El nuevo plan del presidente Barack Obama para aportar paz y orden al convulsivo Medio Oriente tiene un elemento provechoso y otro ilusorio. El respaldo financiero y político a las rebeliones populares en la mayoría de los países árabes desvincula saludablemente a Estados Unidos de su tradicional alianza con perdurables déspotas útiles y lo vuelca a favor de reformas democratizadoras. Pero su proyecto de apaciguar el conflicto entre Israel y los palestinos es un sueño condenado al fracaso desde el primer momento.