11/04/2012 ISRAEL Y ESPAÑA
Trajeron el esplendor y la cultura de sus ancestros
Autor: Isac Gliksberg, Uruguay
El 31 de marzo se cumplieron quinientos veinte años desde que los Reyes Católicos emitieron el tristemente recordado Edicto de Expulsión de los judíos de España.
Tanto en Europa, como especialmente, en la cuenca mediterránea, los judíos de España, los judíos sefardíes, tuvieron una influencia muy importante en la vida comercial, cultural y científica.
Tanto astrónomos como literatos, médicos, poetas, matemáticos, y filósofos tuvieron su esplendor y florecimiento en España y sus obras se propalaron de generación en generación hasta llegar a nuestros días.
Acabo de leer, con gran placer, un libro de poemas del primer gran poeta y filósofo que dio el judaísmo español.
Shlomó Ibn Gbirol, el poeta aludido, nació en la ciudad de Málaga en el año 1021, cuando España no era España sino Sefarad, por alusión a la esplendorosa civilización judía que predominaba en toda la península ibérica.
Ibn Gbirol, quien según algunos murió en Valencia en 1070 y según otras fuentes en el año 1058, fue una estrella de primera magnitud en la galaxia del judaísmo sefardí. Debió sufrir a causa de la envidia y la malignidad como el poeta Jeremías, y fue como éste, un varón del dolor.
Su protector, Yekutiel, fue ejecutado por un usurpador y presenció la calamidad que afligió a los judíos de Granada. Como Jeremías, Ibn Gbirol buscó refugio en una inconmovible fe en la justicia divina, dándole expresión en cantos de imponente grandeza. Muchos de los poemas de Ibn Gbirol siguen formando parte aún hoy del ritual de la Sinagoga, como asimismo, se les puede encontrar en todas la bibliotecas del mundo o en casi todas, incluyendo la uruguaya Biblioteca Nacional del Ministerio de Educación y Cultura del país donde nací y aún resido. En esta Biblioteca Nacional está la casi totalidad de la obra poética y filosófica a disposición de quien desee abrevar en esa fuente, como acabo de hacerlo yo.
Ibn Gbirol, cuando era aún muy joven, escribió en el idioma árabe una obra titulada “La fuente de la vida” y un siglo más tarde esta obra, en traducción latina, se convirtió en el libro de texto de filosofía adoptado por numerosas universidades de Europa, aunque en la traducción y copia el nombre del eminente autor quedó desfigurado en Avicebrón, tal cual aún hoy algunos lo denominan, y sólo en el Siglo XIX se descubrió la identidad del autor.
Es bien conocido el gran influjo que tuvo Ibn Gbirol sobre numerosos filósofos y teólogos no judíos y judíos, especialmente sobre el iluminismo de estos últimos.
Ha llegado hasta nuestros días, una leyenda concerniente a la muerte de Ibn Gbirol, en la cual se refleja el amor y la admiración que él suscitaba. La leyenda en cuestión narra que en un ataque de envidioso furor un poeta árabe mató a Ibn Gabirol y enterró su cuerpo bajo una higuera. Inmediatamente floreció y dio fruto aquella higuera.
Algún contemporáneo suyo pronunció la siguiente frase y declaración sobre el gran poeta sefardí: “El Señor lo ungió rey del canto de su nación”.
Expulsados de España y Portugal en el Siglo XV, y tras cinco siglos de peregrinaje por Europa, el Mar Mediterráneo y, muy especialmente, Grecia y Turquía, fue de éste último especialmente que, desde los primeros años del siglo pasado, llegaron a las costas montevideanas, los judíos sefardíes.
No obstante el disloque producido por las notorias distancias geográficas y costumbristas a las que se vieron enfrentados en su nuevo hogar, Uruguay, mantuvieron vigentes no sólo el orgullo y la altivez de su cultura sefardí, pese a las dificultades económicas que debieron soportar todos ellos, como asimismo, su adhesión a la religión y a la ley mosaica.
En la “Ciudad Vieja” de Montevideo, barrio próximo al puerto, por el cual ingresaron al país, de calle entonces de adoquines y de tránsito en sentido opuesto al actual, de casitas bajas de inquilinato con muchas piezas, generalmente, con dos grandes patios cubiertos por claraboyas, desde los años veinte y hasta pasados los años cincuenta, se fue generando en esa zona una peculiar Sefarad montevideana, al impulso del espíritu emprendedor de aquellos jóvenes inmigrantes judíos.
Con frecuencia se oía hablar el judeo-español en las calles y las casas del viejo barrio. Asimismo, varios eran los comercios cuyos propietarios, jóvenes inmigrantes sefaradíes mantuvieron las costumbres y proveían un lugar donde fueran mantenidas para no sentir tan bruscamente la nostalgia del viejo hogar, entonces lejano geográficamente y, muy a su pesar, abandonado por ellos.
Llegaban a estas tierras fundamentalmente de Esmirna, de Salónica, de Alejandría, de Rodas y de otros puntos del Mediterráneo, con su bagaje lleno de esplendor, de la cultura sefardí ibérica y mediterránea.
*Dedico este artículo a la memoria de Doña Julia y Don Jacobo Pilas, humildes inmigrantes sefardíes que llegaron a Uruguay en la década de los años treinta del siglo pasado. Con ellos y con sus hijos, Victoria y Sabeto, residentes ambos en Israel, conviví junto con mis padres, en la década de los años cuarenta, en el inolvidable Sefarad montevideano.
Sefarad en la “Ciudad Vieja” de Montevideo
18/Abr/2012
Aurora, Isac Gliksberg