Como Licenciado en
Antropología Social me resulta difícil dejar de pensar en clave cultural, dejar
de tomar como fundamento de nuestro ejercicio aquello que hacen, piensan y
sienten grupos de sujetos, identificándose
o diferenciándose por ello de otros, que se caracteriza por ser, aprendido,
construido, compartido, simbólico, siendo, siempre, necesariamente móvil,
dinámico, aunque los sujetos al pensarlo, siempre también, intenten inmovilizarlo y reducirlo.
Parte de la dinámica es
que en todas las culturas hay un sector que desea cambiar y otro que solicita
conservar e impedir el cambio, pueden ser mayoría unos u otros y eso hablará de
las características de las sociedades a las cuales nos referimos.
El tiempo y el espacio
son también dimensiones fundamentales para la comprensión de la cultura en
general y de los fenómenos sociales, los cuales adquieren significado, al asociarse a un tiempo y un espacio
particulares. Aprendemos en la historia y la geografía que la vinculación entre
distintos pueblos genera preguntas a las partes, generando en casos
resistencias, en otros cambios o
asimilaciones. Cualquier objeto o artefacto, que está sobre mi mesa de
trabajo cuenta una historia, si soy capaz de escucharla, teniendo los elementos
para decodificarla, así también lo tienen nuestras prácticas cotidianas y el
lugar que nos damos a nosotros mismos o nos dan en el colectivo donde
habitamos.
Ser mujer u hombre no
significa ni ha significado lo mismo a través de los tiempos, ni significa lo
mismo en distintos espacios en nuestra contemporaneidad.
Cuando pensamos en la
religión lo hacemos en el vínculo que todos nosotros, todos, tenemos de alguna
manera con lo trascendente, lo espiritual y sagrado, en nuestra relación con las
preguntas que se nos hace difícil contestar, los misterios que año tras año a
través de la ciencia, en sentido amplio incluyendo a la filosofía, intentamos
respondernos. Como decía el gran ingeniero uruguayo Eladio Dieste en el
homenaje al escultor Yepes “todos sabemos mirando lo que nos rodea y mirándonos
a nosotros mismos que estamos hundidos en un mar de misterio y que nosotros
mismos somos una fuente inagotable del mismo misterio”.
Si los conceptos hombre y
mujer los unimos al de religión encontraremos también que a lo largo de la
historia, el lugar que se le ha asignado a cada uno ha variado y varía aún, así
como lo hacen la cultura y las sociedades.
Solo me referiré a dos
grandes (por cantidad de fieles e influencia en nuestra cotidianeidad cultural)
religiones, excluyendo a otras, pues, tomar las otras se hace imposible dentro
de los límites de un pequeño texto. Estas son, también en sentido amplio, el
judaísmo y el cristianismo. Me pregunto, ¿cuál es el lugar de las mujeres en
estas dos religiones? Mientras escribía recordé que hace ya muchos años en una
la hija de un amigo, de unos cinco años, le preguntó a un sacerdote católico
romano de su familia cual era la razón por la cual las mujeres no podían
ejercer el sacerdocio. El, sabiamente, envío la pregunta al futuro diciéndole
que era muy pequeña para entenderlo, augurando que siendo grande lo entendería.
Aún hoy la pregunta está sin respuesta, el sacerdote no ha buscado a la niña ya
grande para responder la pregunta y es posible que la niña se haya olvidado,
pero aún hoy deben llegar al Vaticano por diversos canales, propuestas que
discuten esta posibilidad pues la
respuesta no parece ser fácil. Pensando
en la respuesta a esta pequeña desde la
religión católica me pregunté si en el judaísmo pasaría lo mismo y me
llevé una sorpresa, lo que me hizo investigar más y llevarme otras. Más allá de
que en el judaísmo ortodoxo las mujeres no tienen lugar como rabinos en el
ritual, la sorpresa es que existen rabinas dentro de los grupos reformistas. En
el sector de los judíos ortodoxos la mujer, aún, no tiene palabra, siempre en
sentido amplio, rigiendo hoy para algunos grupos judíos religiosos el precepto
antiguo. Buscando material me encontré con esta cita de la rabina argentina
Graciela Sribman quien asegura que: “Hasta finales del siglo XIX y comienzos
del XX, la mujer estaba exceptuada de la sinagoga y sus rituales. Su lugar era
la casa y la educación de sus hijos. No se la contaba para el minyan (grupo de
10 hombres necesario para decir algunas oraciones); no leía del Pentateuco,
Tora; no usaba talit (manto ritual), kipa (solideo) ni tefilin(filacterias); no
tenía obligación de participar de los servicios religiosos; no recitaba el
Kadish de duelo (oración en recuerdo por la muerte de un ser querido: padre/madre,
hermano/a, hijo/a, esposo). Mujeres y varones rezaban separados (por lo general
ellos lo hacían en planta baja y ellas en un primer piso o separadas por una
cortina); en Europa hubo templos que no tenían un lugar de rezo para las
mujeres o era muy pequeño” . La Sra.
Sribman es rabina hoy, es una mujer sabia, quien es escuchada por su comunidad
porque tiene palabra, su rol clave no está definido solo por lo que en el
pasado (aunque también lo encontramos en este presente) eran atributos de la mujer,
la vinculación con lo doméstico y la crianza de los hijos, lugar fundamental en
la reproducción de la cultura y por ende también de lo religioso como parte de
esa cultura. Ese rol de reproducción y por ende de una cierta producción de
colectivo, se convierte en el hoy en cada vez más casos de producción de
palabra escuchada para ese colectivo. Empoderamiento del pensamiento femenino
que trasciende los muros de los dormitorios, las despensas y las cocinas, para
acceder a los livings, y acceder al afuera
de la comunidad. Desde mediados del siglo XIX las mujeres han buscado en las
comunidades religiosas cristianas (católicas, protestantes, etc.) acceso a la
toma de decisiones en cuanto a la lectura e interpretación autorizada de los
textos y ejecución de los ritos. Hurgando en testimonios y textos llegué a un
día de junio de 2002 en el cual se nombraron en Alemania mujeres sacerdotes y
obispos. Estas mujeres están excomulgadas, no han cumplido el dogma, se han
autoexcluido por elegir no cumplirlo, aunque según dice el artículo que leí de
la agencia de noticias Adital, confían en que la propia evolución de la iglesia
las confirme algún día. Sabemos que dentro de los grupos cristianos metodistas
las mujeres pueden ser pastoras y obispos de la iglesia, lo cual también se da
en otros grupos cristianos que tienen movimientos parecidos. Es interesante
observar la respuesta del Papa Pablo VI a un planteo del Arzobispo de
Canturbery (supremo dirigente de la Iglesia de Inglaterra) sobre el ministerio
sacerdotal de las mujeres, donde el mencionado deja en claro la posición de la
Iglesia Católica, en una carta escrita el 30 de noviembre de 1975, cito, “No es
admisible ordenar mujeres para el sacerdocio, por razones verdaderamente
fundamentales. Tales razones comprenden: el ejemplo, consignado en las Sagradas
Escrituras, de Cristo que escogió sus Apóstoles sólo entre varones; la práctica
constante de la Iglesia, que ha imitado a Cristo, escogiendo sólo varones; y su
viviente Magisterio, que coherentemente ha establecido que la exclusión de las
mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia” .
Cada vez que aparece o se va gestando un cambio también lo hace la resistencia,
la búsqueda de conservación de lo que se considera bueno, en el mejor de los
casos, deseable, de acuerdo a la tradición o a la historia, fundamental para la
conservación de lo que somos, o para la visión de eso que se es como colectivo,
aunque haya voces que discuten el origen de eso que queremos conservar, como
señala referido a este tema Isabel Corpas “El paso de los ministerios al
sacerdocio, conocido como proceso de sacerdotalización, comenzó al final del
siglo II. Hasta entonces, los dirigentes de la comunidad no habían ejercido
funciones de culto, ni recibían el título de sacerdotes ni eran considerados
personas sagradas, en un contexto eclesial en el que las mujeres participaban
activamente en la vida de las comunidades, asumiendo responsabilidades de
liderazgo y servicio ”.
Los ejemplos que he
tomado para este pequeño relato nos informan sobre cambios en el rol de la
mujer en una de las instituciones más importantes del colectivo humano por su
relación con lo sagrado, la Iglesia, son signo de la adaptación de los seres
humanos a la complejidad de este mundo, así como fruto de las conquistas de
innumerable cantidad de mujeres que lucharon porque su palabra fuera escuchada
y su acción cotidiana reconocida. Algunos piensan que los cambios amenazan
equilibrios logrados, en este caso, estos
serían que la mujer, en general, se ocupara de lo doméstico, del sostén,
de la reproducción y el hombre de lo público, de la vinculación con el
poder, otros creen, por el contrario,
que lo que la mujer ha logrado ha dado la oportunidad de vivenciar otros
espacios a los hombres, que antes eran roles prohibidos y mal vistos, ocuparse
de las tareas domésticas, realizar trabajos “femeninos” así como esto ha
permitido nuevos equilibrios, sin dejar de traer también dolores de parto.
Pensando específicamente en las organizaciones religiosas, los nuevos tiempos
las están obligando a “aggiornarse” y parte de esto es aceptar el nuevo lugar
para aquellas mujeres que lo quieren. La cultura es adaptativa y no se detiene,
aunque en oportunidades los sujetos
intenten de todas formas y a veces, hasta desesperadamente, detenerla.
[1] Sribman de Grynberg,
Graciela http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/la-mujer-en-el-judaismo/ Nº 2308 »
SEPTIEMBRE 2005. Bs. As. Argentina
[1]
[1] “La
Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres”
http://www.aceprensa.com/articles/la-iglesia-no-tiene-la-facultad-de-conferir-la-ord/ junio,
1994
[1] CORPAS DE POSADA, ISABEL. Liderazgo y servicio en la tradición católica: lectura de
textos en perspectiva de género. Theol.
Xave. [online]. 2011, vol.61,
n.171 [citado 2015-03-04], pp. 31-63 . Disponible en:
http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-36492011000100002&lng=es&nrm=iso>.
ISSN 0120-3649.
Lic.
Aurelio Gómez Fernández- Antropólogo
Social, Diplomado en Gestión Educativa, Docente, Orientador y Coordinador
Académico