En 1951, la ONU empaquetó tres provincias desérticas en un solo país llamado Libia y reconoció su independencia, con el único fin de que ni EE.UU. ni la Unión Soviética instalaran bases militares en ese vacío arenoso estratégicamente situado. Nadie era optimista sobre el futuro. La ONU envió a un economista, Benjamin Higgins, para que estudiara posibles formas de desarrollar la nación, y recibió un informe descorazonador: «Libia combina todos los obstáculos al desarrollo que pueden encontrarse en el planeta: geográficos, económicos, políticos y tecnológicos; si Libia puede alcanzar un crecimiento sostenido, ningún país ha de perder la esperanza».