Rita Levi-Montalcini, el tesón de la “dama de la neurona”

16/Mar/2016

Pikara Magazine

Rita Levi-Montalcini, el tesón de la “dama de la neurona”

Mujer y judía en la Italia fascista, dio
con las claves de la neuroembriología en laboratorios clandestinos
enfrentándose al machismo y el racismo
“El futuro del planeta depende de la
posibilidad de dar a todas las mujeres el acceso a la instrucción y al
liderazgo”. Esta frase resume buena parte del ideario feminista de la
neurocientífica italiana Rita Levi-Montalcini. Ella tuvo que luchar por su
acceso a la instrucción e hizo posible el de muchas otras mujeres con su
activismo. Los frutos de su instrucción son hoy patrimonio de todos. Aunque su
teoría del desarrollo embrionario cuenta entre las pocas firmemente
establecidas en biología tardó décadas en ser aceptada. Sus aportaciones a la
neuroembriología han sido cruciales para comprender el desarrollo del sistema
nervioso y están ayudando, entre otras cosas, a avanzar en la investigación
para la prevención de enfermedades neurodegenerativas. En sus textos no
científicos atacó toda clase de dogmatismo, defendió los derechos de las
mujeres y subrayó el valor de la autonomía y la honestidad.
El comienzo de una carrera de obstáculos
El despertar de la vocación científica de
Rita Levi-Montalcini sólo encontró impedimentos. El primero vivía ya en su casa
antes de que ella naciera. Creció en el seno de una familia judía de origen
sefardita, acomodada y culta, pero tradicional. Su padre, hombre autoritario y
de carácter explosivo, encontraba absurda la idea de que una mujer recibiera
educación superior. Tanto él como su mujer querían ver a sus hijas convertidas
en madres y esposas ejemplares. Pretendían que, al terminar su educación
básica, Rita y su hermana gemela Paola asistieran a una escuela femenina en la
que aprenderían todo lo que una buena esposa necesitaba saber. Pero ellas
tenían otros planes: a finales de los años veinte Paola comenzó a estudiar
pintura con Felice Casorati mientras Rita preparaba el examen de acceso a la universidad.
Ninguna de las dos se casó ni tuvo hijos.
Solía decir que ella misma era su propio
marido y que nunca habría podido soportar la falta de libertad a la que el
matrimonio condenaba a las mujeres
En el momento en que sus padres entendían
que debían comenzar sus vidas domésticas ellas cimentaron sus vidas culturales.
Paola daba los primeros pasos de lo que sería una exitosa carrera artística y
Rita ingresaba en la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín. Entre más
de trescientos alumnos sólo había siete mujeres. Sus compañeros la describían
como un calamar dispuesto a escupir su tinta ante cualquier intento de
galanteo. Siendo aún adolescente había decidido que nunca se casaría. Solía
decir que ella misma era su propio marido y que nunca habría podido soportar la
falta de libertad a la que el matrimonio condenaba a las mujeres del entorno en
el que creció. Hablaba a menudo del “dominio victoriano” de su padre y de la
sumisión de su madre. Ella no estaba dispuesta a reproducir ese modelo.
Una científica clandestina
En 1938 Mussolini promulgó el Manifiesto
por la Defensa de la Raza, que obligó a todas las personas judías a abandonar
sus puestos docentes e investigadores en centros italianos. Rita
Levi-Montalcini era una de esas personas. Llevaba investigando el desarrollo
embrionario del sistema nervioso en la Universidad de Turín desde su
licenciatura en 1936. Su trabajo era irreprochable, pero tuvo que dejar el
laboratorio.
Ni la oposición paterna ni el racismo
hicieron que Rita se rindiera. Con el guiño antisemita de Mussolini a la
Alemania nazi todo el apoyo institucional para su investigación se había
esfumado de la noche a la mañana. Por eso, poco después de su expulsión de la
universidad en verano de 1938, la joven investigadora improvisó un pequeño
laboratorio en su habitación e inició allí unos estudios que revolucionarían la
neuroembriología. Al año siguiente, el guiño de Mussolini a Hitler se convirtió
en alianza militar y las ciudades del norte de Italia sufrieron constantes
bombardeos. Rita y su familia tuvieron que refugiarse en el campo, y su
laboratorio clandestino fue a peor: un microscopio, una incubadora y escalpelos
que tuvo que forjar con sus propias manos.
Cuando en 1943 los alemanes ocuparon los
alrededores de Turín, Levi-Montalcini y su familia abandonaron su vida retirada
en el campo para llevar una similar, pero ahora cerca de Florencia. Allí
trabajó para la Cruz Roja y al terminar la guerra regresó a Turín para retomar
por fin sus investigaciones en un laboratorio profesional, el mismo del que le
habían expulsado siete años antes.
Su trabajo desveló las claves del
desarrollo embrionario del sistema nervioso
Los embriones de todos los animales
comienzan por ser pequeñas pelotas de células idénticas. Conforme el embrión va
desarrollándose, sus células se diferencian para formar los distintos tejidos
(huesos, piel, etc.). En determinada fase del desarrollo, los miembros del
embrión (patas, alas, etc.) ya pueden distinguirse, pero a ellos no llega
todavía ninguna neurona desde la médula espinal, y de hecho las células que
acabarán formando la médula todavía no son neuronas. Antes de que el embrión
rompa el saco amniótico o el cascarón, las células de su futura médula espinal
tienen que desarrollarse como neuronas y estirarse hasta alcanzar cada miembro
para conectarlo con las áreas del cerebro que lo controlarán. Tienen que
convertirse en neuronas y alargarse hasta su destino sin equivocarse de camino.
¿Cómo lo consiguen? Levi-Montalcini buscaba la respuesta en laboratorios improvisados
desde finales de los treinta mientras Viktor Hamburguer hacía lo mismo en
Estados Unidos, pero en laboratorios profesionales. La italiana leyó sus
conclusiones en 1940, pero no concordaban con los resultados que ella había
obtenido.
Su investigación condujo al descubrimiento
del primer factor de crecimiento, el factor de crecimiento nervioso (FCN). Sus
teorías y descubrimientos tardaron décadas en ser aceptados, pero le valieron
el cuarto Nobel de Medicina concedido a una mujer, el de 1986
Cuando a un embrión se le amputa un miembro
en desarrollo, más de la mitad de las células que tendrían que diferenciarse
como neuronas y llegar a ese miembro desde la médula mueren. Según Hamburguer,
esto sucedía porque, al faltar el miembro, éste no puede segregar un hipotético
factor inductor gracias al cual células indiferenciadas se convierten en
neuronas y se prolongan hasta llegar al miembro. Rita descubrió primero que
muchas de esas células no morían por la falta del miembro, sino naturalmente,
en un proceso de muerte celular programada que hoy llamamos apoptosis. Más
tarde descubrió que algunas de aquellas células se convertían en neuronas
aunque el miembro al que tendrían que llegar faltara. La conclusión lógica era
que el factor que Hamburguer había imaginado no podía inducir a células
indiferenciadas para que se desarrollen como neuronas. Cuando la joven
científica llevaba apenas unos meses de vuelta en el laboratorio de Turín sus
resultados habían llegado ya a oídos de Hamburger. El profesor que dirigía su
investigación en Turín le propuso hacer una visita de un semestre al
laboratorio del científico americano. Aceptó y el semestre duró más de veinte
años.
Allí, en Estados Unidos, emprendió una
larga e intensa investigación que condujo al descubrimiento del primer factor
de crecimiento, el factor de crecimiento nervioso (FCN). El FCN es una proteína
que guía el crecimiento de las neuronas de la médula espinal durante el
desarrollo embrionario: le dice a cada cable cómo llegar a su enchufe. La guía
química del factor de crecimiento es necesaria para que cada neurona llegue a
su órgano y contribuya a controlarlo desde el cerebro. Hoy se conocen cientos
de factores de crecimiento y nadie duda de su relevancia en el control de
infinidad de procesos biológicos. Sin embargo, hizo falta tiempo para que los
biólogos aprendieran a mirar sin desconfianza el sorprendente campo de
investigación abierto por Levi-Montalcini.
La última dificultad que su carrera
científica tuvo que vencer fue el ninguneo la propia comunidad científica. Sus
teorías y descubrimientos tardaron décadas en ser aceptados, pero cuando lo
fueron le valieron el cuarto Nobel de Medicina concedido a una mujer, el de
1986.
Gracias a la Fundación Levi-Montalcini
miles de mujeres han podido estudiar
En 1992 Rita y Paola crearon la Fundación
Levi-Montalcini, que la neurocientífica italiana presidiría hasta su muerte.
Desde su nacimiento, la fundación ha conseguido miles de becas para que mujeres
africanas puedan estudiar. La intención de las hermanas Levi-Montalcini al
crear la fundación era la de ayudar a construir sociedades libres de machismo
estructural en el continente africano. A pesar de haber creado la fundación con
más de ochenta años, Rita nunca fue una presidenta honorífica: todas las tardes
trabajaba en las oficinas de la fundación, y aun así seguía encontrando tiempo
para colaborar con la Comisión de Derechos Humanos y el Departamento de
Justicia del Senado de la República Italiana. Además, continuó combinando su
compromiso político y su vocación intelectual: siguió de cerca la actualidad
científica y política y escribió con lucidez y entusiasmo hasta su muerte en
diciembre de 2012. Estaba a punto de cumplir 104 años.