Ha fallecido uno de los titanes de la
comedia judía. ¿O uno de los titanes judíos de la comedia? Difícil decidirlo:
Gene Wilder (1933-2016) supo mezclar el humor con su bagaje ancestral judío de
un modo casi inigualable, y sin duda eso lo convirtió en un patrimonio de ambos
mundos: la comedia y el Judaísmo. En el link al final del artículo se podrá ver
una escena del film “El rabino y el pistolero”: https://www.youtube.com/watch?v=ncdgaqhkiSw
Nació en Milwakee, en un familia judía de
origen ruso. Egresado de la Universidad de Iowa, para ganarse la vida en los
inicios de su carrera artística condujo limousinas y dio clases de esgrima. En
1961 llegaron los primero buenos papeles en el teatro musical llamado
“off-Broadway”, y en 1964 fue contratado para participar en un montaje de Madre
Coraje y sus hijos (una de las obras emblemáticas de Bertolt Brecht), en el
papel coestelar con Anne Bancroft. La actriz quedó tan encantada con el trabajo
de Wildr que lo recomendó con el director y humorista judío Mel Brooks, y allí
se empezó a gestar una relación que habría de provocar muchísimas carcajadas en
años posteriores.
Su debut en el cine fue con la cinta Bonny and
Clyde (1967), de Arthur Penn, y de inmediato comenzó su colaboración con Brooks
en Los productores (1968); pero la consagración definitiva vino con su papel de
Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolates (1971), dirigida por Mel
Stuart (producción considerada por la crítica como muy superior al remake de
Tim Burrton con Johny Depp en el papel protagónico).
Después vinieron las películas memorables
que lo convirtieron en todo un icono de la comedia estadounidense: Todo lo que
usted quería saber del sexo y no se había atrevido a preguntar (1972), de Woody
Allen; El joven Frankenstein (1974), de Mel Brooks; Locura en el Oeste (1974),
también de Brooks; El hermano más listo de Sherlock Holmes (1975), del propio
Wilder; El rabino y el pistolero (1979), de Robert Aldrich.
Pero, fuera de toda duda, las más graciosas
fueron las que hizo compartiendo estelares con Richard Pryor (1940-2005): El
expresso de Chicago (1976), Locos de remate (1981), No me chilles que no te veo
(1989) y No me mientas que te creo (1991).
Curiosamente, la relación entre Pryor y
Wilder nunca fue precisamente amable. En realidad, había muchas tensiones, y
muchos consideran que eso fue debido a los fuertes problemas de adicciones que,
por entonces, tenía Pryor. De todos modos, Wilder siempre reconoció que no hubo
otro actor con el que pudiera lograr la química cómica que tuvo con él.
Wilder se casó en 1984 con Gilda Radner
(1946-1989), también judía y célebre actriz y comediante, cuya muerte en 1989 a
los 42 años de edad y como consecuencia de cáncer de ovarios conmocionó al
público estadounidense. Desde entonces, Wilder empezó a dedicar mayores
esfuerzos en el activismo para concientizar a la gente sobre este tipo de
enfermedad. Primero fundó la asociación Gilda’s Club dedicada a la memoria de
su esposa, luego en 1998 escribió el libro La enfermedad de Gilda, y un año
después abandonó de manera definitiva su carrera como actor para dedicarse a
las actividades altruistas.
En 2005, publicó sus memorias bajo el título
Bésam como a un extraño, y en 2007 publicó una novela ambientada en la Primera
Guerra Mundial y titulada Mi prostituta francesa.
En todo ello aflora mucha de su
personalidad judía: la comedia, el altruismo, la tragedia y la convicción por
hacer algo útil a partir de ello, la vocación de escritor.
Sus momentos hilarantes en la pantalla
grande son muchos y memorables.
Por ejemplo, su participación en un sketch
sobre la sodomía en la película “Todo lo que usted quería saber del sexo” y no
se había atrevido a preguntar, de Woody Allen. Wilder es un psiquiatra que
empieza a atender a un campesino armenio que se ha enamorado de una de sus
ovejas, y cuando el animal es llevado al consultorio, Wilder también se enamora
perdidamente. Se lo lleva con él y empieza una doble vida que poco a poco lo va
consumiendo. El clímax, woodyallenesco al máximo, es cuando la esposa, su abogado
y un fotógrafo irrumpen en le cuarto del hotel donde esta Wilder con la oveja,
y le toman fotos para usarlas como pruebas en el juicio de divorcio. Wilder
está en pijama y la oveja tiene puestos ligueros (lencería) negros.
O en El joven Frankenstein, parodia de la
novela clásica de terror, donde Wilders interpreta al doctor obsesionado con
resucitar a un cadáver, y hace mancuerna con un formidable Marty Feldman
(1934-1982) en el papel de Igor. Una de las escenas más maravillosas sucede
después de que Frankenstein le pide a Igor que se robe el cerebro de un gran
científico ya fallecido; torpe como él solo, Igor revienta en el piso el
cerebro que le habían encargado, y toma otro esperando que Frankenstein no se
dé cuenta.
Cuando por fin el monstruo es regresado a
la vida pero empieza a tener severos problemas de todo tipo (comportamiento,
lenguaje, psicomotricidad) y se hace evidente que es un bruto, Frankenstein
interroga a Igor, que no tiene más remedio que admitir que tuvo que llevar otro
cerebro. El ya bastante histérico doctor le pregunta el nombre a su sirviente,
que empieza a decirle “oh, se llamaba… Abe (normalmente, diminutivo de
Abraham)… Abe… algo, no recuerdo”. Y Frankenstein empieza a adivinar poco a
poco hasta que revienta en gritos: “¿Abe? ¿De casualidad no era… Abe.. Normal?”
Igor contesta extasiado que sí, que el tipo de llamaba Abe-normal, en realidad,
Abnormal, que en español se traduce “subnormal”.
Pero acaso a los judíos nos resulta más
entrañable el papel que hizo en El rabino y el pistolero, donde compartió
créditos con un recién estrenado Harrison Ford. Wilder hace el papel de Abraham
Belinski, un rabino polaco del siglo XIX que ha sido contratado para hacerse
cargo de la comunidad judía de San Francisco, pero tiene que cruzar todo el
país desde Nueva York hasta California. Recién llegado a Filadelfia, entra en
contacto con tres forajidos: los hermanos Dan y Darryl Diggs, y su socio, el
Sr. Jones. Después de robarle casi todo lo que tiene, lo dejan abandonado a su
suerte y herido. El rabino Belinski es salvado por una comunidad Amish
(menonitas radicales), y se generan una gran cantidad de confusiones porque
Belinski piensa que son judíos.
Su travesía sigue y por fin conoce a Tommy
Lillard (Harrison Ford), también forajido, pero con el cual establecerá una
relación entrañable que va madurando pese a lo distintos que son (por ejemplo,
cuando Lillard roba un banco y resulta que no pueden huir como quisiera, porque
Belinski no está dispuesto a montar a caballo en Shabat). Las aventuras siguen,
y uno de los momentos más hilarantes es cuando son hospedados en un Monasterio
Cisterciense donde los monjes tienen voto de silencio, y Belinski y Lillard
provocan que todos empiecen a hablar, rompiendo con ello un voto que llevaban
varios años guardando fielmente.
Belinski va a explicando poco a poco a
Lillard de qué se trata el Judaísmo, aunque no logra explicarle dónde está
Polonia. Le dice que queda “cerca de la República Checa”, y Lillard pregunta,
ingenuo, si acaso eso queda por Pittsburgh. Por supuesto, tampoco logra hacerle
comprender como algo “muy lógico” que parte de su contrato como rabino incluya
casarse con una mujer que no conoce, hija de uno de los líderes más prominentes
de la sinagoga.
El momento más crítico es cuando el rabino
Belinski no tiene más alternativa que matar a uno de los hermanos Diggs, con
quienes han vuelto a tener problemas. El otro hermano, obsesionado con
vengarse, los perseguirá hasta San Francisco, donde Lillard se encarga de
obligarlo a huir, no sin que el rabino Belinski, frente a toda su congregación,
le responda al criminal en un estilo completamente talmúdico:
“Te regalo el mundo entero, pero a mí
déjame San Francisco”.
Pero no todo parece feliz: pese a que la
comunidad judía de San Francisco recibe a Belinski con toda la felicidad del
mundo –e incluso a Lillard, sorprendido por tanta hospitalidad– resulta que en
el lapso de ese tiempo la hija del Sr. Bender, prometida como esposa al rabino,
ya se ha casado.
Bender está profundamente apenado, pero
para desconcierto de Lillard que sigue sin entender las costumbres judías, le
dice a Belinski que tiene otra hija menor y que puede casarse con ella. La hija
menor resulta ser una hermosísima Penny Peyser, y la boda se realiza como toda
buena boda judía: llena de simjes (alegrías), najes (satisfacciones) y brojes
(bendiciones).
Se ha ido un grande. Su qué hacer entre
nosotros terminó, y deja lo mejor que puede dejar un ser humano al partir, a
juicio de varios autores judíos desde la antigüedad: un buen nombre.
Nos hizo reír mucho con sus películas, pero
un día decidió abandonar ese oficio. Y se dedicó a ayudar. Entendió que ni
siquiera la risa tiene sentido si el ser humano no hace el esfuerzo por aliviar
el dolor de otros.
Habrá que decir Kadish por Willy Wonka, Víctor
Frankenstein, el Rabino Belinski y muchos otros más, todos al mismo tiempo.
Descanse en paz, Gene Wilder (Zijronó
Librajá – que su recuerdo sea bendición).
Se nos fue un grande del humor judío: Gene Wilder
30/Ago/2016
Enlace Judío, México, Por Irving Gatell