Israel. Tierra santa y
cosmopolita
Más de cinco mil años de
historia fluyen ahora bajo mis pies, a mi alrededor, en un kilómetro cuadrado
cercado por una muralla de ocho puertas que recibe peregrinos de todo el
planeta. Quieren ver, tocar, abrazar, sentir, rezar. La Ciudad Vieja de
Jerusalén es apabullante, inabarcable, misteriosa. En excavación constante,
siempre habrá algo nuevo por descubrir: Jerusalén es el súmmum del arqueólogo,
la iluminación del peregrino, el destino inevitable del viajero.
Veinte horas de vuelo con
escala en Roma se necesitan para llegar desde Buenos Aires hasta esta tierra,
santa y prometida para muchos. El aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv es tan
moderno como algunos rincones de la capital financiera de Israel, una ciudad
cosmopolita que no descansa, emblema secular en un país atravesado por la
religión. Jerusalén, a una hora de viaje, es el punto de partida de un
itinerario que continúa flotando por el Mar Muerto y acaba en la ecléctica Tel
Aviv.
Cuna de religiones
Cuatro barrios: el judío,
el cristiano, el armenio y el árabe se encuentran en la Ciudad Vieja. Por fuera
de esos muros tan bien conservados –cuya roca, la piedra de Jerusalén, se
replica en toda la ciudad como norma inalterable de una construcción
preservada– la leyenda continúa. En el Monte de los Olivos, y una panorámica
grandiosa que permite ver la historia amurallada como si fuera una maqueta. En
sus laderas se despliega un cementerio judío de tumbas límpidas; más abajo, al
final de la senda que recorrió Jesús el Domingo de Ramos, la iglesia de
Getsemaní. A su lado, el mismo olivo que vio el hombre que sería crucificado un
día después, quien pasó esa última noche dentro de una gruta cercana. Enfrente,
pegado a las murallas, el Monte Sion, otrora intramuros, donde se cree que está
la tumba del rey David; donde fue la Ultima Cena, donde se instaló el barrio
armenio. “Podemos hacer un tour de diez días allí dentro”, dice Nurit Baram,
guía del Ministerio del Turismo de Israel.
Jerusalén es Patrimonio
de la Humanidad. Cada baldosa de esta ciudad contenida en la muralla de ocho
puertas construida por el turco Suleimán en el siglo XVI alberga una porción
importante del Viejo y el Nuevo Testamento; narraciones épicas, tradiciones
milenarias, invasiones, destrucciones y reconstrucciones, mesías, santos y
guerras santas.
Las puertas de Yafo y de
Sión son las más cercanas al Muro de los Lamentos, en el barrio judío. Frente a
ese paredón sagrado, el murmullo es permanente. Cada tanto, alguna voz se alza
por sobre las demás. Un grito, un ruego, un canto, una súplica. Un rezo. Los
judíos ortodoxos deambulan vestidos de riguroso negro, largas barbas y
sombrero. Rezan sentados en pupitres o de pie, inclinando su cuerpo una y otra
vez; caminan con la mirada perdida mientras murmuran plegarias, algunos parecen
dormidos. ¿O están en trance? Otros apoyan su rostro y se aferran a un pedazo
de esa roca sagrada, entre cuyos recovecos hay millones de papelitos enrollados
que dejan turistas y peregrinos, con plegarias impresas a mano alzada.
Estas piedras son el
único vestigio del Segundo Templo, destrozado por los romanos, aquel que
reconstruyera el rey Herodes, hijo de Salomón, luego de que los bizantinos
destruyeron el primero, el que contenía el Arca de la Alianza. Al costado,
separadas por una valla rezan las mujeres, que según las reglas del judaísmo
ortodoxo no pueden mezclarse con los hombres en los sitios sagrados. Tienen
faldas largas, pañuelos que cubren sus cabezas. También deambulan, se sientan,
se aferran al muro. También piden, agradecen, alaban.
Al otro lado está el
barrio árabe, el más grande de los cuatro sectores. En la Explanada de las
Mezquitas, sobre el Monte Moria, se encuentran el Domo de la Roca y la Mezquita
del El Aqsam, uno de los lugares más sagrados para el Islam. Según el Corán (la
escritura sagrada del Islam), es en el Domo donde el profeta Mahoma habría
ascendido al cielo para encontrarse con Alá. El lugar es también de importancia
vital para el judaísmo: el Antiguo Testamento dice que fue aquí donde Abraham
estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac, y donde se puso la piedra
fundamental para construir el mundo.
Los horarios para visitar
el Domo y la Explanada de las Mezquitas son restringidos para los que no
practican el Islam. La puerta de Damasco es la entrada directa al barrio árabe,
un shuk (mercado) infinito donde el regateo es regla y se vende de todo:
souvenirs, objetos religiosos, alfombras persas, camisetas de fútbol, comidas
callejeras típicas como el falafel (pasta de garbanzo frita en pan árabe) y el
shawarma (carne de cordero en fetas dentro de pan árabe). Por esas mismas
calles se pasa al barrio cristiano, la Vía Dolorosa y la Iglesia del Santo
Sepulcro, donde Jesús fue crucificado, enterrado, y donde también resucitó. La
Ciudad Vieja es un gran mercado a cielo abierto. Un entramado de callejuelas
donde cada paso es sagrado.
Postales del Mar Muerto
Israel tiene una
superficie de 20.700 kilómetros cuadrados, menor que la de Tucumán. Las
distancias son cortas, y entonces se puede ir desde Jerusalén, a 800 metros de
altura, hasta el Mar Muerto –el punto más bajo de la Tierra, una depresión a
416 metros bajo el nivel el mar– en poco más de una hora, en un viaje de cien
kilómetros surcando el desierto de Judea.
En la misma ruta está
Massada (fortaleza), la mítica ciudadela construida por Herodes, que fue el
último bastión del pueblo hebreo en la guerra contra los romanos, alrededor del
año 60 a. C. El asedio romano terminaría en el suicidio colectivo de toda la
población. Las ruinas, en lo alto de una meseta y con preciosa panorámica del
Mar Muerto, son Patrimonio de la Humanidad. Vale la pena detenerse. Lo ideal es
subir en teleférico y bajar a pie.
Unos kilómetros más
adelante está el complejo hotelero del Mar Muerto, que en hebreo es Iam Ha
Melaj o Mar Salado. Aquí hay una docena de hoteles cuatro y cinco estrellas, y
un par de centros comerciales que venden productos cosméticos elaborados con
minerales del Mar Muerto. Se dice que estas aguas tienen propiedades curativas.
Por eso los turistas se embadurnan con el lodo, como las dos rubias ucranianas
que se divierten en la orilla, o la familia polaca que posa flotando para las
fotos: panza arriba, panza abajo, manos al cielo; aquí no hay cómo hundirse, y
hacer la plancha es lo más simple: el Mar Muerto tiene un altísimo índice de
salinidad, que alcanza el 28 por ciento.
Se acerca un feriado
largo y hay muchos turistas locales. Judíos y árabes se entremezclan en las
sulfurosas aguas de este piletón salado de 800 kilómetros cuadrados, que limita
con Jordania. Dos hombres, que dicen vivir cerca de Gaza, avivan el fuego de su
asado e insisten para que este cronista los acompañe. Aseguran que no hay problemas
en la frontera, que todos los días andan por ahí. Un grupo grande de familias
árabes charla en la orilla. Algunas de las mujeres se bañan con las túnicas
puestas, mientras hombres y niños chapotean. Atardece y el cielo vira a un
anaranjado-violáceo. Sólo queda echarse a flotar.
Tel Aviv, la ciudad
blanca
“Menos es más. Y Dios
está en los detalles”, dice Sharon Golan, arquitecta del departamento de
conservación de Tel Aviv. La religión también se cuela de alguna manera en la
ciudad de la cultura secular. Una metrópoli que ostenta cuatro mil edificios
del estilo Bauhaus, razón suficiente para que la Unesco le diera el título de
Patrimonio Mundial. La Bauhaus (“bau”, construcción; “haus”, casa en alemán)
fue una escuela de diseño, arte y arquitectura alemana, una usina del
pensamiento del arte contemporáneo nacida a principios de siglo pasado, fundada
por el arquitecto berlinés Walter Gropius. “Simplificar las formas y reducir el
objeto a la mera funcionalidad”, pregonaba el hombre. La unión entre el uso y
la estética. Diseños simples, minimalistas, líneas rectas.
“Tel Aviv estaba buscando
un estilo que la defina, que hablara de las ideas socialistas, de ajustarse al
espacio y a las condiciones climáticas. Este no es el estilo que vino de
Europa, sino uno nuevo que simbolizaba esa utopía”, señala la arquitecta. Tel
Aviv es también una ciudad-jardín, como la soñó y proyectó el paisajista
escocés Sir Patrick Geddes. Limpia, prolija, una urbe con estilo europeo en el
corazón de Medio Oriente. Amplios bulevares y arboledas, un delicado equilibrio
entre los hoteles cinco estrellas que se alzan frente a la playa, los
rascacielos modernos y los edificios bajos y racionalistas de la Bauhaus.
Hay un shopping ochentoso
como el Dizengoff Center y una calle comercial como Ben Yehuda. Locales de ropa
vintage y vestidos hippies de India, algunas librerías, puestos de comida
callejera, panaderías, bares. El shuk Carmel es un lugar bullicioso y caótico,
pero al mismo tiempo limpio y organizado. Un festival de colores, sabores y
aromas, donde se consiguen especias, carnes y verduras frescas; comidas típicas
como el falafel, souvenirs, DVD, ropa, zapatos, y más.
Tel Aviv tiene 405.000
habitantes en 50 kilómetros cuadrados y unos diez kilómetros de playa frente al
Mar Mediterráneo. Yafo, el casco histórico, es uno de los puertos más antiguos
de Medio Oriente. Actualmente es un pintoresco barrio de casas de piedra y un
laberinto de callecitas que se abren, suben y bajan desde y hacia el mar. Hay mezquitas,
museos, galerías de arte y bares abiertos hasta altas horas de la noche. A la
vera del mar, sobre la rambla, hay un viejo almacén portuario reciclado, una
especie de hangar vidriado que contrasta con las edificaciones antiguas que
predominan aquí. Adentro hay negocios variopintos y restaurantes para paladares
exigentes. Afuera, el mercado de pulgas se extiende por varias calles. Son más
de 150 puestos donde se entremezclan alfombras persas con telas y vestidos del
Lejano Oriente, muebles de segunda mano, bijouterie, recuerdos religiosos.
La casa-museo de Ilana
Goor, una artista inclasificable y extravagante que trabaja con esculturas en
bronce, confecciona ropa, joyas e instalaciones, fue la primera hostería para
peregrinos judíos camino a Jerusalén. Treinta años atrás compró este caserón de
trescientos años en el corazón de Yafo, y lo recicló tal como lucía antaño. Hoy
son tres pisos con obras de arte de todo tipo, que desembocan en una terraza
con una vista espectacular. Ilana viaja alrededor del mundo revolviendo
mercados y consigue objetos únicos e invaluables que forman parte de su
colección de más de 500 piezas, entre las que tiene esculturas de artistas como
Henry Moore y Giacometti.
El Museo de Arte de Tel
Aviv alberga una enorme colección de arte israelí; junto con ella hay obras de
Chagall, Cézanne, Monet y Van Gogh. El nuevo edificio, inaugurado en 2011, está
emplazado en el Shaul Ha Melech Bulevard, un complejo cultural al aire libre
donde también están la Biblioteca, el Centro de Artes Escénicas y el edificio
de la Corte. La movida alternativa de arte y diseño emerge con fuerza en el
barrio de Noga, como un SoHo en minatura. Son un par de calles nomás, pero hay
varios locales y gente joven con ímpetu y espíritu emprendedor. Bloomfield es un
espacio que agrupa varios diseñadores. “Si alguien te dice que no mezcles
trabajo con placer, no lo escuches”, pregona Ofer Shahar, que hace muebles
reciclados.
En Tel Aviv se puede
salir todos los días de la semana “hasta que se vaya el último cliente”, como
suelen decir por aquí, en esta ciudad que no descansa, con bares y boliches por
doquier, sobre todo en la calle Bograshov y las inmediaciones del bulevard
Rotschild.
La playa es un
espectáculo aparte. En la rambla se anda en bicicleta, en rollers y se corre.
Unos veteranos le dan fuerte a la pelota paleta. En la arena hay fútbol, vóley,
y fut-voley. También hay quien toca melodías de fogón, pibes con amplificadores
que despiden un tecno rabioso y música en los paradores. Andando por la rambla,
en las inmediaciones de Yafo, se ven mucho más árabes que en Golden Beach, la
playa céntrica. La convivencia parece ser buena, aunque árabes y judíos no se
entremezclen. Las mujeres se bañan en el mar con sus velos de colores y
vestidas hasta los tobillos. A su lado, un par de rubias nórdicas toman sol de
espaldas y una pareja israelí hace un picnic playero.
Cae el
sol y los bares del puerto de Yafo son un buen lugar para disfrutar de una
cerveza frente al Mediterráneo.