mengano, Zutano, que hablemos sobre sus historias personales, porque es muy fácil ser héroe en determinados momentos. Para mí todas estas personas mencionadas en la intervención de la senadora Asiaín son realmente héroes de verdad porque había que enfrentarse en forma individual, nada menos, al fenómeno del nazismo. Y en una corriente donde nosotros también fuimos víctimas en algún momento –que hay que reconocer– del antisemitismo que, en definitiva, es lo que la Shoá impulsó: la destrucción humana y también cultural. Sin embargo, estos uruguayos ilustres no se dejaron llevar por esas corrientes, sino que por el contrario le hicieron honor al Uruguay.
Agradezco los aportes realizados y quería hacer hincapié en que tenemos –también como docentes– que enseñar mucho más estas historias para que sepamos que el Uruguay que tenemos hoy es el resultado de una larga tradición cultural, incluso, de personas que llevaron adelante lo que recogieron de la educación y de los orígenes –fundamentalmente hispánicos– de nuestro país.
Muchas gracias.
SEÑOR SANGUINETTI (Julio María).- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor senador.
SEÑOR SANGUINETTI (Julio María).- Señora presidenta: ante todo agradezco a la estimada colega que haya traído hoy este tema y, además, que haya mencionado un prólogo que escribí a esa investigación de Isac Gliksberg sobre el libro  La lista Gurméndez. El Oskar Schindler uruguayo.
Me parece importante subrayar un par de consideraciones sobre el tema. En primer lugar, sobre el valor de la diplomacia. En Uruguay siempre fue fundamental la diplomacia por su propia condición. El país nace de un hecho diplomático. Nacimos de un tratado de paz entre el Imperio de Brasil y la Argentina o las Provincias Unidas del Río de la Plata. Es decir, el fenómeno internacional, la visión de lo que es el Uruguay en el mundo es constitucional para nosotros. Y, naturalmente, nacimos entre esas dos grandes corrientes, entre esos dos grandes Estados, que siempre estuvieron allí y, en aquellos tiempos, resignándose a nuestra independencia, pero solo resignándose. En el fondo, ambos mantenían la ambición de poder recuperar la Provincia Oriental o la Provincia Cisplatina, tal como la miraban cada uno de los dos. Como dijo don Frutos Rivera, nacemos como Hércules en su cuna, con dos víboras al costado. Así fue como nacimos y eso nos condicionó porque nuestra propia dimensión nos impuso realmente tener una diplomacia como dimisión de soberanía.
En estos años de la persecución nazi a los judíos que se recogen, la diplomacia fue fundamental porque el mundo estaba en una conflagración absoluta. Hoy se mira todo de un modo, quizás, anacrónico. En 1939, 1940 y 1941 Alemania parecía que ganaba.
Hoy miramos las cosas de otro modo. ¿Por qué Churchill le da tanta importancia a la batalla de Punta del Este que no fue tan grande? Incluso, recibe al glorioso barco con esos discursos tremendos de su parte, cuando dos años después el Ajax llega a Southampton. Porque hasta ese momento, los aliados no habíamos tenido ningún éxito. Los submarinos alemanes hacían estragos. El Graf Spee venía de hundir una decena de barcos mercantiles.
En el sur de Brasil había un claro movimiento independentista vinculado a Alemania; en Argentina, ni hablemos, porque había allí una influencia enorme. Y si bien, técnicamente, ambos estábamos en la neutralidad, la nuestra era una neutralidad militante que se desarrollaba, justamente, porque era el mejor modo de apoyar el esfuerzo aliado. Por eso el episodio del Graf Spee –que recién señalaba la señora senadora Bianchi– fue muy importante cuando nuestra Cancillería, con Guani, le impone la salida al barco alemán pese a la protesta del capitán Langsdorff, que era un ejemplo todavía de otros tiempos, de guerras caballerescas. El capitán Langsdorff no se hundió con su barco, sino que enterró a sus muertos; se fue a Buenos Aires con los que quedaban, se dirigió a un hotel, se puso la bandera alemana –no la nazi– y se pegó un tiro. ¡Otros tiempos!
Como decía alguien, melancólico privilegio de la edad, puedo señalar que es el primer recuerdo que tengo de lo que llamaríamos vida civil. Yo estaba cumpliendo cuatro años y recuerdo, vagamente, nuestra ida al puerto. Conservo en la memoria un monstruo gris, enorme, gigantesco; evoco a un niño perdido que lloraba, y recuerdo que volvimos a casa –en la calle Juan Paullier–, los chiquilines nos quedábamos en la vereda como era lo habitual entonces, y al rato baja papá corriendo la escalera y dice: ¡Vamos que volaron el Graf Spee, volaron el Graf Spee!
Esos son mis recuerdos de ese episodio. Y luego las vivencias que naturalmente se tenían con una militancia muy fuerte. Mi padre era director de trabajo, siempre se dedicó a los temas sociales, pero se había anotado en un batallón de voluntarios, el Batallón nº 14 de Infantería. Nosotros, niños, íbamos ahí –con nuestros ojitos asombrados, convencidos de que papá iba a ir a la guerra– para ver las maniobras un 25 de Agosto en que desfilaron los voluntarios. Los abanderados de los batallones n.os 13 y 14 eran dos escribanos.
La figura de Guani es muy importante en nuestra vida diplomática; reitero, muy importante. Como bien se recordó acá, da apoyo a la Declaración Balfour que reclamaba un hogar judío. Esa fue la expresión para el errante pueblo judío de la época. Pero, luego, Guani se convirtió en una figura fundamental en la Sociedad de las Naciones. Cuando se crean las Naciones Unidas, en 1946, en California, Uruguay también tiene una participación fundamental. El presidente de la delegación –cosa curiosa– era un expresidente, el ingeniero José Serrato. En ese momento, no estaba Guani, que luego de ser canciller fue vicepresidente en el Gobierno de Amézaga y Serrato canciller luego de ser presidente. Es decir que todo esto transcurre en los Gobiernos de Baldomir y de Amézaga, ambos con mucha militancia en este tema.
En 1946, en San Francisco, a Uruguay le pedían que por favor no hablara del tema judío porque se sabía que lo queríamos plantear. Inglaterra era la heroína de la guerra; Inglaterra había sido la gran sacrificada, la gran victoriosa y la que todos homenajeábamos. El tema de Israel era irritante para el Imperio británico. En ese sentido, se le reclamó a Uruguay que no planteara el tema; igual lo hizo. Serrato le pide a Payssé Reyes que hable y haga el planteo de la independencia de Israel, y lo hace. A partir de ese momento surge el compromiso que conocemos del Uruguay en la creación del Estado; la famosa comisión que integramos; la famosa delegación de Rodríguez Fabregat y Oscar Secco Ellauri, nombrado por Luis Batlle, que desempeñaron una tan relevante actuación en todo este proceso durante estos años.
Lo que me importa destacar es el valor de la diplomacia, tantas veces asociado a frivolidad, a superficialidad o a contiendas que no hacen a la esencia de estos temas, que son la soberanía nacional, la sobrevivencia de los pueblos, la autodeterminación y los derechos humanos. Esto me parece muy importante.
Asimismo, motivado por la senadora Kechichian, quisiera dedicar un párrafo de lo que es nuestra nacionalidad e identidad. Cuando el Uruguay se independiza, no éramos más de setenta mil personas aproximadamente; algunos dicen un poquito más, otros un poquito menos. En fin, éramos muy poquitos; reitero, muy poquitos y lo fuimos hasta el último tercio del siglo XIX. La sociedad hispanocriolla era muy pequeña porque no había habido una inmigración española fuerte; básicamente era un enclave militar y el mundo indígena era muy débil demográficamente. De modo que era muy poca gente. La sociedad uruguaya se refunda en el último tercio del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX. La vieja sociedad hispanocriolla oriental adquiere la uruguayidad, que se hace, justamente, con la amalgama de la vieja sociedad con la nueva. Los españoles que vienen ya son otros. Los anteriores eran soldados, quienes en su mayoría eran andaluces o extremeños, y ahora vienen los gallegos; inmigración gallega. Asimismo, llegan los italianos de otros orígenes de los que ya estaban acá. Mis orígenes son de la época garibaldina, como corresponde mi condición; no preciso explicarlo. En mi casa, tanto los Sanguinetti como los Canessa, es decir todos, están en la Legión de Garibaldi. Luego vienen los valdenses, en el Gobierno de Pereira, que son los primeros, huyendo de las persecuciones religiosas. Repito, los valdenses son los primeros, que son extraordinarios: fundan el primer liceo en el interior de la república. Hay un discurso memorable del pastor Armand Ugon, en el que habla de lo que tienen que hacer ellos como ciudadanos uruguayos y les dice que tienen que ser mejores que todos para poder seguir siendo valdenses y a su vez buenos uruguayos. Asimismo, defiende la identidad valdense y cómo debe ser. Eso ha sido una nota característica de la identidad uruguaya que tiene esa doble condición que todos de algún modo asumimos, porque aquí está el armenio, el judío, el turco –que normalmente es un libanés–, el gallego y el tano, entre otros. Es decir, siempre estamos reconociendo esa segunda condición. También está el vasco; ¡hasta en los cuadros de fútbol! En nuestros equipos de fútbol no falta un vasco, un gallego, un ruso. Hemos tenido varios rusos. Es decir, esa doble identidad es una condición esencial del uruguayo; nos define. O sea, no es un nacionalismo estrecho; no es un patriotismo excluyente; no es que somos uruguayos con oposición a todo el resto, sino al revés: hemos recogido al resto y nos hemos hecho de esa condición. Eso me parece muy importante evocarlo porque no solo habla de la diplomacia, sino de lo que es el Uruguay; nuestra república.
Muchas gracias.
SEÑOR FERREIRA.- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor senador.
SEÑOR FERREIRA.- Gracias, señora presidenta.
Para redondear un poco lo que expresó la colega, quisiera decir que nosotros arrancamos con un gran exiliado, que fue Artigas. Artigas, ya maduro, pasó a tener reconocimiento público y notoriedad de los cuarenta y seis a los cincuenta y seis años, y marcó al Uruguay para siempre; después pasó treinta años exiliado en el Paraguay. ¡Si tendremos que cuidar, los uruguayos, el derecho de asilo! Es parte de nuestra identidad.
Después siguen Vera, Luis Batlle y tantos otros, por nombrar los más notorios en la época de Terra. Michelini, Gutiérrez Ruiz y mi padre fueron exiliados. Es parte de nuestras circunstancias.
Hablando de las hecatombes mundiales, no puedo terminar de hablar sin citar al judío Braunstein –después le dicen Bronstein y todos esos camuflajes– con su nombre de la clandestinidad Trotsky, que la peor dictadura genocida de la historia lo mandó a matar en México, un tío de nuestro amigo fallecido Mercader. Todas esas cosas no las podemos olvidar.
Con respecto a las cuestiones de la guerra, Uruguay era de alma francófila siempre, y en la guerra ni que hablar; éramos neutrales y a último momento firmábamos, pero éramos de alma aliadófila hasta el extremo de cosas que hoy en día parecen graciosas, pero que provocaban hasta llantos familiares. En la época de la lista negra –hoy ningún país admitiría que imperara dentro de su frontera–, un tío de mi madre –mamá era chica, no sé si era más chica que las primas– enfermó y el producto que necesitaba era de Bayer. Entonces, decían: «Ay, ¡qué horrible!». Poco menos que cantaban La marsellesa, pero no le aplicaban una cataplasma, sino que compraban el producto Bayer. Le decían a mamá –¡pobre!, hoy diríamos «la naba chica»–: «Andá y comprá tú, porque yo me muero». Compraban el producto Bayer y le daban la pastilla al tío moribundo.
Mi abuelo –el padre de papá–, que era cirujano, en el año 36 compró un Mercedes. Después reventó la guerra, y un día otro conocidísimo cirujano –padre y abuelo de gente muy conocida–, luego de una operación, le dice: «Pero Juan» –él tenía un Daimler, un coche estilo Rolls-Royce que aún se hace en Inglaterra–, «¿cómo andás en un Mercedes?». Y le responde: «Porque me encanta; me lo compré y solamente hay que echarle nafta». Ya sabía por qué lado venía. Y le dice: «Bueno, pero es hecho en Alemania». Le comenta: «Si lo mirás desde ese punto de vista, yo estoy a favor de los aliados. ¿Cómo te compraste un Daimler?». Mi abuelo había averiguado. «¡Seguro! Tú le costaste tres Daimler al Imperio británico que se está desangrando frente al nazismo. ¡Britain delivers the goods! Y cumplen; importas y te llega, no importa cuánto torpedeen los alemanes. Tuvieron que hacer tres Daimler para que tú andes en Daimler. ¡Fíjate las ametralladoras que se privaron de hacer para fabricarte un Daimler, que querías comprarte uno! Yo, simplemente, tengo un Mercedes». Y quedó así. Y bueno, así es la historia y la petite histoire.
No nos olvidemos de Trotsky, que no me gusta nada, pero lo mandaron a matar los monstruos.
SEÑORA ASIAÍN.- Pido la palabra.
SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora senadora.
SEÑORA ASIAÍN.- Solicito que la versión taquigráfica de mis palabras vertidas en la anterior exposición, sean enviadas a Presidencia de la República; a los ministerios de Relaciones Exteriores y de Educación y Cultura; a las embajadas de Alemania, de los Países Bajos y de Israel; al Comité Central Israelita del Uruguay; a la presidencia de Antel; a todas las universidades y a la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo.
Muchas gracias.

SEÑORA PRESIDENTA.- Se va a votar el trámite solicitado por la señora senadora.  (Se vota).–25 en 25. Afirmativa. UNANIMIDAD.