La Academia Israelí de Ciencias y Humanidades y la Sociedad Real de Canadá (RSC) firmaron un memorando de entendimiento.
La Academia Israelí de Ciencias y Humanidades y la Sociedad Real de Canadá (RSC) firmaron un memorando de entendimiento.
Oscar Wilde escribió: “De pequeños, los hijos quieren a sus padres; de mayores, los juzgan, rara vez los perdonan”. Como todos los aforismos, este admite salvedades y matices; hay hijos que no quieren a sus padres, los hay que nunca los juzgan. Para bien o para mal, la familia nos determina desde el primer día que asomamos al mundo nuestra cabecita. Nuestros padres configuran nuestra identidad: nos dan el nombre y los apellidos, que nos señalan como hijos suyos. En el imaginario colectivo, los hijos pertenecen a los padres, son una extensión suya. En la Biblia, Dios ordena a Abraham que le sacrifique a su hijo Isaac, y solo una vez ha comprobado que Abraham le obedece, manda a un ángel para que impida el sacrificio. Ese es el término empleado: sacrificio, no ejecución, ni asesinato, ni, en terminología jurídica moderna, parricidio. Abraham al matar a su hijo se sacrifica; ofrece a Dios algo suyo. Ninguna divinidad ha exigido nunca a un hijo que le demuestre su fidelidad sacrificándole a su padre. Los padres no pertenecen a los hijos. Quizá por ello los descendientes heredan la culpa, y no al revés.La conclusión a la que he llegado tras analizar las biografías de las hijas de cinco tiranos, o dictadores, o genocidas, Svetlana Stalina, Carmen Franco, Alina Fernández (hija de Fidel Castro), Gudrun Himmler y Ana Mladic, es que, como era previsible, no hay una norma o un patrón general: unas buscan sacudirse la pesada carga del apellido paterno cambiándoselo y huyendo a otro país; otras, por el contrario, se enorgullecen de su filiación y reivindican con fanatismo la figura del padre, cuyos crímenes niegan; la quinta y última, Ana Mladic, tiene una reacción trágica e imprevisible. Unas se presentan como víctimas, otras eligen ser cómplices; de lo que no cabe duda es de que su trayectoria personal, su identidad, lo que hacen o dicen, quiénes son y cómo las ven los demás, viene determinado por su apellido y que ninguna de ellas ha logrado evadirse de la ominosa sombra paterna.
La experiencia de Israel en el uso del agua con fines productivos y doméstico –y el desarrollo de tecnologías para la utilización de ese recurso estratégico– pueden ser transferidos a Uruguay, incluyendo aspectos vinculados a las políticas nacionales que rigen este tipo de servicios. Luego de disertar sobre el tema en la Cámara Mercantil de Productos del País (CMPP), el embajador israelí, Dori Goren, destacó a El Observador que entre las experiencias valiosas de su país sobresale el manejo nacional del agua que se hace desde el gobierno y cuya autoridad designada a tales efectos hace cumplir en forma muy estricta las normas, de la mano de la elaboración de proyectos nacionales de distribución y conducción de agua.
Si el lema de la protesta de 2011 fue «el pueblo exige justicia social», el lema de este año es «el pueblo exige de todo.» Así se reanudó, a un año de las históricas protestas en Europa que luego vinieron a Israel, la protesta social. Diluida en número, con reclamos poco claros que el gobierno ni se molesta en escuchar… La protesta social volvió, tal como se esperaba en la noche de motzei shabat, pero mostró una nueva cara: Si en el verano de 2011 había comenzada como una protesta pequeña en una tienda de campaña, destinada a reducir los precios de la vivienda, fue ahora una coalición extraña y sin fin de intereses y agendas que todavía tienen que encontrar un terreno común. Si el lema de la protesta de 2011 fue «el pueblo exige justicia social», el lema de este año es borroso y difuso: «el pueblo exige de todo.»