No hay descanso. La vida sigue, la ciudadanía empuja para adelante, pero Israel sigue lidiando con el terror.
El viernes de la semana pasada, como evidentemente ya todos saben, también uno de los máximos símbolos de la vida llena de energía en Israel, una calle céntrica de Tel Aviv, fue víctima del horror. Dos muertos en la balacera lanzada por Nashat Milhem, ciudadano árabe israelí de la localidad de Arara en Wadi Ara, que salió de un negocio con un arma automática en la mano, y al mejor estilo de los extremistas del DAESH en París, se plantó sobre la vereda y comenzó a acribillar a la gente sentada en el pub «Hasimtá».
Dos hombres jóvenes, de 26 y 30 años, murieron al instante. Otras 7 personas resultaron heridas, dos de gravedad. Y este miércoles la policía confirmó que fue el mismo atacante quien mató luego a Amin Shaaban, un taxista árabe israelí de Lod, cuyo cuerpo sin vida fue encontrado esa tarde.Y saltaron nuevamente las luchas en varios frentes.
La inmediata: la búsqueda del asesino que increíblemente logró huir sin que nadie le dispare, y hasta el momento de escribir estas líneas no había sido encontrado.
La de los padres de los muertos, acongojados, desmoronados ante la tragedia.
La de sanar a los heridos y garantizar que se recuperen.
La de Tel Aviv por seguir siendo esa «burbuja» de la que tantos hablan a veces despectivamente, como si estuviera desconectada de la sociedad israelí por ser símbolo de mayor modernidad, apertura, carácter cosmpolita y vida nocturna que no cesa nunca, pero a la que todos quieren aferrarse cuando necesitan sentir un poco de normalidad. De todos modos, siempre fue injusto eso de la «burbuja». Es cierto que Tel Aviv es distinta… pero ya quisiera estar lejos de las preocupaciones que tiene el ciudadano israelí promedio. No lo está, es una mentira…
También está la lucha de la familia del asesino, sobre la cual el vaivén de la noticia llevó a impresionantes informes contradictorios, o mejor dicho sobre la que el oyente o espectador promedio no saben qué pensar. ¿Qué imagen es cierta? ¿La del padre Ahmed Milhem, que exhortó a su hijo en vivo por televisión a entregarse, expresó pesar por el crimen que había cometido y hasta reveló que él mismo fue el que llamó a la policía cuando reconoció a su hijo en la pantalla chica por las imágenes que habían circulado, captadas por las cámaras de seguridad en el lugar del atentado? ¿O la insinuación de que varios miembros de la familia estaban involucrados a distintos niveles en el atentado?
Primero fue detenido uno de sus hermanos, Jawdat. Verlo aparecer con barba en televisión, ya creaba la imagen prejuiciosa de que si es un musulmán religioso, quizás sea cierto que ayudó a organizar el atentado… Pero por algo fue liberado ayer sin condición ninguna. Ahora siguen detenidos el hermano mayor y el propio padre, y la madre está siendo investigada. Y uno se pregunta si hay trucos de por medio para presionar al terrorista, que salga de su escondite y se entregue antes de que vuelva a matar, si la policía sabe mucho más de lo que puede publicar…o está perdida y no sabe qué camino tomar.
Y hay otra lucha, a dos frentes, que se debe librar con la misma fuerza: contra la incitación que sale de ciertos sectores de la ciudadanía árabe de Israel, por un lado, y por otro, contra la generalización y demonización de dicho sector, que es el 20% de la ciudadanía.
Claro que están los extremistas. Claro que al Sheikh Raed Salah , jefe del Movimiento Islámico del norte de Israel, le van bien todos los peores adjetivos que merecen los incitadores irresponsables que siembran violencia con sus palabras y mentiras. Claro que hay entre los diputados árabes en el parlamento israelí, algunos como Hanin Zoabi, indignos de la casa, porque hablan como enemigos, como quinta columna desde adentro, llenos de odio y mentiras.
Cierto que ha habido árabes israelíes-Nashat Milhem no es el primero-que se valieron de su libertad total de movimiento para perpetrar atentados. Y que unos 40 de ellos han tratado de cruzar desde Turquía a Siria para sumarse a Daesh. A todos ellos, hay que combatirlos con firmeza, a través de la ley.
Pero son una pequeña minoría.
Una pequeña minoría de los 1.700.000 árabes ciudadanos de Israel.
Hay que estar atentos ante los radicales y no dejarlos pasar.
Pero no hay que manchar a todos.
No son, en su mayoría, entusiastas sionistas. Cabe suponer que habrían preferido originalmente que donde está hoy Israel, haya otro estado árabe. Pero saben bien dónde viven y cómo viven, aún antes de mirar a su alrededor y comparar. La defensa de lo que ven como una lucha justa de parte palestina por su Estado propio, no quiere decir que la mayoría de ellos se iría allí. No. La enorme mayoría, abrumadora, siempre preferirá permanecer en Israel. Muchos, probablemente, por los beneficios que da el Estado a sus ciudadanos todos, judíos, árabes musulmanes y árabes cristianos. Otros, no pocos, porque son conscientes que ello va de la mano de la libertad, el respeto al ciudadano, su dignidad.
El terrorismo no distingue entre judíos y árabes. No en Israel ni en ninguna otra parte del mundo.
Los ciudadanos libres, tienen el deber moral de saber distinguir entre los terroristas a los que hay que combatir sin titubear, y quienes pueden hablar su idioma y tener nombres similares, pero los repudian y rechazan.
Preguntas después del atentado
08/Ene/2016
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski