He tenido el privilegio de que mi cuarto y último año como embajador de Israel en España, que finaliza estos días, haya sido el de la conmemoración de los 25 años desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre nuestros dos países, y, sin embargo, está claro que la decisión que honró a Felipe González y Simón Peres en 1986 no puede derrumbar ni borrar de la noche a la mañana los muros de distanciamiento y hostilidad, los sedimentos que se han acumulado a lo largo de 500 años.